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Un estudio de tres universidades privadas reveló que un 61.2% de los venezolanos se acostó con hambre el año pasado. (horizontal-x3)
Un estudio de tres universidades privadas reveló que un 61.2% de los venezolanos se acostó con hambre el año pasado. (Xavier J. Araújo Berríos)

Caracas, Venezuela – Los siete días de la semana empiezan y terminan de la misma manera para Manuel. “De lunes a lunes, me acuesto y me levanto pensando en lo mismo: ¿qué vamos a comer mañana? ¿Qué vamos a comer el fin de semana?”, dice el hombre, de 46 años, quien describe su oficio como un “vendedor de todo”.

A la pregunta de cómo le ha ido en medio de la intensa crisis económica que envuelve a este país, Antonio, un guardia de seguridad, de 65 años, que pidió que no se use su verdadero nombre por temor a represalias del gobierno, mete la mano en el espacio entre el pantalón, que le queda ancho y su cintura: “Los pantalones me quedan bailando. Antes era 38 y ahora mire…”.

Patricia, una profesora universitaria de 49 años, que vive con su esposo, un analista en una firma de análisis social y su hija de 10 años, dice que se acabaron las comidas afuera, limitaron la compra de carnes y poco a poco han ido descendiendo sus cuentas de ahorro y de retiro, a medida en que la feroz inflación ha hecho prácticamente desaparecer sus salarios y los obliga a recurrir a lo guardado para llegar de mes a mes.

“La crisis, de una forma u otra, ha afectado a cada venezolano y venezolana”, dice Patricia, quien también prefiere que no se le identifique con su verdadero nombre, en una frase que resume, como ninguna otra que se pudiera haber escrito en este artículo, el efecto que a manera de sustancia venenosa ha regado a través de todo el espectro social venezolano la monumental crisis que vive este país, cuya economía va a contraerse un 35% este año y con una inflación que en el mismo periodo va a acercarse al 14,000%, según vaticinios del Fondo Monetario Internacional (FMI).

A consecuencia de la inflación, que ha disparado a niveles que parecen irreales los precios de los más básicos artículos, los salarios de los venezolanos no significan prácticamente nada, por lo cual a la inmensa mayoría de los venezolanos los ingresos no les alcanzan ni para la necesidad humana más básica: la alimentación.

Así, Venezuela ha terminado en una coyuntura que a muchos aquí y afuera se les hace aún imposible de creer o de comprender: en el país que tiene las mayores reservas petroleras del mundo y que tiene recursos y potencial de ser uno de los más ricos del mundo, hay millones de personas pasando hambre.

Los números no mienten.

El salario mínimo aquí es de un millón de bolívares al mes. Hay, además, nueve millones de venezolanos que se benefician de un subsidio para compra de alimentos conocido como “el cesta ticket socialista”, que es aumentado paulatinamente por el gobierno y que ahora asciende a 1.5 millones de bolívares mensuales.

Esto deja al aproximadamente 52% de los venezolanos que gana el salario mínimo con unos 2.5 millones de bolívares al mes. El Instituto Nacional de Estadísticas de Venezuela no publica estadísticas desde el 2014. Pero el Centro de Documentación y Análisis para los Trabajadores (Cenda), una organización no gubernamental que lleva 40 años haciendo estos cálculos, fijó el precio de la canasta básica de alimentos en 39.6 millones de bolívares en abril, un aumento de 38.4% con relación a marzo del mismo año.

Un pollo completo estaba en estos días (con la descomunal inflación, los precios se disparan prácticamente de una hora a otra) en dos millones y medio de bolívares; un paquete de arroz cuesta 900,000 bolívares y medio paquete de pasta, 800,000. Un refresco de lata, que en Puerto Rico se consigue en entre $1 y $2 dependiendo dónde se compre, cuesta aquí unos 250,000 bolívares, que es el salario de una semana del que gane el mínimo de un millón de bolívares mensuales.

Un estudio difundido en febrero por las tres principales universidades privadas de este país, la Central de Venezuela (UCV), la Simón Bolívar (USB) y la Católica Andrés Bello (UCAB), dice que durante el año anterior, el 61.2% de los venezolano se acostó con hambre en algún momento; que el 63% saltó comidas y que el 79.8% reconoce haber comido menos de lo necesitado.

Más hay otro dato tan revelador como estremecedor de la encuesta de las universidades: el 64.3% de los venezolanos revela haber perdido un promedio de 24 libras durante el año anterior, a consecuencia de las dificultades para alimentarse. “Nosotros y nuestras amistades vemos nuestras fotos en Facebook y nos encontramos todos gordos en relación a como estamos ahora”, dice Manuel, quien pidió que no se use su verdadero nombre para esta historia porque vive en un apartamento subsidiado por el gobierno y porque su esposa es empleada pública.

