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E l reto que se impuso Georgina Lázaro con este libro hubiera asustado a más de un escritor: contar ¡en verso! los primeros años de la vida de uno de los maestros del verso en español para la serie “Cuando los grandes eran pequeños” de la editorial Lectorum. Se trata de nadie menos que Federico García Lorca, el poeta español, nacido en la provincia de Granada, que fue también dramaturgo y que conformó, con poetas como Pedro Salinas, Jorge Guillén y Rafael Alberti, uno de los momentos cumbres de la poesía española durante la primera mitad del siglo XX. García Lorca ha pasado a la historia por sus obras literarias y por su trágica muerte: fue asesinado por el bando nacional al inicio mismo de la Guerra Civil española.

La escritora salió airosa del desafío. Lo que pudo haber sido un texto poético forzado y excesivamente reverente tiene, en cambio, gracia y agilidad. El libro todo no sólo es agradable sino ameno. Varios factores contribuyen a ello: en primer lugar, su sencillez. Georgina Lázaro usa el verso octosílabo, propio del romance, es decir, propio para las narraciones. Se ha documentado, además, muy bien, lo cual redunda en la precisión de las evocaciones, pero no ha dejado que el bagaje de conocimientos le reste a la agilidad del relato, que pasa rápidamente de un momento a otro, de un aspecto a otro de la vida del joven Federico. (Algunos de esos aspectos son bastante desconocidos aún para quienes han estudiado al poeta, como por ejemplo su torpeza para caminar; su inhabilidad de correr; los juegos terroríficos que inventaba -entre ellos el del ‘lobico’- y los primeros versos que se le conocen, en los que se comparaba con un sultán feo debido a la hinchazón de la cara que le produjo una enfermedad).

Por el camino, va tocando las claves del ambiente físico y humano que rodeó al poeta. Se refiere, por ejemplo, a los campos de su pueblo natal de Fuentevaqueros; a las tradiciones musicales, poéticas y religiosas que marcaron su infancia; al ambiente familiar acogedor y también al temperamento del niño que respondía, con su propia sensibilidad, a tales estímulos. Es un acierto, por otra parte, que el ritmo inicial del libro vaya de la noche al día durante la primera infancia y luego se expanda hacia la juventud.

El cuadro es el de una infancia feliz que desemboca en intimaciones de un período de desajuste –precisamente por su sensibilidad- más adelante, con una afirmación final en el camino de la poesía. La narración se detiene en el umbral de la fama extraordinaria que alcanzaría García Lorca.

El encanto del libro, por otra parte, no reside sólo en las palabras sino también en las imágenes, que son precisas y evocativas de un ambiente pueblerino andaluz. Especialmente atractivas fueron, para esta lectora, las que reflejan los interiores de la casa del niño: las losetas con dibujos geométricos, las grandes puertas, y –en la que representa el despertar del niño por las mañanas- una habitación hermosa y escuetamente amueblada a la usanza de principios del siglo pasado. En ese momento, escribe Georgina Lázaro, despierta también la casa: “se van llenando de luces/ las salas y los balcones./ Se van llenando de voces,/ de risas y de canciones”.

El esfuerzo de condensación y destilación de la vida temprana de un gran poeta (al final se ofrece un resumen completo de las incidencias de esa vida para que los jóvenes lectores completen el panorama) ha sido tan notable que este libro acaba de ser distinguido con una medalla de honor del Premio Pura Belpré de literatura infantil y juvenil. Se trata de un premio que honra la memoria de la primera bibliotecaria puertorriqueña del sistema de la New York Public Library, donde llevó a cabo una labor extraordinaria de difusión del folklore puertorriqueño entre niños latinos, además de haber publicado la primera recopilación de cuentos folklóricos puertorriqueños en inglés: “The Tiger and the Rabbit and Other Tales” a principios de los años cuarenta. A través de sus esfuerzos el sistema de bibliotecas de la ciudad de Nueva York empezó a satisfacer las necesidades de los muchos hispanohablantes de la ciudad.

El premio se estableció en 1996 y su propósito es describir, afirmar y celebrar la experiencia cultural latina en una obra literaria dirigida a niños y jóvenes. Este libro marca la primera vez que un libro premiado se publica solamente en español. Los libros honrados anteriormente, entre ellos uno de la puertorriqueña Judith Ortiz Cofer y otro de la dominicana Julia Álvarez, habían sido en inglés (o en ediciones bilingües).

Se trata de un premio y unas distinciones que han ido adquiriendo una relevancia creciente a la par con otros como el Newbery Medal, el Caldecott Medal y el Geisel Medal.


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