Mayra Montero
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Rastreo de contactos: ¿inconstitucional?

Un artículo publicado el viernes en este diario informa de la decisión del secretario de Salud, Lorenzo González, de darle “seguimiento” a las personas que hayan arrojado un resultado positivo en la prueba serológica del COVID-19. Es increíble que no se haya hecho antes.

El “seguimiento”, supongo, es una vigilancia estricta. No solo a esta persona, sino a su núcleo familiar y sus contactos laborales o sociales. Así se está haciendo en otros países, en aquellos que han tenido cierto éxito en controlar la pandemia.

El municipio de Villalba avisa que está llevando a cabo un modelo de rastreo de contactos basado en lo que se ha hecho en Singapur, que es identificar a todas las personas que tuvieron alguna relación casual o estrecha con el enfermo, y hacerles pruebas a todos. El único problema con ese modelo en Villalba es que la implementación depende de la voluntad y la cooperación individual.

Es duro decirlo, pero si una persona tiene síntomas, y anticipa que van a aislarlo y a rastrear a todos sus contactos, es posible que su voluntad flaquee y su cooperación se encoja. Esa es la dificultad que se confrontaría al tratar de implantar un sistema de rastreo riguroso en Puerto Rico.

Por eso lo mencioné en mi podcast de la semana pasada: el rastreo de contactos es la parte menos dulce y amable de la estrategia contra el coronavirus. Se necesita mollero del gobierno y concretamente del Departamento de Salud para llevarlo a cabo. Pero la epidemióloga que trabaja con Villalba, un pueblo de dimensiones manejables en el que se podría meter a todo el mundo en cintura, dice que las pruebas dependen de “la voluntad”.

No ha habido voluntad que valga a la hora de rastrear casos en países como Nueva Zelanda, donde todo el que llega por el aeropuerto tiene que encerrarse 14 días donde dispongan las autoridades. No es cuestión de voluntad en Corea, ni en Taiwán, ni aun en países como España, que luego del desastre inicial, no dejaban moverse a nadie, y los fines de semana ponían controles en las carreteras para que la gente no pudiera acercarse ni siquiera a sus segundas residencias. Ni siquiera a los huertos que estaban a pocos kilómetros de sus hogares. En Italia, más o menos lo mismo. Un programa de la televisión italiana, titulado: “¿Tendremos vacaciones este verano?”, enumeraba los grandes retos de desplazamientos y aglomeraciones que habría que enfrentar en apenas dos meses.

El planeta sufre casi la misma incertidumbre que sufría al inicio de esta pesadilla.

Peor. Porque The New York Times nos despertaba el viernes con la noticia de que se habían perdido más de 20 millones de empleos durante el mes de abril, creando un caos que no se había visto desde la Gran Depresión. Muchas de las lujosas tiendas de la Quinta Avenida se han declarado en quiebra. Sus principales clientes, gran parte de ellos asiáticos, han desaparecido.

Digo todo esto porque el rastreo de contactos es sin duda una pieza fundamental de la estrategia contra el coronavirus. Pero no es un proceso condescendiente, nadie se crea que es rastrear y seguir andando.

En Cuba, el positivo va para el hospital, y los sospechosos, que son todos los contactos que ha tenido ese enfermo, sean de su núcleo, o vecinos con los que contactó, compañeros de trabajo o amigos que estuvo frecuentando, son vigilados en los centros de aislamiento. “Ingresan” obligatoriamente, pero no a un hospital, sino a un albergue donde son objeto de observación clínica constante, por si desarrollan el menor síntoma. Luego de 14 días, si la prueba da negativo, los dejan volver a sus casas. Las pruebas serológicas pueden arrojar negativo mientras se está incubando el virus y aún no tenemos anticuerpos, por lo que no son, en las primeras etapas, garantía de nada.

El caso es que un rastreo de contactos no es la panacea. Conlleva apretar tuercas a los contactados, porque de lo contrario, ¿de que vale rastrear a nadie, si luego todo depende de su voluntad?

Tienen que hacerse muchas pruebas por todas partes, y, cuando se detecte un positivo, hay que visitarlo en su casa, entrevistar a las personas con las que vive, elaborar una lista de contactos, con nombres, dirección y teléfono. Visitar a esos contactos, y hacerles una prueba rápida, entrevistándolos también. Hay que asumir que en el rastreo no hay intimidad posible. No es que se vaya a publicar una relación de infectados, pero el funcionario de salud encargado de hacer la investigación va a tener acceso a toda esa data, y a proceder en consecuencia.

¿Qué se apuestan a que alguien pone una demanda?

Ahí se acaba el rastreo de casos. No se le podrá preguntar a un enfermo con quién habló, comió o se tocó en los últimos días. Inconstitucional, seguro. Lo mismo que controlar sus pasos a través del celular para que no rompa el aislamiento.

Si es que lo veo venir, porque el libreto está escrito. No existe otro rastreo de contactos que no sea invasivo. Ni aquí ni en China, nunca mejor dicho.

Yo quiero ver cuál es el rastreo que está diseñando Salud, y cuáles las garantías de que enfermos y sospechosos no estarán haciendo su santa voluntad en la calle. Eso es todo.


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