Ana Lydia Vega
💬

Protocolos de la cuarentena


Si eres casero puro y duro, el atrancamiento obligatorio no te incomoda. Es más, tener que salir es lo que te molesta. Como en algún momento hay que personarse por necesidad en el supermercado, la farmacia o el cajero automático, cuesta bastante abandonar un adentro seguro para enfrentarse, enmascarado y enguantado, a un afuera sembrado de peligros.

¿Adentro seguro? Bueno, ni tanto. Al búnker doméstico llegan entregas diarias que pueden servirle de caballo de Troya al microbio. Cartas, paquetes, periódicos y compras traen el riesgo a la puerta del hogar. Como dicen que el virus se agarra de cualquier cosa para seguir viable, tienes que someterte entonces a largos y tediosos ritos de higiene. Y a lavarse las manos hasta el despellejamiento se ha dicho, recitando “En la brecha” con José de Diego para darse ánimo. No sin antes haber desinfectado a chorros de aerosol el objeto sospechoso y fumigado con furia las entrañas del buzón. Un duchazo hirviente no se descarta.

Entre la enorme variedad de la fauna humana, la especie casera representa una sufrida minoría. En cambio, la de los paticalientes - según comprobado durante esta cuarentena a plazos renovables - se revela masiva y combativa. Y no solo aquí. Los noticieros internacionales muestran, a cada rato, imágenes de transeúntes paseándose tan campantes en grupos por parques, puentes y bulevares de ciudades diezmadas por la enfermedad.

Los trepadores de paredes cuentan con un arsenal de justificaciones para sacudirse la orden de encierro: que la claustrofobia los saca por el techo, que no nacieron “pa yugo” (como el Josco de Abelardo), que el sol caribeño es un antiviral natural, que el “lockdown” viola su derecho a tirarse a mondongo y que, a la larga o a la corta, todos nos vamos a fastidiar. Y viva la desobediencia incivil.

Recome el hígado enterarse de que, en algunas urbanizaciones, corillos de residentes hastiados se montan en camionetas de cristales ahumados y salen de noche en busca de algún chinchorro abierto. De nada sirve secarse la garganta recordándoles que el confinamiento aplana la curva ascendente de los contagios y evita el colapso del sistema hospitalario. Tampoco bastan multas ni arrestos. Se valida lo que siempre se ha sabido: que el aburrimiento es el padre del embeleco y que el impulso de transgredir es más fuerte que el de acatar.

Pero volvamos a las glorias y miserias de la domesticidad forzosa. La radio y la televisión acompañan mal que bien nuestra soledad. En estos melancólicos tiempos, a ninguna empresa mediática le interesa otro tema que el del coronamartirio. Nos corresponde pues a nosotros defendernos de los estragos de la sobreinformación. Es normal procurar estar al corriente de todo lo relativo a la pandemia, no faltaba más. Pero obsesionarse con el “boxscore” de los infectados y los muertos del día es movida suicida para la salud mental.

La revolución tecnológica nos ha demostrado que el aislamiento total no existe. Videollamadas, correo electrónico, mensajería de texto y las omnipresentes redes sociales permiten reconectar al instante con familia y amigos. Cierto que nada sustituye al poder de la presencia. Pero la imagen proyectada y la voz desencarnada alivian en alguna medida la tristeza. Y para otros menesteres de la materia y del espíritu, ahí están la educación y el trabajo a distancia, el mundo virtual de las artes y las series de Netflix.

Cunde, sin embargo, la desinformación en línea. Las teorías conspiratorias asustan y desorientan. ¿Culpables los chinos o los americanos de terrorismo microbiológico? ¿Conspiran los fondos de pensiones para liquidar de una vez a los viejos? ¿Será maltusiana la naturaleza? ¿Se transmitirá el virus por aire, agua, ratas, mosquitos y hasta por telepatía? ¿Habrá llegado el profético apocalipsis?

A las noticias y las alarmas fatulas, se suma un mal muchísimo peor. Justo cuando necesitamos poder confiar en el gobierno, padecemos su patética incompetencia. Justo cuando preferiríamos olvidarnos de tapujos, traqueteos y politiquerías electoreras, confirmamos su precaria credibilidad. Nuestros líderes practican sin remordimientos el distanciamiento moral.

Sin carros ni gente circulando, el silencio nocturno podría ser una de las mayores virtudes del toque de queda, de no ser por la chicharra del celular avisando que es hora de recogerse.

Estamos solos con esa luna limpia que nos mira fijo por la ventana. Solos con nuestros miedos y nuestras esperanzas. Solos pero juntos bajo el cielo protector de nuestra patria. Reconforta saber que poblaciones enteras del planeta se acuartelan también en sus refugios, atenidos a lo impredecible.

Y con eso me despido. Es que me toca bajar la basura y tengo que vestirme de astronauta. Ojalá no me vayan a confundir con un paramédico del servicarro de pruebas del CDT de Río Piedras.


Otras columnas de Ana Lydia Vega

domingo, 9 de agosto de 2020

Cual bandada de palomas

Ha quedado clarísimo que el contagio y las muertes por coronavirus están en plena escalada. Bajo esas circunstancias, nadie en su sano juicio querría enviar a sus hijos a un moridero potencial, dice Ana Lydia Vega

domingo, 5 de julio de 2020

Habla el corruptólogo

“Se me ha encomendado un tema fascinante: el impacto social de la corrupción. Confieso que la palabra me incomoda. Suena a pecado, a perversión. Le resta ‘standing’ a uno de los quehaceres más antiguos de la humanidad”, escribe Ana Lydia Vega

domingo, 7 de junio de 2020

Memmi presente

Con un referéndum de estatus a la vuelta de la esquina, el momento luce más que propicio para repasar los dos desenlaces de la encerrona que examina Memmi: la asimilación o la rebeldía, escribe Ana Lydia Vega

domingo, 3 de mayo de 2020

¿Adiós cuarenpenas?

¿Conviene proclamar una apertura prematura? Como reza la versión reciclada y actualizada del refrán: más vale precaver que dejar de respirar, escribe Ana Lydia Vega