El gobierno dice que todo esto ocurre porque es víctima de una guerra económica de la oligarquía y/o del imperialismo. Economistas de aquí y de afuera, así como figuras de la oposición, dicen que la catástrofe la causaron las políticas del gobierno de control de precios, expropiaciones de negocios privados, endeudamiento, politización de sectores de producción como el petróleo e impresión a mansalva de moneda.

El gobierno ha tomado medidas para tratar de paliar la situación, pero sin mucho éxito. Por ejemplo, ha aumentado varias veces el salario mínimo, la última de estas en abril de este año, ha tratado de regular los precios de ciertos alimentos, ofrece bonos de distintas cantidades en diferentes ocasiones del año a las personas que tengan el llamado “carnet de la patria” y distribuye bolsas con alimentos básicos a precios subsidiados.

Pero la desbocada y descontrolada inflación hace humo dichos aumentos yayudas.

Cuando se ponen a la venta los alimentos a precios regulados, se forman filas que pueden durar días enteros. Ha surgido también la figura de lo que aquí llaman “el bachaquero”, acaparadores que compran en grandes cantidades productos regulados y los venden sin necesidad de hacer fila y sin restricciones, pero a precios inaccesibles para la mayoría.

Las bolsas, mientras tanto, son repartidas una vez al mes a través de los llamados Comités Locales de Abastecimiento y Producción (CLAP) e incluyen productos de la dieta básica del venezolano cuyo valor real puede ser de entre 12 y 15 millones de bolívares, por el precio subsidiado de un millón de bolívares. Sobre este programa se han hecho denuncias tanto de corrupción como de que se usan para beneficiar o castigar a los partidarios u opositores del gobierno.

Dependiendo del tamaño de la familia que recibe la bolsa, el contenido puede durar para comer desde varios días a una semana, dijeron entrevistados. El resto del mes, los venezolanos tienen que seguir batallando con una economía que es como una bestia insaciable que los ha dejado en la más desnuda indigencia. “A uno le da trabajo aceptar esto, pero lamentablemente estamos necesitados”, dijo una empleada de la Asamblea Nacional, luego de recibir su bolsa CLAP.

Manuel dice que trabaja siete días a la semana, comprando y revendiendo, tratando de acercarse a los cerca de 50 millones de bolívares mínimos que necesita al mes para alimentar a su familia integrada por él, su esposa, dos hijos de la pareja, dos hijos de un primer matrimonio de ella y el hijo de una hija de la esposa, que emigró a Colombia. En los mejores meses, dice, se acerca a 40 millones de bolívares.

“Suena exagerado. La gente no lo cree, pero sí, hemos pasado hambre. Hay momentos en que de repente tenemos arroz, pero no tenemos con qué acompañar ese arroz. De repente llega el momento en que yo no tengo nada de dinero, mi esposa no tiene nada de dinero, en la nevera de mi casa lo que hay es pura agua y en la despensa no hay nada. Nos hemos tenido que acostar sin comer. Lamentablemente nos ha pasado”, dijo Manuel.

“Da un sentimiento de rabia, de tristeza, de decepción, un sentimiento cortante de preocupación”, agrega.

Antonio, el guardia de seguridad, dice que no ha pasado hambre porque vive solo, con su madre de 84 años, que recibe su pensión de 1.4 millones de bolívares y sus propios beneficios. La caja Clap y el salario mínimo le da a duras penas para pasar el mes. Pero hace tiempo no sabe lo que es comer carne. “Se come, pero no como se comía antes”, dice Antonio, quien no recuerda cuándo fue la última vez que compró ropa.

Patricia dice que entre ella y su esposo tienen un salario combinado de 25 millones de bolívares. Comida no les ha faltado, pero sí se les ha hecho escasa. También les ha faltado dinero para tratamientos médicos. “Tenemos seguro médico, perodebemos tener el dinero para las consultas porque nos pagan contra reembolso”, dice Patricia, quien recientemente tuvo que pagar 60 millones de bolívares por un estudio médico.

El domingo pasado, hubo aquí elecciones presidenciales, a las que no se les permitió acudir a los principales partidos y candidatos de oposición. Participó apenas el 46% del electorado. El presidente Maduro revalidó para un término de seis años, que empieza a contar a partir del año próximo. Ninguno de los entrevistados guarda ninguna esperanza de que el nuevo término de Maduro traiga el cambio que Venezuela necesita, pero con todo y eso siguen confiados en que algo, si bien no saben qué, mejorará las condiciones en que ahora viven.

“Tengo esperanza de que algo, en algún momento, tiene que pasar. Esto tiene que acabarse. No es justo que un país como Venezuela, y con la gente que tenemos aquí, sigamos viviendo esto por muchos años más. Esto tiene que pasar en algún momento”, dice Manuel.


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