Yaisha Vargas
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Navidad profunda

Durante semanas, no pude escribir. No había espacio en mí para todo lo que se agolpaba emergencia tras emergencia... tras emergencia. Sobrevivía. Sostenía la cabeza por encima del agua. No podía llorar. Las primeras semanas tras el golpe, tuve atisbos significativos de mi práctica de “mindfulness” y pude regresar a mí misma. Hasta escribí aquí y hablé por radio sobre algunas herramientas de meditación. Pero a medida que la emergencia se alargaba, la reserva de recursos internos llegó a su fin y con ello, sobrevino un temperamento impaciente, tosco, que a veces rayaba en lo insensible. Me observaba por dentro, y lo que había era una solidez oscura, un bloque de tristeza que me ocupaba más allá de mis límites.

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