Los vinos de Pago de los Capellanes, catados durante la misión inversa a la Ribera del Duero de la que participó El Nuevo Día.
Los vinos de Pago de los Capellanes, catados durante la misión inversa a la Ribera del Duero de la que participó El Nuevo Día. (Suministrada)

En Pedrosa de Duero, en pleno corazón de la DO Ribera del Duero, la bodega Pago de los Capellanes lleva el nombre con el que por siglos se ha identificado la zona donde ubica. Estas tierras fueron cedidas en parcelas por el imperio romano a sus soldados en pago por su labor en la guerras de las Galias. Luego al establecerse allí monjes capellanes, los habitantes fue entregándole sus tierras a la iglesia a modo de pago por misas y rosarios. Cabe recordar que en el siglo 18 se dio en España la llamada desmortización, proceso mediante el cual el estado expropió a la iglesia católica y a las órdenes religiosas de las tierras que poseían para ponerlas en venta y así obtener ingresos.

Francisco “Paco” Rodero, todo un caballero del vino, cuenta que parte de esta tierra pasó de su abuelo a su padre y luego a él. En los años 80, junto a su esposa Conchita Villa, comienza a ampliar la plantación y en el 1996 establecen su primer bodega y lanzan su primer vino. Al presente les acompaña en la empresa, su hija, Estefanía.

Actualmente Pago de los Capellanes goza de un alto prestigio a nivel nacional e internacional. Su marca es una de las más reconocidas y emblemáticas de la DO por su compromiso con la elaboración de vnos 100% a base de la uva de la region, la Tempanillo. La revista Wine & Spirits incluyó a Pago de los Capellanes entre las 100 mejores bodegas del mundo y sus vinos reciben puntuaciones respetables en las guías más reconocidas de España y América.

“No ha sido una cosa premeditada. Es como que mi esposa y yo nos montamos en una bicicleta y si no pedaleamos nos caemos”, dice sonriendo. Rememora que su padre cultivaba viñas y que como todo el mundo producía vino para el consumo familiar. El auge del vino en España surge ante todo por una necesidad alimenticia. “El vino da fuerza y a la salida de la Guerra (Civil), no había alimento, así que se producía vino para tener una fuente de energía para trabajar la tierra”, comenta don Paco.

En Pago de los Capellanes laboran unas cien personas, entre el personal de la bodega y la labor en el campo. Se trata de un trabajo meticuloso donde cada paso cuenta.

“El campo hay que mimarlo. La viña te da a ti lo que tú le das a ella. Si le das cariño, cuidado y le pones trabajo te devuelve las mejores uvas”.

Sobre Puerto Rico, donde sus vinos son muy conocidos y apreciados, y es el mercado número 11 a nivel mundial para los vinos de la Ribera del Duero, de acuerdo con datos del Comité Regulador de la DO, don Paco manifestó a El Nuevo Día que: “Puerto Rico será pequeño pero sabe, sabe de vino”.

Don Paco Rodero nos guio en un recorrido por su bodega. Cabe señalar que esta es una de las más elegantes y hermosas que visitamos durante nuestra estadía en Ribera del Duero. El diseño arquitectónico a cargo de la firma Beggiao Studio alcanza una armonía de líneas y espacios que enriquece la experiencia. La presencia del viñedo que “entra” al edificio a través de amplias paredes de cristal, así como la integración de las edificaciones centenarias con la estructura moderna, narran a la mirada la historia de Pago de los Capellanes. Luego, al descender 10 metros bajo tierra a las bodegas de crianza, la amplitud del espacio y la simetría entre arcos, altos techos abovedados y cientos de barricas de roble alineados a perfección, crea un ambiente de solemnidad, casi como si se hubiese entrado a una catedral.

En ese espacio nos encontramos con Julio César Reyes, maestro enólogo de Pago de los Capellanes. Don Paco nos invitó a probar de la barrica los vinos Doroteo 2019, Nogal 19, Nogal 20 y Picón 2019.

En la cata probamos comenzamos por el Doroteo 2015, Edición Especial del 25 Aniversario de Pago de los Capellanes. “Se llama Doroteo en honor a mi padre. Él no pudo ver nada de lo que hemos hecho”, comentó Rodero con nostalgia sobre este vino de serie limitada.

Les siguieron el Crianza 2019 y el Reserva 2018, ambos 100% Tempranillo. Son vinos que alcanzan su nivel de calidad por elaborarse a partir de parcelas pequeñas. En ese sentido cabe explicar que aunque el Consejo Regulador de la DO Ribera del Duero permite hasta 7 mil kilos de producción de uva por hectárea, Pago de los Capellanes se limita a 5 mil kilos en busca de garantizar su calidad.

Pasamos al Nogal 2016, del que se produce una calidad limitada, proveniente de una sola parcela. “Es un vino de guarda. Aunque se puede consumir rápido, gana carácter con el tiempo”, nos explicó el empresario.

Le siguió el Picón 2016, uno de los vinos más exclusivos y galardonados de la bodega. De producción muy limitada, este madura 26 meses en barrica, y obtuvo puntuación de 94 puntos en la Guía Peñín. Mientras Parker le otorgó 91 puntos a su añada del 2012.

La cata concluyó con un elemento de misterio, pues probamos un vino de 2020 procedente de viñas de Fuentenebro, Burgos, que se encuentra aún en etapa de estudio, por lo que no tiene nombre y mucho menos etiqueta.

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