Junto a sus compañeros de cuarteto Luis Perdomo, Hans Glawischnig y Henry Cole, Miguel Zenón entrega a los melómanos otra joya irrepetible de su discografía. (Suministrada)

Rafael Vega Curry

Especial El Nuevo Día

“Sonero”, el homenaje de Miguel Zenón a Ismael Rivera, es una grabación histórica.

Es la primera vez, que se recuerde, que una estrella de jazz dedica un disco completo a una leyenda de la salsa. Esa reinterpretación de un género a otro, enfocada en un artista específico, no se había producido antes. La originalidad, esa elusiva cualidad que no todos los grandes artistas poseen, vuelve a hacer su aparición triunfante en un álbum del saxofonista.

De entrada, debemos estar claros en que esta música no es, en absoluto, algún tipo de fusión entre salsa y jazz. Es el jazz vibrante, enérgico, rico en matices, por momentos sorprendente y frecuentemente hermoso al que nos tienen acostumbrados Zenón y su magnífico cuarteto de los últimos 15 años, que completan Luis Perdomo en piano, Hans Glawischnig en bajo y Henry Cole en la batería, todos maestros de la música por derecho propio.

Como ha explicado el propio Zenón, varias de estas interpretaciones toman como punto de partida un fragmento de los temas originales. Puede haber sido una línea de los vientos o del bajo; un coro o un soneo; una armonía o base rítmica. Sobre esta manera de proceder descansa buena parte de la originalidad del disco.

Por ejemplo, “Quítate de la vía, Perico” comienza con el saxofón emulando el sonido del tren, que poco después se convierte en un ostinato acompañado por el piano y el bajo. El impulso, sonido y desarrollo del solo de Zenón son extraordinarios.

Otros temas revelan una dulzura inesperada en los temas de Maelo, por lo menos momentáneamente. Así sucede con las introducciones al piano de “Las tumbas” y “Las caras lindas”. El hecho de que estas dos interpretaciones comiencen en un tono lírico no excluye para nada que toda la fuerza expresiva de la banda se desate poco después.

La recreación armónica, así como un breve guiño a los aguinaldos, hacen de “El negro bembón” una canción nueva, acentuada por los ritmos casi ritualísticos de Cole en la batería. Y en “La gata montesa”, van un paso más allá, con un virtuosismo y una complejidad rítmica que le hubieran arrancado una sonrisa de satisfacción a Lennie Tristano, uno de los grandes maestros del jazz. Se aprecia también el solo de bajo de Glawischnig, aquí y también en “Si te contara”.

El virtuosismo también está presente en “Las caras lindas” y “Colobó”, con pasajes ejecutados al unísono y a rápida velocidad por el saxo y el piano. Da gusto escuchar cómo Zenón recrea en su saxo alto frases específicas de los soneos de Maelo; hay mucho conocimiento aquí, evidentemente, así como la sabiduría para transportar esos soneos al jazz de manera convincente.

“Hola”, que no se encuentra necesariamente entre las piezas más conocidas del Sonero Mayor, es una de las interpretaciones más logradas del disco, por lo original de su tratamiento: comienza en onda de balada-blues, para luego adquirir cierta intensidad rockera. Del mismo modo, el clásico bolero “Si te contara” es objeto de una innovadora rearmonización, lírica y exploratoria a un mismo tiempo.

No podía faltar “El Nazareno”, probablemente la canción emblemática de Maelo. Fiel a su tema de fe, amistad y redención, comienza casi como una plegaria, para luego dar paso a la feroz interacción de la banda, liderada por la batería de Cole. Todo un ejercicio de tensión y liberación, con personalidad propia, idóneo para concluir este álbum.

Cada arreglo y cada interpretación en “Sonero” confirman que Miguel Zenón y sus músicos se encuentran en la plenitud de su arte, con una sensibilidad, imaginación y talentos únicos. Como todos sus discos, constituye una jubilosa reafirmación de la puertorriqueñidad, al proyectar a nivel mundial aspectos específicos de nuestra cultura. Una nueva obra maestra de uno de nuestros más grandes músicos.


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