

24 de febrero de 2026 - 11:58 AM

Se creía que la única especie de loro no volador del mundo estaba destinada a desaparecer. El kakapo es demasiado pesado, lento y, francamente, demasiado apetitoso para sobrevivir rodeado de depredadores. Y, además, adopta una actitud descaradamente relajada respecto a su reproducción.
Pero el destino de esta ave nocturna y solitaria, endémica de Nueva Zelanda, comienza a inclinarse hacia la supervivencia tras un improbable empeño de conservación que ha incrementado la población de 50 a más de 200 ejemplares en tres décadas. Este año, gracias a una cosecha abundante de las bayas favoritas del ave -lo cual ha despertado un inusual entusiasmo en los extraños loros por aparecer-, quienes trabajan para salvar a estas aves esperan un número récord de polluelos en febrero, lo que acercaría al kakapo a desafiar lo que hasta hace poco se creía una extinción segura.
Los kakapos viven en tres pequeñas islas remotas frente a la costa sur de Nueva Zelanda, y las posibilidades de verlos en su hábitat son escasas. Pero esta temporada de reproducción ha lanzado a una kakapo a la fama en internet gracias a un vídeo transmitido en vivo desde su nido subterráneo, donde su polluelo nació el martes.
El kakapo es una criatura majestuosa que vive de 60 a 80 años. Pero sin duda tiene una apariencia inusual.
Cada uno puede pesar más de 3 kilogramos (6,6 libras). Su cara se parece a la del búho, tiene bigotes y un plumaje moteado en verde, amarillo y negro que imita los juegos de luces y sombras del suelo del bosque.
Allí vive este loro no volador, lo que ha complicado su supervivencia.
“Los kakapos también emiten un olor muy fuerte”, apuntó Deidre Vercoe, gerente de operaciones del programa de kakapos del Departamento de Conservación. “Huelen a almizcle y frutas... un aroma magnífico”.
Sin embargo, su olor penetrante se convirtió en una mala noticia para estos loros cuando los humanos llegaron a Nueva Zelanda hace cientos de años. La introducción de ratas, perros, gatos y armiños, así como la caza por parte de la gente y la destrucción de los hábitats forestales nativos, llevaron a las prósperas especies de aves no voladoras del país -entre ellas el kakapo- a la casi extinción o a la extinción total.
Para 1974 no se sabía que existiera ningún kakapo. No obstante, los conservacionistas continuaron su búsqueda y, a finales de la década de 1970, descubrieron una nueva población de estas aves.
Revertir su suerte no ha sido sencillo.
Una razón por la que la población de kakapos ha crecido lentamente es que su reproducción es -como todo en estas aves- peculiar. Pueden pasar años o incluso décadas entre nidadas exitosas.
La temporada de reproducción sólo ocurre cada dos a cuatro años, en respuesta a la producción abundante de fruta de los árboles rimu nativos que los loros prefieren, lo que ocurrió por última vez en 2022. Se necesita una enorme fuente de alimento para que los polluelos sobrevivan, pero no se sabe exactamente cómo las aves adultas se dan cuenta de que hay una cosecha abundante.
“Probablemente estén allá arriba, en lo alto de los árboles, evaluando la fructificación”, señaló Vercoe. “Cuando hay una cosecha abundante en desarrollo, de alguna manera se sintonizan con ella”.
Y ahí es cuando las cosas se ponen realmente extrañas. Los kakapos macho se colocan en nidos que excavan en forma de cuenco en el suelo y emiten sonidos retumbantes, seguidos de ruidos conocidos como “ching”, similares al rechinido de resortes oxidados en un colchón.
Esos ruidos profundos, que en noches despejadas se escuchan a través del bosque, atraen a las hembras kakapo a los cuencos. Una hembra puede poner hasta cuatro huevos y cría sola a sus polluelos.
Desde enero, los admiradores de las aves han tenido una visión excepcional del proceso a través de una transmisión en vivo que muestra el nido subterráneo de Rakiura, una kakapo de 23 años, en la isla de Whenua Hou, donde ha puesto tres huevos, dos de ellos fértiles. La supervivencia de la especie es tan precaria que los huevos han sido intercambiados por sustitutos falsos, mientras que los verdaderos se incuban bajo techo.
El martes, un técnico reemplazó los huevos falsos por el primer huevo, a punto de eclosionar. La kakapo se mantuvo a distancia mientras se hacía el cambio, pero regresó rápidamente al nido, aparentemente imperturbable. El polluelo nació poco más de una hora después. Se espera que el segundo huevo real sea añadido en cuestión de días.
Quizá lo único más extraño que el kakapo sea todo lo que han hecho los neozelandeses para salvarlo. Cuadruplicar su población en las últimas tres décadas ha requerido mudarlos a tres islas remotas libres de depredadores y llevar a cabo una microgestión de cada relación amorosa de los loros.
“Hacemos todo lo que podemos para asegurarnos de no perder más diversidad genética”, explicó Vercoe. “Gestionamos eso cuidadosamente y buscamos las mejores compatibilidades posibles en cada isla”.
Cada ave tiene un nombre propio y es monitoreada por medio de un pequeño rastreador de mochila, porque si una desaparece, es casi imposible encontrarla. Dado que el kakapo continúa en peligro crítico de extinción, hay pocas posibilidades de que los empeños de conservación finalicen pronto, aunque quienes trabajan con estas aves reducen su intervención directa en cada ciclo reproductivo.
El minucioso trabajo para preservar la especie puede parecer exagerado para quienes no son locales, pero este loro es sólo una de las muchas aves vivaces y extrañas en un país donde los animales emplumados reinan por excelencia. Los únicos mamíferos terrestres nativos son dos tipos de murciélagos, por lo que las aves de Nueva Zelanda, que evolucionaron de forma excéntrica antes de la llegada de los humanos y los depredadores, se han convertido en símbolos nacionales muy queridos.
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