Atletas y periodistas que llegan para los Juegos son separados en el aeropuerto de la población general. A extrema derecha, el periodista de GFR Media, Fernando Ribas.
Atletas y periodistas que llegan para los Juegos son separados en el aeropuerto de la población general. A extrema derecha, el periodista de GFR Media, Fernando Ribas. (Ramón “Tonito” Zayas)

TOKIO.- Si todo pinta como va, los Juegos Olímpicos de Tokio 2020 serán los más impersonales de la era moderna.

Así lo ha querido Japón para evitar más contagios de COVID-19. Así se percibe, y así lo tienen que aceptar todos los participantes de los Juegos.

“Creo que la ausencia de fanáticos no ayudará a nadie. Cuando creces, sueñas con competir al frente de fanáticos. He competido por 10 años en el deporte y muchas veces he competido sin fanáticos. Pero hubiese sido bueno tener gente”, dijo el destacado decalista canadiense Damian Warner a El Nuevo Día.

El impersonalismo va más allá de que las graderías estarán vacías de fanáticos extranjeros o locales, lo que decidieron los organizadores de Tokio 2020 sobre el bienestar económico.

El desinterés se extiende a que el pueblo japonés no quiere tocar los Juegos ni con un palo largo.

Y es que no ha habido convivencia entre el pueblo japonés y los atletas o demás participantes de los Juegos en los días previos a la inauguración de este viernes, como tampoco parece que ocurrirá por el resto de las justas que concluyen el 8 de agosto.

El comercio no está haciendo su agosto con los visitantes, al menos al nivel en que podría. Las calles están vacías de participantes de los Juegos a quienes, de hecho, se les tiene prohibido transitar por las mismas.

La llegada al aeropuerto

Los aeropuertos tienden a ser la primera impresión de un país. Y el aeropuerto Narita de Tokio insinúa que la ciudad no se quiere acercar a los Juegos.

La llegada de los participantes de los Juegos al aeropuerto de Narita tiene su propio terminal. Ningún participante tiene contacto con los japoneses civiles en las filas de salida, de entrada, de aduana, de equipaje y de transporte. Los civiles salen o entran por otras puertas de abordaje o desembarque.

No existen esas clásicas imágenes de deportistas famosos firmando autógrafos en el aeropuerto o ese círculo de periodistas rodeándolos.

La Villa Olímpica y las zonas de entrenamientos, inclusive, son impersonales también, según lo cuenta el entrenador de boxeo boricua Carlos “Cholo” Espada.

Espada contó que su púgil Yankiel Rivera, el segundo entrenador Joe Santiago y él tienen habitaciones separadas en la Villa Olímpica.

Sin embargo, la separación en la Villa tampoco es una situación mala para el entrenador.

“Estamos cómodos, en verdad”, dijo.

Pendientes las autoridades

Sí habrá momentos en que el pueblo y los participantes de los Juegos se tengan que encontrar. De hecho, ya han ocurrido varios, como los participantes extranjeros denunciados por ser vistos en una barra de Tokio.

Pero parece que las autoridades japonesas se asegurarán de que esos encuentros sean distantes, como ocurrió el martes en una estación de transporte público a la que llegan los participantes de los Juegos desde el aeropuerto, para allí hacer una transferencia a un taxi que los lleve a su destino final.

Ese día, en la estación, una civil japonesa y un participante de los Juegos iban caminando en una dirección que los llevaría a encontrarse físicamente. Pero un oficial detuvo a tiempo la marcha del participante, y le dio paso a la civil, que miró hacia atrás con malestar.

En los hoteles y taxis también es marcada la separación del turista o empresario con el participante de los Juegos.

La entrada principal del hotel es para los turistas u hombres y mujeres en viajes de trabajo.

Los participantes de los Juegos, mientras, tienen que seguir unos letreros que los aleja del lobby y los redirige hacia la recepción por el cuarto de lavandería de la hospedería.

¿Y los taxis? Los taxis solamente tienen espacio para un pasajero.

Pero, menos mal que los Juegos tienen ciertos participantes que acercan al visitante a Japón, como un voluntario japonés en la estación de guaguas. El voluntario escuchó el nombre de Puerto Rico y se acercó al grupo de habla boricua. Contó en español que vivió en Guaynabo hace 30 años y que fue vendedor de autos. Preguntó al grupo que si eran periodistas y los involucró al exclamar “¡El Nuevo Día!

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