Nota de archivo: este contenido fue publicado hace más de 30 días.
Cada experiencia nos puede generar una respuesta emocional. No estamos exentos de experimentar dolor, angustia, miedo, coraje e incertidumbre.
Cada experiencia nos puede generar una respuesta emocional. No estamos exentos de experimentar dolor, angustia, miedo, coraje e incertidumbre. (Shutterstock)

Somos seres complejos. A lo largo de nuestras vidas, experimentamos toda suerte de situaciones, muchas de ellas difíciles y, tantas más, dolorosas. Nuestra capacidad de afrontamiento ante tales situaciones puede variar, dependiendo de nuestra edad, las experiencias vividas, las redes de apoyo, los recursos disponibles y nuestra fortaleza interior.

Durante nuestra niñez, nos caemos y nos levantamos con relativa facilidad. En la adolescencia se complica un poco la cosa, pero, aun así, nos levantamos y seguimos. En la juventud y la adultez temprana, la vida trae consigo innumerables retos, decisiones y experiencias. La adultez media complica ese mundo vivencial. La adultez tardía tiene sus propios retos y dificultades, pues, nuestra capacidad de hacer frente a tales retos se prueba de forma continua, a lo largo de nuestro ciclo de vida.

Cada experiencia nos puede generar una respuesta emocional. No estamos exentos de experimentar dolor, angustia, miedo, coraje e incertidumbre. Es parte de nuestra naturaleza humana. Las emociones son parte de nuestra vivencia como seres humanos. Tenemos distintas dimensiones: conductual, cognitiva, social y espiritual. La dimensión emocional incluye el mundo de los afectos, los sentimientos y la pluralidad de emociones que conforman nuestro repertorio de vida.

Las experiencias difíciles y dolorosas son parte de ese transcurrir por la vida. Podemos sentir dolor; en el propio proceso de crecer como personas, experimentamos dolor. En otras palabras, sentimos, porque estamos vivos. En muchos casos, se utilizan esas experiencias difíciles pasadas como peldaños para sobrepasar los obstáculos del presente. En otros casos, se dificulta este proceso. Cuando el dolor supera nuestra capacidad de aguante; cuando no contamos con redes de apoyo; cuando no tenemos recursos, y cuando no se ha desarrollado, o se ha perdido nuestra capacidad de agencia —la autoeficacia de la que hablaba Albert Bandura, psicólogo y pedagogo ucraniano-canadiense, autor de teorías como la teoría del aprendizaje social o de conceptos como el de la autoeficacia (QDEP)—, debemos buscar alternativas.

No hay una receta única para enfrentar de forma adecuada una experiencia dolorosa. Cada persona es un mundo. No obstante, reconociendo las diferencias individuales, la diversidad de experiencias, las vivencias, las identidades y las capacidades, realicemos algunas observaciones que pudiesen ser de utilidad:

  • Reconoce tu dolor: El reconocimiento de que has vivido una experiencia difícil y dolorosa puede ser el punto de arranque en tu proceso de recuperación.
  • Identifica una mano amiga: La identificación de posibles redes de apoyo (familiares, amigos, compañeros de trabajo, grupos de apoyo), nos ayuda a sentirnos acompañados y puede reducir el sentido de aislamiento.
  • Expresa tu dolor: Comunicar a otra persona (amigo, familiar, apoyo) cómo te sientes y hablar sobre la experiencia dolorosa que has vivido, puede ser un paso importante en ese proceso de recuperación.
  • Busca ayuda: Buscar ayuda profesional (psicólogos, consejeros u otros profesionales de la salud mental) es un paso necesario en el camino a la recuperación. Si reconocemos lo importante que es buscar atención médica para nuestros problemas de salud física, no podemos obviar lo fundamental de buscar ayuda profesional para nuestra salud mental.
  • Cuídate: El autocuidado es fundamental para fortalecernos y prepararnos para el camino que continuaremos recorriendo en esta vida. ¿Qué más [uedes hacer?
  1. dormir - descanso adecuado para recuperar energía y fuerzas;
  2. comer - alimentación adecuada para nutrir nuestro cuerpo;
  3. tomar agua - hidratación para nuestro cuerpo;
  4. asear/cuidar - cuidado personal de nuestro cuerpo y espacio;
  5. caminar - o cualquier actividad física que mueva tu cuerpo;
  6. compartir - tiempo de calidad con nuestros seres amados; y
  7. meditar/orar/rezar - alguna práctica que promueva la paz interior y espiritual.
  • Ten compasión: Ser compasivo con uno mismo y con los demás puede ayudarnos a enfrentar las dificultades con mayor fortaleza.
  • Pausa: En reconocimiento de las experiencias difíciles y dolorosas, tomamos un momento para recordar lo vivido durante los huracanes Irma y María (hace cuatro años), las pérdidas de seres amados, el dolor de las pérdidas y lo experimentado. Nos unimos en reflexión por todos los que ya no están, los que han partido por la pandemia y todos los que sobrevivimos.

La autora es psicóloga licenciada, profesora de Psicología, voluntaria de la Cruz Roja Americana y coordinadora de la Red de Respuesta en Salud Mental para Emergencias y Desastres de la Asociación de Psicología de Puerto Rico. Para información, accede a www.asppr.net o escribe a marcaban.academia@gmail.com o marcaban@uagm.edu.

💬Ver comentarios