Carlos Romero Barceló, del Partido Nuevo Progresista (PNP), ganó la elección a la gobernación en 1976, y revalidó en los comicios de 1980. (GFR Media)

Cuando se piensa en los 50 años de la política en Puerto Rico que han quedado milimétricamente registrados en las páginas de El Nuevo Día, viene a la mente la descripción de nuestra vida pública que hacía a menudo don Rubén Arrieta Vilá, un veterano periodista de este diario, retirado hace unos años.

Decía don Rubén que, en Puerto Rico, vivimos “en un tiovivo”, en alusión a la machina de feria que se pasa la vida dando vueltas en torno al mismo centro; si uno se queda en el mismo punto, ve al caballo pasarle al frente innumerables veces, con precisión de reloj. Queríase decir con esto que somos una película que se repite incesantemente, con las mismas controversias suscitándose cada cierto tiempo con características idénticas, con solo los personajes, y a veces, cambiando.

Es también como lo que dijo Umberto Eco, en 1965, sobre las novelas de Ian Flemming, de las que salen las películas de James Bond: son todas, en el fondo, la misma trama, con ligeras variaciones en la colocación de los elementos, pero que al final llevan mensajes idénticos y terminan en lo mismo.

Al darle una mirada panorámica a estos años, la política de Puerto Rico lleva 50 años desarrollándose de la misma manera; como un disco rayado, sin que pasemos, no solo de palabras, sino de sílabas. No llegamos nunca al próximo capítulo. No sabemos en qué termina la historia. Es como un robot dañado repitiendo la misma frase una y otra vez.

Nada ilustra la parálisis como el tema de la alternancia.

El Nuevo Día nació y creció en la era de la alternancia. Se puede decir, incluso, que es de alguna manera una consecuencia indirecta de este fenómeno. Don Antonio Luis Ferré, presidente fundador de este diario, le compró el viejo periódico El Día, que operaba en Ponce, a su padre, Luis A. Ferré, cuando este inauguró la era de la alternancia, al convertirse en 1968 en el primer gobernador electo por el Partido Nuevo Progresista (PNP), tras un larguísimo reinado del Partido Popular Democrático (PPD), el único que había gobernado en la isla desde la fundación del Estado Libre Asociado (ELA) en 1952.

Dos años después de la llegada del PNP al poder, Antonio Luis Ferré lanzó El Nuevo Día, ahora con sede en la zona metropolitana de San Juan, bajo la dirección del legendario Carlos Castañeda.

El Nuevo Día emergía en la misma época en que el país emergía de los tiempos de la avasalladora hegemonía popular. Una nueva era y un nuevo periódico.

Durante la vida de El Nuevo Día, ha habido en Puerto Rico 12 elecciones. Los dos partidos que han dominado de manera hegemónica la política durante los últimos 50 años se han repartido el poder a partes iguales: seis las ha ganado uno y seis el otro. Tres veces –1968, 1980 y 2004– ganó un partido la gobernación y otro, la Asamblea Legislativa. Del 1969 al 1973 y del 1981 al 1985, gobernó el PNP con Legislatura popular, y del 2005 al 2009 fue al revés.

Las discusiones fueron siempre variaciones de lo mismo: las relaciones con Estados Unidos, la corrupción, la ausencia de un modelo de desarrollo económico, el aumento de la deuda, el desempleo, el deterioro de la infraestructura, las penurias de las escuelas públicas y de la Universidad de Puerto Rico (UPR) y el aumento de la inseguridad ciudadana. Años y años enredados y patinando en las mismas discusiones sin avances perceptibles.

En diciembre de 1976, cuando se preparaba la transición de Rafael Hernández Colón a Carlos Romero Barceló, en la portada de este periódico se nos advertía que venía “austeridad para largo”. El 25 de octubre de 1994, se informaba de negociaciones del Departamento de Hacienda con deudores.

En 1982, El Nuevo Día destapa un gigantesco escándalo de nepotismo en la Asamblea Legislativa. El 30 de noviembre de 2009, otra vez, muchas veces salida antes y después de eso, se denunciaba un “derroche de contratos en el Capitolio”.

En el camino, incontables planes contra el crimen, para reactivar la economía, para diversificar las fuentes de energía, dragar los embalses, mejorar el aprovechamiento de los estudiantes de la escuelas públicas, ampliar el acceso a los servicios de salud, para obligar a Washington a atender el status, con un intento fallido de los tres partidos de entonces tratando de interesar a Washington de 1989 a 1991, y cuatro consultas en las últimas tres décadas.

Parecía que nada se hubiera movido en la vieja colonia estadounidense del Caribe durante los últimos 50 años. Sí se movía. Pero hacia abajo. Se iban deteriorando visible, dolorosamente, las instituciones públicas. Se complicaba tremendamente la convivencia democrática. Se tambaleaban las finanzas del ELA. Iba dando señales de cansancio el bipartidismo.

Cerca de 40 condenas de corrupción durante los ocho años de Pedro Rosselló entre 1993 y 2001. Un gobernador arrestado en funciones, Aníbal Acevedo Vilá, en el 2008, aunque absuelto después de concluir su término. Los federales husmeando muy cerca de otros dos gobernadores: Alejandro García Padilla, a quien le arrestaron un amigo íntimo que se aprovechaba de la cercanía para hacer negocios en el gobierno; y Ricardo Rosselló, cuyas jefas de Educación y del plan de salud del gobierno esperan juicio por corrupción.

Desde que Pedro Rosselló ganó la reelección en 1996, ningún gobernador aquí se apunta una segunda victoria. Sila M. Calderón, la primera mujer gobernadora; Aníbal Acevedo Vilá, Luis Fortuño, Alejandro García Padilla, todos gobernadores de un solo término. Dos no se presentaron a la reelección (Calderón y García Padilla) y los otros dos perdieron.

El que ganó en el 2016, Ricardo Rosselló, no pudo ni concluir su término. A los dos años y medio, el pueblo le dijo: basta ya. En 14 días de un ardiente verano, el pueblo lo botó.

La quiebra, que estuvo fermentándose por décadas, según las denuncias que venían siendo publicadas en estas páginas, almenos, desde los años 70, fue atisbada con gran precisión por El Nuevo Día el jueves 26 de abril de 2012, en una portada que advirtió: “Una bomba se cuaja para el 2015”.

Se dijo ese día lo que iba a pasar tres años después si no se tomaban las medidas que no se tomaron. Así fue. Con el gobierno todavía titubeando, el 3 de febrero de 2015, El Nuevo Día publicó en su portada lo que casi nadie se atrevía a decir: “Puerto Rico está en quiebra”. Cinco meses después, el entonces gobernador, Alejandro García Padilla, alzó la mano: “La deuda no es pagable”.

Todo se vino abajo. La quiebra llevó a Promesa y a la Junta de Supervisión Fiscal, y nos trajo a donde estamos hoy, con un gobierno que no tiene la última palabra en prácticamente nada importante y con el país frustrado y enconado.

La historia fue contada aquí, día a día. Lo que viene también se va a contar, ahora en formatos diferentes. Le toca al país decidir cuál es la historia que quiere que se cuente.


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