Ana Lydia Vega
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Las siete macacoas y el Almirante

Algunos malpensados aseguran que se trata de un escarmiento divino por nuestro incorregible superávit de pecados. Pero yo empiezo a sospechar que alguien nos ha echado tremendo fufú. ¿No será que Mister Trump tiene un equipo de brujos a sueldo para agriarle la vida a todo el que figure en su lista negra?

Con o sin brujos, las siete macacoas que nos han caído encima en los pasados tres años y pico compiten con aquellas siete plagas de Egipto ajotadas por Charlton Heston sobre la calva de Yul Brynner en “Los diez mandamientos”. Escépticos y porfiados, favor de revisar la lista siguiente.

En 2017, los siete miembros de la Junta de Control Fiscal aterrizaron en sus botosas oficinas de la Milla de Oro con un presupuestazo anual cortesía de nuestro flaco bolsillo. El salario de su directora ejecutiva, la exministra de Finanzas de Ucrania, dejó con la quijada dislocada hasta a los devotos de los milagros federales.

En ese año fatídico, recibimos la ingrata visita de Irma y María, con los consabidos estragos de ambas. ¿Cómo olvidar aquel infame video de Trump trivializando el desastre con rollos de papel toalla mientras nuestras autoridades coloniales le reían las gracias? De ahí en adelante, como ya consta, se ha dedicado a regatearnos con uñas y dientes los fondos de emergencia hasta el sol de hoy.

Para colmo de karma, la macacoa ciclónica arrastró consigo otra de igual magnitud: la demográfica. Al dispararse de forma exponencial la estampida hacia la tierra prometida, nos fuimos quedando solos con los casi extintos coquíes, las omnipresentes gallinas de palo y los “seniors” despensionados.

Por no cucar la ira de los dioses telúricos, evitaré extenderme sobre el tema de los temblores que desde el año pasado nos zarandean sin piedad. Tomada debida nota de nuestra posición geográfica privilegiada entre ocho zonas sísmicas y más de quinientas fallas geológicas, no hay despojo ni sahumerio que nos despinte la macacoa sísmica. Respiración profunda y adelante.

¿Existirá tal cosa como una macacoa cibernética? Comprobado y certificado. Hace unas semanas, se supo que un sencillo esquema de fraude electrónico desvió fondos millonarios de varias agencias del gobierno a una cuenta bancaria en Estados Unidos. Lo parapelos del asunto es la asombrosa facilidad con que se agenciaron esas transferencias, por no hablar de la eficiente colaboración del patio que lograron los “hackers”.

Lamento informarles que, aunque todavía no ha desembarcado aquí, la sexta macacoa ya ronda por estas latitudes. Brasil ha reportado un caso y Estados Unidos sesenta y tres. No obstante, nuestro dilecto Secretario de Salud ha declarado que la presencia del coronavirus en tierra boricua es de “baja probabilidad”. Ajá, don Rafa, eso mismo decían en Italia.

Y, por fin, la séptima. Acostumbrados estábamos a los monitores, supervisores, síndicos y agentes fiduciarios impuestos por la metrópoli cuando hizo su entrada triunfal al Palacio de Santa Catalina el rostro severo del almirante Peter Brown. Que pasaba a saludar, explicó el secretario de la gobernación.

La gobernadora y la comisionada residente le han endilgado el elegante título de “enlace” pero Mister Brown se ocupó de precisar el verdadero alcance de sus funciones. No solamente meterá cuchara en los menesteres de la recuperación sino en todo lo relativo a nuestra futura “sostenibilidad”. En resumen: viene a meter en cintura a la colonia. Pausa para la pregunta ingenua: adiós, ¿y para eso no fue que nombraron a la Junta de Control Fiscal? Esperemos que el almirante no nos pase la factura por sus servicios.

Ingratos recuerdos del ayer trae el recién llegado. Encarna la versión actualizada de la eterna macacoa histórica. Tiene un innegable trasunto a los capitanes generales que nos asignaba España y a los gobernadores militares ungidos por Washington. Antes de convertirse en “coordinador federal”, era asesor del presidente Trump nada menos que en seguridad nacional y contraterrorismo. Peculiar especialidad. Oremus.

Habrá quienes aplaudan la aparición mesiánica del gallardo oficial que nos rescatará del tercermundismo abyecto para conducirnos a las cumbres gloriosas de la civilización americana. Me complace recordarles que, con la misma ilusión, se celebró la implantación de esa Junta a la que ahora gustosamente mandaríamos de vacaciones permanentes. Y, vamos, no es que la clase política criolla del bipartidismo ganso se haya comportado a la altura de la moral hostosiana. Pero la gran ironía es que Estados Unidos tampoco puede presentarse como modelo de ética gubernamental. Con sus elecciones compradas por los grandes intereses y sus chanchullos intervencionistas alrededor del planeta, padece, como mínimo, de corrupción estructural.

En tiempos de los gobernadores gringos, el pueblo bautizó “Moncho Reyes” al prepotente y represivo Montgomery Reilly. El pobre solo duró dos años en La Fortaleza. Ojalá que las ejecutorias de Peter Brown no emulen las de Reilly el breve. Va y le encajan un apodo tipo “Peyo Marrón”.

No hay de otra, lectores. A comprar la mascarilla y el escapulario.


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