Desde la cima de El Yunque nacen múltiples gotas de agua colectivamente formando la neblina que arropa las montañas temprano en la mañana. Mientras el sol se va asomando desde el horizonte del mar y poco a poco calienta la tierra, cada gota se empieza a deslizar una a una desde las hojas tropicales, las cuales se encuentran cubiertas de rocío.

Dejándose llevar por la gravedad, se van congregando con las demás gotas y crean los primeros riachuelos que descienden hacia el valle naguabeño. Estos riachuelos se van uniendo poco a poco durante la travesía, formando cuerpos más grandes al escurrirse por rocas, resbalándose por piedras y cayendo valientemente al vacío formando hermosas cascadas y cataratas.

Y así, estas gotas se convierten en los ríos Blanco, Santiago y Daguao, por los cuales se conoce a este magnífico pueblo. En ellos nace la fuerza vital, siendo refugio de múltiples seres de vida acuática, al igual que de vida terrestre. Con fuerza y con tranquilidad, los ríos van navegando el mar terrestre, pasando por múltiples haciendas y viviendas, alimentando la tierra, hasta por fin desembocar.

¿Y no es así como, al igual que estas gotas, nosotros vamos cambiando y transmutando al fluir con nuestro ambiente y única corriente? ¿No es así como, al igual que todas se unen para crear algo más grandioso, hacemos la humanidad cuando nos juntamos?

Somos Naguabo
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