El exjuez Hiram Sánchez Martínez fue amigo de Antonia Martínez Lagares, que fue una de las primeras personas que conoció cuando en el 1968 llegó a Río Piedras de Yauco. En su libro plantea que la Policía no hizo ninguna investigación seria del asesinato. (semisquare-x3)
El exjuez Hiram Sánchez Martínez fue amigo de Antonia Martínez Lagares, que fue una de las primeras personas que conoció cuando en el 1968 llegó a Río Piedras de Yauco. En su libro plantea que la Policía no hizo ninguna investigación seria del asesinato. (Xavier J. Araújo Berríos)

Cuando el 4 de marzo de 1970 un miembro de la Fuerza de Choque hizo un único y certero disparo hacia el balcón desde el que varios estudiantes universitarios miraban a agentes golpear a un estudiante y ese disparo mató a una joven, ahí nació una leyenda.

La leyenda lleva el nombre de Antonia Martínez Lagares, una joven estudiante de pedagogía que a los 20 años estaba en su último semestre en la Universidad de Puerto Rico (UPR).

Desde que murió abatida por el disparo en la cabeza, Antonia se convirtió en símbolo de las luchas estudiantiles en la UPR, de las campañas de concientización sobre los abusos policiacos y hasta del fervor independentista juvenil.

Una plaza en el Recinto de Río Piedras lleva su nombre. Antonio Cabán Vale, El Topo, le escribió una hermosa canción.

Pero más allá de la leyenda, se sabe poco de quién era Antonia y, sobre todo, del resultado de la pesquisa sobre su muerte. Con los años el recuerdo de Antonia y de lo que representó se ha ido difuminando, convirtiéndose en algo tan borroso como las pocas fotos que aún existen de la joven.

Eso aspira a cambiarlo el exjuez Hiram Sánchez Delgado, con la publicación de su libro “Antonia, tu nombre es una historia”, en el que hace un detallado y muy bien contado relato de la vida de Antonia, del ambiente social aquí y en el mundo aquel 4 de marzo, de la forma en que la joven murió y cómo las autoridades encubrieron al responsable del asesinato.

“Hay delitos que no pueden quedar impunes. Ningún delito debería serlo, pero ese (de Antonia) en particular, porque tiene unas implicaciones públicas de importancia, porque ese es un delito cometido por razón ideológica”, dijo Sánchez Martínez.

Sánchez Martínez no es un narrador ajeno a la historia que cuenta. Antonia fue una de las primeras personas que conoció cuando llegó a Río Piedras de Yauco en el 1968. Entre él y Antonia, a quien disgustaba su nombre y prefería que la llamaran “Toñita”, había una cercana amistad. Sánchez Martínez cuenta que él se enamoró de ella “a lo adivino”, hasta que ella misma, cuando él le empezaba a dejar saber la naturaleza de su interés, le dijo que lo quería “como un hermano”.

“Era una muchacha tranqujila, buena , estudiosa”, relata Sánchez Martínez.

El 4 de marzo, Sánchez Martínez y Antonia se encontraron cuando iban a la UPR a averiguar de los motines que tenían lugar en el recinto desde que en la tarde una protesta contra el ROTC degenerara en violentos enfrentamientos que llevaron al entonces presidente de la UPR, Jaime Benítez, a requerir la presencia de la Policía en el campus.

Noche mortal

Sánchez Martínez, Antonia y otros iban al Recinto por una de las entradas que da a la avenida Ponce de León cuando vieron a la Fuerza de Choque desalojando violentamente el campus. Oyeron disparos y echaron a correr. Sánchez Martínez corrió a su hospedaje, Antonia al suyo. Nunca la volvió a ver viva. Se separaron a eso de las 6:00 de la tarde. Ella fue baleada pasadas las 8:00 p.m.

Antonia, una prima y una amiga, huían de la Fuerza de Choque por la avenida Ponce de León cuando de un hospedaje ubicado en el segundo piso de lo que hoy es la librería Norberto González las invitaron a tomar refugio.

Desde el balcón de ese hospedaje, estudiantes vieron a miembros de la Fuerza de Choque golpear a un estudiante y les gritaron “abusadores” y “asesinos” entre otros epítetos. Los que estaban allí aseguran que Antonia no gritó. Según al menos seis testigos, un miembro de la Fuerza de Choque se viró hacia el balcón donde estaban Antonia y otros y disparó.

“Eso de decir que no se sabe realmente si fue un policía o no el que disparó, mentira. Todos los testigos, incluyendo uno que después fue juez, Ricardo Negrón Rodríguez, quien dice que lo vio disparar y que era un policía. Todo el mundo dice que era un policía”, dice Sánchez Martínez.

El disparo hirió levemente al estudiante Celestino Santiago Díaz, quien murió dos años después ahogado. La misma bala impactó en la cabeza a Antonia, quien murió dos horas después en el Hospital Auxilio Mutuo.

Fue acusado un joven policía, pero el caso no pasó dos veces de vista preliminar. Solo se le acusó porque supuestamente el disparo homicida había salido de su arma. El policía, Marcos Ramos Serrano, no era miembro de la Fuerza de Choque y ni siquiera había estado en el área desde la que se disparó a Antonia. “Yo estoy completamente seguro de que él no era el asesino”, dice Sánchez Martínez.

La Policía no interrogó a ninguno de los miembros de la Fuerza de Choque que estaban en el área desde la que se hizo el disparo. Entre estos estaba un joven policía llamado Edwin Rivera Sierra, a quien el país años después conoció como “El Amolao”, exalcalde de Cataño. Rivera Sierra ha negado ser el asesino de Antonia.

Sánchez Martínez denuncia en el libro que en ninguna agencia del gobierno de Puerto Rico queda ningún récord oficial sobre el asesinato de Antonia. El caso, dice Sánchez Martínez, debía estar abierto, porque el asesinato no prescribe y al menos uno de dos personas que le han mencionado como posibles asesinos está vivo.

Sánchez Martínez invita a las autoridades a buscar la verdad. “Cuando haya oportunidad de que un asesinato no quede impune, debemos aprovechar esa oportunidad”, dice Sánchez Martínez, cuyo hijo fue asesinado el año pasado, sin que se haya esclarecido.


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