Mayra Montero
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El decreto de inmunidad a los médicos

Han corrido ríos de tinta, porque puede parecer peligroso. Y de hecho, en cierta forma, lo es. Pero no había más remedio.

Me refiero al decreto que firmó el miércoles la gobernadora, concediéndoles inmunidad contra el “malpractice” a médicos, hospitales y personal sanitario mientras dure la pandemia.

Es obvio que vivimos un tiempo peligrosamente distanciado de valores y estándares sociales, judiciales y democráticos, que dábamos por intocables.

La Policía, por las noches, recorre las calles de mi urbanización para evitar que nadie salga ni a botar la basura. Un helicóptero, a eso de las ocho, hurga en las calles con su poderoso foco. Está en contacto con las patrullas, y, si de casualidad divisara a un infractor del toque de queda, avisa para que lo intercepten.

El COVID-19 es un fenómeno que recuerda al meteorito que diezmó a la población de dinosaurios, de un golpe súbito, y luego fue acabando poco a poco con los sobrevivientes, hasta extinguirlos por completo.

No voy a abundar en lo que ya se ha repetido hasta la saciedad: ni vacunas ni fármacos. La única certeza en la pandemia es que, luego de un catarrito, muchas veces se desencadena en el cuerpo una reacción que inflama los órganos y los inutiliza. Afecta a los pulmones al principio. Pero puede darse el caso de que el virus migre al corazón y produzca lo que llaman miocarditis, con extremos dolores de pecho. O a los riñones y el hígado, hundiendo en la debilidad al paciente. El organismo entero, queriendo combatir al invasor, se convierte en una máquina de guerra. Y eso es lo que mata al ser humano, esa tormenta de coraje inmunológico que, en efecto, a lo mejor aniquila al virus, pero también acaba con el contagiado.

El eminente inmunólogo Anthony Fauci, al frente de la lucha contra la pandemia en los Estados Unidos, ha recordado en varias ocasiones que lo único seguro con el coronavirus es el distanciamiento social y el lavado de manos. Hasta ahora es lo único probado.

A dos meses del inicio de nuestra peor pesadilla, todo cambia de un día para otro: los protocolos médicos se desinflan, y hasta los fármacos que parecían esperanzadores al final fracasan.

En esas circuntancias, la gobernadora ha hecho lo justo concediéndole inmunidad al personal médico, hospitalario y de primeros auxilios, y eximiéndolo de cualquier responsabilidad que no sea expresa y evidentemente criminal. En Nueva York, el gobernador Andrew Cuomo ha formulado un decreto similar, y además ha liberado a los médicos del requisito de llevar un récord minucioso sobre el día a día del paciente. En los hospitales del Bronx, o de otras zonas muy castigadas, donde se han vivido jornadas infernales, los médicos no tienen tiempo de sentarse en el “counter” a escribir de sintomatologías y tratamientos, algo que es esencial cuando se va a documentar, judicialmente, el mal manejo de un caso.

Todos hemos visto las escenas de guerra, de bombardeos despiadados enmuchos lugares del mundo. Son situaciones catastróficas, donde el tiempo corre en contra de la vida y del sentido común. Hemos visto también a paramédicos y cirujanos con las batas manchadas de sangre, avanzando por los suelos sucios e improvisando remedios en camillas donde la gente se les va entre las manos. ¿Alguien cree que van a ponerse a escribir un informe, luego de dar instrucciones a gritos y proceder con el malherido como mejor le dicta su conciencia?

Pues con el coronavirus más o menos lo mismo. Solo que el enemigo no es una bomba cuya metralla deja expuestas las carnes. Pero la presión es idéntica.

Puede que a la sala de emergencia llegue un paciente algo congestionado, con sus signos vitales normales, y que, luego de hacerle la prueba, el emergenciólogo decida enviarlo a su casa advirtiéndole que, si se sintiera “corto de respiración”, vuelva enseguida. En unas pocas horas ese mismo paciente puede desarrollar la famosa “tormenta de citoquinas” y morirse, incluso cuando “ayer mismo se veía tan bien”.

Así es esta enfermedad. Camaleónica y cruel. Ha llegado a resurgir en pacientes cuando ya se consideraban curados y han pasado la cuarentena. En España, por ejemplo, presuntos recuperados que han dejado el hospital entre aplausos, han muerto a los dos días en la casa.

Imagínense, simplemente, decenas de miles de reclamaciones, peticiones de récords médicos, movilización de abogados para contestar demandas, y todo el despelote médico-judicial que acecharía al sistema de salud porque en lugar de una úlcera duodenal, era coronavirus. O en lugar de conjuntivitis, coronavirus. O tardaron demasiado en traer el respirador. O no tenían el equipo a mano. O la prueba dio un falso negativo y no le hicieron otra. En estos días revueltos, en que la ciencia se abre paso prácticamente a tientas, las causas de una demanda por “malpractice” pueden multiplicarse hasta el infinito.

Otros gobernantes también han comprendido la necesidad de que, encima del inmenso estrés, los turnos extenuantes, la impotencia ante lo desconocido, el miedo que estremece al personal que está en primera línea (tanto como a los pacientes), no tengan además que atormentarse pensando que, ante una decisión difícil, tal vez les caiga luego una demanda.

Hasta que el polvo del meteorito se asiente y podamos volver a ver el cielo, ese decreto de inmunidad es lo más lógico del mundo.



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