


Si la definición de éxito es armonizar los intereses más profundos con las metas profesionales, Rosa María Rivera puede mirar su trayectoria con satisfacción. Mujer de vocación social firme, amante de la naturaleza y madre de dos hijos, convirtió su carrera en comunicaciones en una herramienta de servicio. Tras casi tres décadas de trabajo en el sector público, privado e independiente, su hoja de vida habla de resultados, pero también de propósito.
La gerente sénior de relaciones públicas en la agencia de publicidad Arteaga & Arteaga comenzó a labrar ese camino cuando, a los 17 años, tomó la que considera una de las decisiones más importantes de su vida: mudarse de Ciales —donde residía con sus abuelos— para iniciar estudios en la Universidad de Puerto Rico, recinto de Río Piedras. El cambio fue particularmente difícil. Huérfana de madre desde los 10 años, significó apartarse físicamente de su abuela, quien se convirtió en su principal sostén tras la pérdida. Sin embargo, vislumbrar un futuro del que ambas pudieran sentirse orgullosas, sumado a su deseo de aportar a otros, fue más fuerte que el temor.
Aunque inicialmente contempló estudiar derecho, siguiendo los pasos de su abuelo, el descubrimiento del poder transformador de las comunicaciones cambió su rumbo. Entendió que desde la estrategia y el mensaje también es posible incidir en la sociedad.
“Quería trabajar proyectos de envergadura que impactaran positivamente las vidas humanas”, precisa.
Con los años llegaron sus dos hijos, un varón y una mujer. Asumir la jefatura de familia mientras los criaba fortaleció destrezas que luego trasladó a su liderazgo profesional: paciencia, capacidad de negociación, seguridad y empatía.
“Una de mis mayores motivaciones es darles ejemplo. No importa lo que pase en tu vida, tienes que seguir adelante y tener proyectos”, asegura quien reconoce la maternidad como su rol más importante.
En los distintos escenarios laborales de los que ha sido parte, Rivera ha diseñado y liderado iniciativas para visibilizar causas de alto impacto, especialmente en el área de la salud. Más allá de campañas educativas y esfuerzos de concienciación pública a nivel isla, su trabajo ha contribuido a impulsar cambios concretos y fortalecer alianzas entre organizaciones, profesionales y comunidades.
Para cumplir con todos sus roles, apuesta a la búsqueda constante de equilibrio. Desde hace 15 años integra un grupo de parranda que preserva la tradición navideña; practica senderismo y ha completado en tres ocasiones el Camino de Santiago. También toma cursos de arte, como acuarela y cerámica. No son solo pasatiempos, sino espacios que nutren su creatividad y sostienen las relaciones humanas en una profesión que exige respuestas constantes.
Con el tiempo también ha tenido que desaprender. Durante años creyó que debía ser autosuficiente en todo. Hoy reconoce que pedir ayuda y delegar es parte esencial del liderazgo. En un entorno donde la tecnología, la inteligencia artificial y las nuevas generaciones transforman el panorama, ha entendido que la experiencia acumulada no compite con el conocimiento que aportan los más jóvenes. Ambas perspectivas se complementan.
Se define como competitiva y orientada a la excelencia. Cuando algo no resulta como espera, lo analiza con rigor.
“Me cuestiono qué pasó, en qué fallé”, admite. Luego ajusta, corrige y vuelve a intentar, convencida de que el error es parte del proceso y no una sentencia personal.
Al repasar el camino recorrido —las largas horas de trabajo, los sacrificios y los momentos felices y difíciles que la han moldeado— Rivera constata que cada etapa ha tenido un propósito. Sus hijos hoy son profesionales y personas de quienes se siente orgullosa. Mientras tanto, ella continúa ejerciendo su profesión con la misma convicción que la impulsó desde el inicio: “servir y ser un agente de cambio”.
La autora es periodista colaboradora de Suplementos.

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