Mayra Montero

Antes que llegue el lunes

Por Mayra Montero
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Elías, mon amour

El día que regresó de Europa y ofreció aquella conferencia de prensa en el Salón de los Espejos, el entonces gobernador Ricardo Rosselló evadió certeramente la pregunta de un periodista: «¿Ha visto a Elías Sánchez últimamente?”

Él respondió que sí. Nadie le preguntó en dónde, o si el encuentro había sido si en París. No hubo seguimiento y Rosselló se secó, imaginariamente, una terrible gota de sudor.

Días antes, alguien había comentado, de pasada, que Elías Sánchez andaba por la Ciudad Luz (qué cursi suena ahora eso de Ciudad Luz), y da la casualidad que el mandatario, en sus últimas vacaciones como tal, no escogió para pasear ni Venecia (sin ti), ni Viena, sino la capital de Francia.

Cenaron muchas veces juntos, a través de los años, con sus respectivas familias. La cena de París, ya inquieta, debe de haber sido falsamente alegra, empezándose a oír los ecos del derrumbe.

En la noche más importante de la vida del país —anoche miércoles—, el Centro de Periodismo Investigativo publicó más datos sobre la influencia borrascosa y pasional que ejercía Elías Sánchez sobre el Gobierno en pleno; la manera en que los jefes de agencia —funcionarios de primera, de segunda o tercera— caían simplemente a sus pies. Lo sufrían, lo oían mandar, lo veían sulfurarse. Pisar con la determinación de quien sabe que puede olvidar sus gafas en La Fortaleza.

Hay una intuición, una manera de adivinar quién manda y por qué. Esa intuición, en mayor o menor grado, la tenemos todos. Por eso Elías Sánchez llegaba al Departamento de Salud y temblaban las paredes. Y lo mismo pasaba cuando encaminaba sus pasos hacia Corrección, o hacia Edificios Públicos, o hacia donde le diera la gana de encaminarse para gestionar un contrato y buscarse una jugosa comisión.

Ricardo Rosselló, el que fue gobernador hasta ayer (porque ya no lo es, ya está en el piso, o en el sollozante avión de su abandono), queda pintado como un hombre débil, que le entregó el gobierno a otro. No a un amigo inteligente, sagaz, que lo respetara y lo quisiera ayudar, sino a al inescrupuloso lleno de codicia, al manipulador que, al parecer, dinamitó La Fortaleza.

Todo apunta a que el verdadero vándalo en San Juan ha sido ese sujeto frío, de labios gruesos y ambiciosos. De ojitos rapaces y capaces de dominarlo todo.

Ayer, entre los miles de rumores que corrían, se aseguraba que el gobernador había salido de palacio disfrazado de bombero. Triste epitafio para una gobernanza que se consumió en la malquerencia: lo exprimieron, lo secaron y lo enloquecieron. Parece un drama de Tennessee Williams.

Suddenly, this summer.




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