El artista lanzó su primer álbum en solitario en el 1991.
El artista lanzó su primer álbum en solitario en el 1991. (archivo)

Juguemos a que este mensaje le llega a Ricky Martin, el que nació y creció aquí, el que en esta isla descubrió el gusto por cantar y bailar sobre un escenario, y el que de aquí salió a conquistar el mundo.

Ricky, este mensaje debe arribar a tu privadísimo celular, donde tus cercanos te expresan amor y reproches como sucede con todos los mortales. Ahí aspiramos a colarnos en este aniversario de los primeros 30 años de tu carrera como solista, para contarte cómo algunos boricuas hemos percibido tus logros del otro lado del cristal que separa la vida de las estrellas del espectáculo.

Pero antes, una aclaración. En noviembre del 1991 salió tu primer disco en solitario, Ricky Martin, en cuya carátula ya tenías la melena desenfadada que definió tu look en esos años de furor inicial, pero te descubrimos antes. Llegaste a Menudo a mediados de los 80′s cuando el grupo juvenil seguía en la cresta de la ola, lo que te colocó en un escaparate donde cantaste, bailaste y estampaste en la memoria colectiva tu sonrisa abre corazones.

En ese primer turno al bate demostraste que el jonrón podía llegar. Después sumaste oportunidades, experiencias y públicos nuevos. Empezaste con los que no tenían licencia de conducir -tus contemporáneos que crecieron contigo- y hoy buscas encantar de nuevo a ese grupo, para agregarlo a los otros que se han sentido servidos por ti desde la música, la actuación, la filantropía que busca el origen de algunos males sociales o el ejemplo de tu vida guiada por el amor libre de definiciones.

¿Te acuerdas cuando te fuiste a México y actuaste en la novela Alcanzar una Estrella 2? Estabas en la meca de la industria telenovelera de la época, compartiendo camerinos junto a los artistas juveniles más cotizados, con los que también anduviste de gira musical mientras encarnabas a “Pablo Loredo”. Acá las noveleras que fieles prendían el televisor -única forma de no perderse el capítulo del día- fijaron su atención en tu empeño por dar la talla. Cuando vieron tus escenas con el actorazo Eduardo Palomo, se inclinaron a darte la bendición.

Tus primeros discos generaron éxitos que no paraban de sonar en la radio. ¿Sabías que muchos tenían listo el cassette en blanco para grabar la canción El amor de mi vida y luego regalarla? Románticos con poco presupuesto impresionaban -a cuenta tuya- en escuelas y universidades de todo el país, antes de la era digital. Las dedicatorias se repitieron con “Vuelve” y “Lo mejor de mi vida eres tú”.

Te decidiste a cantar en inglés y fluías muy bien en el difícil. Cantar “La copa de la vida”, tema de la Copa Mundial de Fútbol 1998 en Francia, te vino como anillo al dedo para cruzar fronteras.

Mientras Europa se dejaba llevar por el ritmo, los boricuas radicados en el Viejo Continente, en Asia y en Australia con orgullo te utilizaron como bandera.

-¿Puerto Rico? ¿Dónde es eso?

-De donde viene Ricky Martin.

Esa misma canción escogiste para cantar y menear las caderas en los Premios Grammy de 1999, en una impecable presentación en la que nos chocaba cómo la audiencia anglosajona podía mantenerse en sus asientos. El sabor es un estilo de vida en el Caribe y así lo demostraste.

Oficialmente te perdimos después de esa presentación; todos querían un pedazo de ti. Llegó “Livin’ la Vida Loca” y arrasó en el mundo, “María” fue otro éxito, triunfaste en Viña del Mar y a tu nombre se asociaron términos como “fenómeno” o “estrella”.

Así te instalaste en nuestro vocabulario isleño: se aspiraba a llegar a la cima, “donde llegó Ricky Martin” o se aludía a tu galanura con el piropo “él es un Ricky Martin”. La mayoría mordió el anzuelo que ofrecías, la posibilidad de trascender la isla, de llegar más allá del mar que la rodea con disciplina y trabajo para alcanzar el éxito y mantenerse relevante gracias a la innovación.

Llegaste a Broadway. Pisaste sus sacrosantos escenarios para encarnar a “Marius” en Los miserables y a “Ché” en Evita, y en ambas obras figuraba tu rostro en la publicidad. ¿Tienes idea de la cantidad de fotos que los boricuas se hicieron “contigo” en Time Square junto a cada anuncio o en la estrella con tu nombre en el Paseo de Hollywood? ¿Has pensado en lo que significaría para un puertorriqueño en Estados Unidos saber que alguien que también cambiaba las ‘r’ por las ‘l’ recibía los mismos aplausos que los artistas locales cuando te vieron en Glee o en The Assassination of Gianni Versace?

Las largas y agotadoras giras de conciertos te llevaron a destinos que quizás ni imaginaste de niño. Te convertiste en brújula. ¿Nos olvidaste? No.

Cuando bajabas del escenario comenzaron a inquietarte las desigualdades sociales e intentaste aliviarlas. Creaste la Fundación Ricky Martin y dirigiste la atención hacia la trata humana, un problema social que jamás pensamos ocurría en Borinquen. En nuestros momentos más vulnerables regresaste a apoyar. No siempre vives en la isla, pero la isla todavía vive en ti; por eso opinas y actúas sobre asuntos políticos o sociales. Tu foto encabezando las protestas del Verano del ‘19 o recibiendo el abrazo de oso del residente de una casa que tu fundación ayudó a reconstruir luego del huracán María, hablan de ese resistente cordón umbilical con Puerto Rico; un país que amas, aunque a veces resulte agotador quererlo.

Un día no toleraste seguir siendo dos personas. Te asumiste como un hombre que ama a otro y lo dejaste saber. Ese día le regalaste esperanza a miles en la isla con iguales circunstancias, que en ti vieron un positivo modelo de futuro y estabilidad. ¿Sabes qué Ricky?, después de eso algunos dejaron de rezar pidiendo ser cambiados.

La fama eleva, seduce y aparta. La sobreviste. Lo mejor es que tu historia está en construcción así que desconocemos si el punto culminante ya pasó o está por llegar. Dale gracias a la vida por eso.

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