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Proyecto Circulo de la Memoria (horizontal-x3)
En ese empeño de propiciar un espacio seguro y respetuoso para compartir, a veces inexistente para esta población, hace tres años la artista decidió tocar las puertas de la Fundación Luis Muñoz Marín. (Angel Rivera García)

El pasado siempre guarda su  magia. Algo encantador y sorprendente ocurre cuando miramos hacia atrás. Buscamos  olores, sabores, sonidos. Gente, lugares, momentos. Armamos nuestra película personal. Una historia única.

 Tania Rosario Méndez  es una mujer que desde niña amó  las historias y luego, ya con veintipico de años,  la vida la llevó  a apreciar de un modo muy particular el valor de los recuerdos.  Fue, digamos,  una enseñanza adquirida al adentrarse en un mundo fascinante pero  ajeno para muchos: el mundo de las personas de la tercera edad.

Los ancianos  vivían en la Égida de los Ingenieros en Guaynabo. Tania, artista y educadora,  había llegado a ofrecerles talleres de escritura creativa y teatro. Era la maestra. Pero rápidamente, según  admite,  aceptó con humildad que allí iba a aprender bastante.  Afinó su percepción y se dio cuenta  que  tarde o temprano las dinámicas  del grupo siempre se volcaban hacia los temas de la niñez, la crianza, el tiempo transcurrido. Esto llamó su atención y decidió no pasarlo por alto. Seguiría escuchando a los viejos.

Círculo de la Memoria nace de esta determinación hace casi quince años. En su página oficial (www.circulodelamemoria.com) Tania describe este trabajo como “un proyecto artístico de historia oral que utiliza herramientas multidisciplinarias para estimular la evocación de los recuerdos, refinar las destrezas de narración de las historias y promover la preservación de las memorias compartidas mediante publicaciones impresas, piezas de audio o vídeo”.

A lo largo de los años, se han llevado a cabo más de 30 círculos en hogares de ancianos, residenciales públicos y centros de cuido, financiados con propuestas a municipios, organizaciones y agencias de gobierno.

Estímulos sensoriales, tales como bebida o comida de antaño, fotos antiguas, pinturas de paisajistas puertorriqueños y música incitan el proceso de recordar de la manera más natural posible porque,  aunque suene sencillo,  hacerlo no siempre es fácil. Hay gozo y tristeza, logros y pérdidas en esa madeja misteriosa que llamamos  memoria.

En ese empeño de propiciar un espacio seguro y respetuoso para compartir, a veces inexistente para esta población, hace tres años la artista decidió  tocar las puertas de la Fundación Luis Muñoz Marín. Allí ha continuado la iniciativa y, recientemente, por primera vez  consiguió financiamiento de la Oficina del Procurador de las Personas de Edad Avanzada. En esta etapa, Tania ha logrado dos de sus anhelos. Grabó  el  documental, Entrando al Círculo de la Memoria, cuyos protagonistas narran cómo era la vida alrededor del Río Piedras cuando era un cuerpo de agua donde la gente se bañaba y pescaba. También publicó el  libro Círculo de la Memoria en la Fundación Luis Muñoz Marín: un proyecto de historia oral, escrito  por ella y   James Seale Collazo.   

El Puerto Rico del ayer.  En el texto están contenidos los testimonios de dos grupos de mujeres provenientes del Centro de Servicios Múltiples de Trujillo Alto y el colectivo Patitas Calientes de Carolina. Todas son féminas porque la participación de hombres siempre ha sido muy escasa.

 “Pareciera como si los hombres de edad avanzada estuvieran más cansados y desmotivados que las mujeres”, reflexiona Tania en el texto, decidida a continuar buscándolos.

 En el caso de las señoras, casi todas  nacieron entre las décadas de 1920 y 1940. Vivieron la transición de la era agrícola a la industrial. Esto significa, entre tantas otras cosas, que comúnmente  se criaron en una casita de madera con techo de zinc, caminaron  largas distancias sin zapatos para llegar a la escuela, nacieron asistidas por comadronas y durmieron arrulladas por el canto del coquí.   

Numerosos testimonios narran el Puerto Rico del ayer de manera tan clara que es posible, de repente, acompañar a  Luz M. Estrada  en su recorrido diario a la escuela.

“Desde la Amalia H. Mangual  estaban haciendo la carretera #175  y había un puente que le decían ‘la hamaca’. Los muchachos llegaban al otro lado y lo empezaban a mecer. Yo le tenía terror a la hamaca esa. Cuando creçía el río yo me metía por las piedras para no pasar por la hamaca”, cuenta la mujer entonces residente de Trujillo Alto, quien a los 8 años ya estaba en quinto grado.

El libro donde quedó guardada su experiencia está dividido por temas. Las mujeres  escribieron sobre su nacimiento, el origen de sus nombres, sus recuerdos del hogar, la vida cotidiana, la música y la experiencia escolar específicamente como la recuerdan a los 8 años.

Al respecto,  Zoraida Castro,  también de Trujillo Alto, rememora cómo  su mamá se las ingeniaba para desbaratar las faldas viejas que le daban y con ellas coser la ropa. Mientras, “los zapatos eran de una familia que tenía todos los hijos varones y eso era lo que nos poníamos”, narra quien también jugaba con su abuela Tomasa y se divertía  con  muñecas de trapo, jugando a la peregrina  o a esconder.

