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El Nuevo Día 50 años: la memoria en las carnes

En ocasión de nuestro 50 aniversario, que se cumple el lunes 18 de mayo, El Nuevo Día ha invitado a personalidades de Puerto Rico a reflexionar sobre el acontecer noticioso en el país y el resto del mundo en las pasadas cinco décadas, con una mirada a futuro. Mayra Montero presenta hoy su reflexión en  esta serie de columnas de Opinión.

El jueves 18 de mayo de 1995, El Nuevo Día lanzó un suplemento celebrando lo que podríamos llamar “sus bodas de plata”. Aparte del recuento de las noticias más destacadas en esos 25 años, dedicaban varias páginas a un curioso experimento. La introducción decía “… nos dimos a la ardua tarea de escoger a 25 figuras del patio, con edad suficiente para penetrar el túnel del tiempo de sus vidas y rescatar fotografías de sus álbumes, las que verán a continuación en dos épocas, y en una tercera que es imaginativa. Primero, cercano al nacimiento de El Nuevo Día, en mayo de 1970. Luego, como lucen en la actualidad, y, finalmente, cómo podrían ser dentro de 25 años”.

Creo que muy pocos, entre los elegidos, estuvimos conformes con la pintura imaginaria del futuro.

Yo guardé aquel suplemento para empeñarme siempre, día tras día, en no llegar a convertirme en lo que el ilustrador pronosticó. Algunas de aquellas figuras, lamentablemente, han fallecido, dos de ellas muy jóvenes, el tenor César Hernández y el periodista Rafael Castro Pereda. Los demás… hemos ganado con el tiempo. En la proyección al futuro parece que no tomaron en cuenta, en primer lugar, los tintes para el pelo y los recortes modernos. En segundo lugar, los retoques estéticos: que si el bótox, que si el estironcito, que si la lipotransferencia.

No digo que todos los sobrevivientes se hayan hecho algo, pero lo cierto es que, por la gracia de Dios y la actitud en la vida, podemos felicitarnos de que no somos lo que creyeron que seríamos. Gilberto Santa Rosa abre esa sección titulada “Tres Épocas”, y hoy parece el hijo del retrato hipotético que pintaron de él. A Sila Calderón, que entonces era candidata a la alcaldía de San Juan, la recortaron a lo garçon, alguien tenía muchas ganas de meterle tijera. Ella se mantuvo en sus trece y la verdad que ha cambiado poco. Con el entonces gobernador, Pedro Rosselló, la pegaron: se ha derretido un poco. No así con su esposa Maga, que se conserva exacta. A Ednita Nazario seguramente le amargaron aquel lejano jueves: no por nada, sino por el estilismo: pelo canoso y “teasing”. Apuesto a que ella también guardó el suplemento para nunca convertirse en su viejo retrato imaginario. Y por ahí, no voy a hablar de todos, pero al pobre Héctor Luis Acevedo lo mataron: tiene que felicitarse de verse en la actualidad mucho más joven. Raymond Arrieta se ve fofo, y a la pregunta de qué se veía haciendo para 2020, respondió que estaría “retirado, en un bote pescando”. En cuanto a Aníbal Acevedo Vilá y Fernando Martín, les digo algo: están hermosos comparados con aquella imagen que idearon de ellos. Esta servidora da pena, con el pelo “teasing” también y canoso como el de Ednita, es más, parecemos hermanas. Solo que a mí me pusieron un collarito de perlas sobre un cuello excesivamente arrugado. Lo único bueno es que dije la verdad. A la pregunta de qué me veía haciendo en esta época, respondí: “Lo mismo que estoy haciendo ahora, escribiendo”.

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Y es que, al mirar atrás estos cincuenta años, me doy cuenta de que toda mi vida, desde la tierna infancia —es una frase hecha, tierna no fui nunca—, la he pasado en redacciones de semanarios o periódicos. No conozco otra cosa, salvo algunas aventurillas publicitarias que no dejaron huella. De muy pequeña, correteaba por las oficinas de ZigZag, un semanario humorístico cubano que luego se convirtió en Palante, donde mucho aprendí oyendo chistes para adultos, y una mañana mi hermana y yo le hicimos cucasmonas a un flaquito y casi desconocido Silvio Rodríguez, que hacía antesala para su primera entrevista.

Yo era una jovencísima mentirosa cuando llegué a la redacción de El Nuevo Día hace 46 años: le dije al entonces jefe de deportes, Rai García, que lo sabía todo sobre béisbol. Él me observó con lástima y me mandó a cubrir los juegos de los Lobos de Arecibo. Lo hice bien, copiándome de las notas del muchacho que escribía para el San Juan Star, que me miraba con ojos de carnero degollado y le importaba un pepino que yo le robara sus mejores observaciones. La redacción del periódico El Mundo fue por años mi laboratorio. Fantaseé, experimenté, tuve infinidad de broncas, desesperé a muchos de los editores, como al genial Max Torres, que luego vino a parar a El Nuevo Día y murió en un absurdo accidente, muy cerca del periódico. A Max lo convertí en un personaje de la novela “Púrpura Profundo”, con todas sus manías y migrañas.

Temprano en los 90 volví a El Nuevo Día, donde también me han dejado fantasear y protagonizar riñas del alma. ¿O qué cosa es la vida? ¿Qué cosa es un periódico sino la prisa, los exabruptos, las rivalidades y sobre todo las ideas? Un periódico es una larga idea que corre por el tiempo, se contradice, cancanea, rectifica, se convierte en sustancia y memoria aferrada a las carnes del país.

Esa sustancia ahora está transformándose. Del papel a la maravillosa aventura digital. Dentro de 25 años, los reporteros estarán entrevistando a personitas en tercera dimensión, y quizá el propio periodista se presente en forma de holograma dondequiera que haya una noticia. Abriremos el periódico haciendo un click en el aire con el dedito índice, y Raymond Arrieta estará anunciando otra caminata. Gilberto Santa Rosa, un nuevo álbum. Bad Bunny habrá cumplido 51, y Daddy Yankee estará a punto de ser septuagenario.

Consuélense.