El Nuevo Día viajó a la región devastada por el huracán Dorian. Estos relatos muestran la severidad de la crisis humanitaria.

High Rock, Bahamas - Cosas así se ven en un sitio en el que un huracán categoría 5 estuvo azotando sin clemencia por 36 horas.

Hay un hombre sentado, solo, taciturno, en el esqueleto de lo que fue una casa, la suya. A su alrededor, solo hay escombros. Un mueble encajado en parte de lo que fue el techo muestra cuán alta estuvo el agua aquí. Dentro de la casa, solo quedó una nevera, lo único que, quizás por su peso, las homicidas aguas que anegaron esta comunidad no pudieron llevarse.

Todo lo demás desapareció. Incluso, lo más preciado. El hombre, Ron Smith, de unos 50 años, la piel curtida, las manos grandes y toscas, la mirada ligeramente perdida, cuenta en tono suave –como si no quisiera oírse a sí mismo, pero con algo de hipnótico- qué más le llevó el agua.

“Vivía aquí con mi hermano, que está paralizado. Cuando vino la inundación, traté de ponerlo en su silla de ruedas para salir de la casa. Él quiso quedarse en la cama. Yo le dije que esa no era una decisión muy sabia. Estábamos pillados dentro de la casa porque el agua estaba como a seis pies de altura. Cuando el agua se metió dentro de la casa, traté de dar la vuelta, pero la corriente me llevó como 50 pies, hasta la maleza. Pude agarrarme de un pino. Mi hermano no pudo…”, cuenta Smith.

Su hermano, Clarence, de 60 años, maestro retirado, paralizado tras un derrame, está desaparecido desde entonces. Smith no guarda ninguna esperanza de que pueda estar vivo. Cree que las aguas lo arrastraron hasta el mar, que está apenas a unos metros de su casa, en esta comunidad al sur de Gran Bahama, la segunda isla más habitada de Bahamas, un archipiélago independiente de 350,000 habitantes.

Gran Bahama, donde vivían unas 50,000 personas, y Ábaco, de 17,000 habitantes, son las dos islas de Bahamas más afectadas por Dorian, el monstruoso huracán que la semana pasada llegó a este país, se detuvo sobre él y estuvo arrancándole la vida por 36 interminables horas.

El gobierno de Bahamas no sabe todavía cuánta gente mató Dorian. Ayer, el conteo de muertos iba apenas por 50. Pero se sabe que van a ser muchos más. Los desaparecidos ayer sumaban 2,500, según el Departamento de Servicios Sociales local. Pero, en esa lista, están solo las personas a las que alguien reportó como desaparecidas, y una portavoz gubernamental advirtió que simplemente puede tratarse de personas cuyos familiares los han reportado como desaparecidos porque no han podido contactarlos.

The Punch, un periódico local, reportó ayer que el número de muertos puede ascender a 2,300. Portavoces del gobierno lo negaron airados. “No podemos enredarnos en las noticias de que hay montones de cadáveres. Quisiéramos saber dónde están esos cadáveres para ir a buscarlos porque va a tomar semanas ir por toda Gran Bahama, Ábaco y los cayos donde viven muchas personas”, dijo en conferencia de prensa en Nassau, la capital, el ministro de Salud, Duane Sames.

En las calles, la historia es diferente. Todo el mundo sabe que la cifra de muertes va a ser espantosa. Donde quiera se habla de gente de la que no se ha vuelto a saber desde el huracán.

Solo en la calle donde vive Ron Smith, desaparecieron 18 personas durante la tormenta, incluyendo su hermano, de los cuales han hallado a solo uno muerto. Sus vecinos de al lado –mamá, papá, dos hijos– están todos desaparecidos. Un vecino de la zona iba contándole a los periodistas de El Nuevo Día los muertos como si recitara una letanía lúgubre: “Aquí, desapareció uno, allá un hombre, su esposa y sus dos hijos, acá otro que vivía solo…”.

Infructuosa búsqueda

Hay grupos de rescate en la zona, pero no han tenido mucha suerte. Ron Smith dice que a su hermano lo están buscando por el sur de Gran Bahama, cuando él sabe, y les ha dicho, que la corriente se lo llevó hacia el norte.

Los rescates básicamente están a cargo de equipos extranjeros. Los médicos puertorriqueños de la Fundación Haití se Pone de Pie, que llegaron ayer en la mañana a esta isla, estuvieron también por esta zona distribuyendo medicamentos.

Gran Bahama, que normalmente está rebosante de turistas, es hoy aún un pueblo fantasma. Para un puertorriqueño, el paisaje es pavorosamente familiar. Campos antes exuberantes hoy están desnudos e inertes, como si hubieran sido quemados. Edificaciones destruidas donde quiera que se mira. El aeropuerto atestado de gente queriendo irse. Evacuaciones en proceso, algunas auspiciadas por el gobierno, pero la mayoría a cargo de organizaciones no gubernamentales y empresas privadas. Denuncias de que el gobierno no ha respondido a la altura de las circunstancias.

La Autoridad de los Puertos de Gran Bahama estima que cerca de 15,000 personas han salido de la isla en la pasada semana, lo cual equivaldría al 30% de la población.

Las filas en el muelle y en el destruido aeropuerto son interminables. En una fila en el muelle en espera a subirse a un crucero que transporta gente de manera gratuita a Nassau, estaban Jamal Borrows y Antonia Richardson, quienes, aunque no se conocen, se iban por las mismas razones: lo perdieron todo, incluyendo empleos, no creían que iban a recibir asistencia alguna del gobierno.

“No creo que es justo”, dijo Borrows.

Wayne Rowe, un taxista de 53 años, no se va en estos días. Pero está seguro de que, tan pronto venda sus pertenencias, saldrá de Bahamas para siempre. “Amo a Bahamas hasta la muerte, pero me voy. Ya es suficiente. He pasado demasiados huracanes. Tiene que ser el calentamiento global. Cuando yo era niño, había huracanes, pero no tan frecuentes ni tan fuertes”, dijo.

El matrimonio de William y Reneé Cooper perdieron la casa que estuvieron construyendo juntos unos veinte años. El agua la inundó por completo y tuvieron que refugirarse en el techo. Reneé dice que puede que se vaya de Bahamas, pero solo a “tomarse un respiro y después volver”. Dentro de su casa, solo quedó incólume una pared. Casualmente, o quizás no, es la pared en la que ella había colocado unos arreglos con los que son sus lemas de vida: “Vive, sonríe, ama, fe y esperanza”.

Reneé cree que eso es una señal, y cuenta su futuro sin dejar ver ningún resquicio de duda: “Vivo bajo ese lema. Tengo actitud positiva. Yo sé que vamos a reconstruir nuestra casa”.


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