“Nos tirábamos por una cuesta, en yagua. Para que no nos diera nada en la piel, mi abuela preparaba un galón con raíces de maguey y sal de higuera que enterraba en la tierra, y todos los días nos daba una porción”. Más allá de la nostalgia que puedan provocar, los recuerdos  de quienes   vivieron esos tiempos, son pie forzado para muchísimas reflexiones acerca de temas como la libertad, la economía, la seguridad, la salud, entre otros. Además, es evidente la  ventaja enorme de las descripciones que   transmiten con calidez  las circunstancias cotidianas y comparten una sabiduría que quedará en el olvido si nadie la escucha. 

Para Seale, quien además de autor del libro es maestro de historia de noveno grado en la Escuela Secundaria de la Universidad de Puerto Rico, la aportación más notable del círculo es precisamente crear las condiciones para mirar a los viejos como el recurso valioso que son.

 “Al Círculo de la Memoria, las personas retiradas trajeron un insumo único e irremplazable: sus propias vivencias, acompañadas a veces de una profunda reflexión sobre el derrotero que ha seguido nuestra sociedad tras los cambios tan drásticos que ellas vivieron y protagonizaron”, destaca Seale en el texto.

Pero el asunto no termina ahí. La conversación intergeneracional escasea en el país porque está ausente en las familias. Serán bastantes los nietos o hijos que nunca se han  sentado a hablar con sus ancianos, a preguntarles cosas. Como maestro, Seale lo confirma a menudo. En el libro, dice que la mayoría de sus estudiantes “al igual que yo cuando vivía mi abuela, no encuentran muchas razones para conversar con las personas de la tercera edad”.

Respecto a ese tipo de diálogo,  Tania tuvo una experiencia muy  conmovedora al darse cuenta del impacto que puede tener para los descendientes de los viejos leer sus vivencias y, a través de las mismas, descubrir anécdotas que ignoraban. Así le ocurrió un día cuando recibió la llamada de una amiga cuya abuela había participado de un círculo durante el cual había narrado la historia de su nombre. Ese cuento quedó documentado en una de las revistas que Tania, con muy escasos recursos, imprimió para el grupo.

“Me agradecía con voz entrecortada por las memorias que rescaté y ella misma, su nieta, desconocía¨, cuenta al narrar que lloró de tristeza pero también de agradecimiento porque sabía que así debe haber ocurrido al menos unas cuantas veces.

Una de las dinámicas que ha surgido en los círculos es el encuentro entre los estudiantes de Seale y los ancianos. El resultado de esta mezcla ha sido interesante y alentador porque en unos cuantos minutos se han generado tertulias como si se tratara de gente que se conoce de toda la vida.

¨Quisiera sistematizar algo que trascienda la experiencia efímera de esos encuentros. Ver qué podemos hacer para que, si coinciden, pueda haber un diálogo respetuoso, flexible¨, apunta Tania.

Círculo que se renueva. Mientras surgen nuevos desarrollos en el proyecto,   Juliana Olivieri González,  Daisy Cancel,  Aixa Ramos Capó, Eulalia Combas Sancho y Virginia Ortiz se inician en el ciclo más reciente del círculo. Todas son mayores de 70 años y llegaron a la fundación con una mezcla  de curiosidad y entusiasmo.

“Esto que ella (Tania) está haciendo es algo que yo siempre había querido hacer. Entrevistar a las personas y grabarlas para que contaran su vida, porque lo que la gente cuenta,  eso es historia, y no está en los libros”, asegura  Eulalia Combas Sancho,  de 78 años.

Como para sustentar su opinión, esta señora de carácter muy alegre dice: “Tú no recuerdas, pero yo sí recuerdo cuando durante la guerra, en la calle Loíza,  iban los tanques y  los soldados hacia el campamento militar. A cada rato sonaba la sirena y todo el mundo tenía que correr a su casa a encerrarse porque había, a lo mejor, un avión que habían visto o un submarino por la costa”.

Aunque  lo cuenta todo muy entusiasmada, como si fuera una película que vió hace tiempo para entretenerse, en aquel momento Eulalia era una de las protagonistas de aquel drama de la vida real y  “temblaba” de miedo cuando tenía que huir.

“No todo el mundo vivió eso. Yo lo viví”, dice con gran orgullo.

Otras  mujeres en el grupo que recién comienzan a verse las caras tienen viva la memoria de cómo se vestían y socializaban cuando eran niñas y jovencitas. Lo común, para casi todas, era tener muy poca ropa regalada o cosida por mujeres de la familia, salir siempre con chaperona y  caminar mucho, y en grupo, para llegar a la escuela. 

Tania se prepara con este grupo para una nueva aventura de vivencias compartidas, pues si de algo está segura es que estos relatos  personales no deben olvidarse.

¨Tenemos en el país una situación económica y política muy frágil. Dependemos de lo que sabemos que funciona o no funciona para no morir. Y es muy difícil hacer esta reflexión partiendo de la nada¨, opina la gestora del proyecto.

Eduardo Galeano dijo que la utopía sirve para caminar. Quizás, para lo mismo, también sirvan los recuerdos.


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