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El profesor Dean Zayas no se visualiza sin enseñar. (horizontal-x3)
El profesor Dean Zayas no se visualiza sin enseñar. (André Kang)

“De camino a la Universidad, he visto los robles amarillos de la avenida Barbosa todos florecidos. Me gustaría que sobre mi tumba, sombre mis restos, plantaran uno de estos hermosos árboles. Cada primavera regresaría a mirar la vida a través de sus flores”.

Así manifiesta el actor, director y profesor universitario Dean Zayas Pereira su profundo amor y apego por el histórico recinto riopedrense de la Universidad de Puerto Rico en su libro autobiográfico Ese no es nadie.

Recién abiertos los portones de la institución, tras la finalización de la huelga estudiantil, converso con el profesor sobre su vida y lo mucho que le queda por realizar y aportar y sus respuestas giran en torno a la Universidad, la actuación, sus maestros, sus estudiantes, la lectura y el teatro. 

Ha retomado sus clases pero se encuentra en un momento de reflexión sobre su futuro profesional y asegura que no sabe qué haría sin la Universidad en la que lleva 51 años formando actores y actrices y desde la cual ha fomentado que el arte sea más democrático y accesible en cada rincón del País. 

“Esta ha sido mi vida. Lo he interrumpido para trabajar fuera de Puerto Rico, he estado en España, en Inglaterra, pero siempre vuelvo aquí, a lo que es mi deber. Además, que yo amo la Universidad de Puerto Rico, por eso me ha dolido tanto lo que ha pasado, lo que yo llamo atentado en contra del Sistema Universitario, que es el único accesible a todo el mundo”, reflexiona en una charla interrumpida para atender a un estudiante que hacía una gestión de matrícula y para responder al saludo de pares, incluso uno que le pidió la bendición. 

Natural del barrio Río Cañas, de Caguas, Dean fue el más pequeño de una familia en la que tuvo cuatro hermanas y una madre que falleció cuando él tenía apenas 10 años. De adolescente se fue a vivir a Nueva Jersey con sus hermanas y tomó algunas clases de actuación mientras trabajaba. De regreso para unas vacaciones, su padre le dijo que estudiara en la Universidad y él aceptó con la condición de estudiar actuación, profesión, u “oficio” como lo llama Dean, que a su progenitor no le agradaba. Al llegar le dijeron que no podría tomar clases de actuación mientras estaba en el primer año de estudios, asunto que se resolvió luego de una conversación con Nilda González, directora del Departamento de Drama, cargo que él ocuparía luego. 

En la Universidad estuvo hasta 1963, cuando fue aceptado en la New York University para hacer una maestría, evento que lo salvó del servicio militar obligatorio y de ir a la Guerra de Vietnam. A su regreso, Nilda le propuso algo que nunca había considerado: dar clases. “Y una vez empecé ya no pude despegarme”, revela.

Sobre los cambios en los estudiantes en el tiempo que lleva como profesor, explica que “los tiempos obligan a uno a atemperarse a ellos. Los estudiantes de los 70 eran muy diferentes a los de este milenio. Era una generación más madura, el mundo para ellos tenía mucho más propósito, se preparaban para ser responsables del futuro de su país. Hoy día… creo que tiene que ver mucho con los adelantos tecnológicos. Al estudiante se le está dando todo hecho y tiene muy pocas motivaciones para la investigación y el descubrimiento científico. Creo que la mayor responsabilidad de uno como maestro es sembrar esa curiosidad por conocer más”.

Lista de proyectos

Las ansias por aprender lo definen. “Soy un lector incansable. Leer es mi pasatiempo favorito. Me fascina aprender cada día más”, afirma.

 A sus 78 años habla de aprender, pero también, de dar.

“Tengo tres libros empezados. Un manual de actuación y uno de dirección para futuros maestros; quiero escribir la historia del actor puertorriqueño desde el siglo 19 hasta el presente; y, quizás, me anime a completar o intentar una historia del teatro de la Universidad, lo que significó para la creación de una cultura puertorriqueña. En eso me gustaría ocupar parte de mi tiempo, pero no me veo sin enseñar. Quisiera tener un espacio para producir el teatro que quiero producir, un teatro esencialmente educativo”, enumera mirando hacia su oficina, llena de afiches alusivos a la actividad teatral. 

Asimismo, no descarta continuar el programa Estudio Actoral, para el que tuvo que audicionar “créalo o no”, y en el cual lleva 16 años conversando con sus invitados. “Lo mío son conversaciones, no son entrevistas. Yo no sé hacer entrevistas”, asegura.

Le queda mucho por hacer y dice que “lo único por lo que no me gustaría morirme es porque me falta tanto por leer y aprender”.

“Creo contrario a lo que mucha gente piensa, la gente mayor tiene una experiencia con la que puede seguir ilustrando, orientando y ayudando a generaciones más jóvenes. Ese es el propósito de la vida, dar de lo que uno tiene. Si uno puede compartir lo que sabe con futuras generaciones no debe retirarse. Retirarse es como guardar un secreto”, concluye. 


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