Julio A. Muriente Pérez

Punto de vista

Por Julio A. Muriente Pérez
💬 0

Sequía, huracanes, sismos, pandemia…

“El ser humano puede ser el satán de la Tierra, él que fue llamado a ser el ángel de la guarda y celoso cultivador. Ha demostrado que, además de homicida y etnocida, puede transformarse también en biocida y ecocida” (Leonardo Boff, Ecología, grito de tierra, grito de los pobres).

“Los mortales no pueden prescindir del hierro ni del fuego o del agua, mientras que el oro y la plata no sirven para ningún uso verdaderamente indispensable…la Naturaleza, madre indulgentísima, puso abiertamente a nuestra disposición todas las cosas mejores, como el aire, el agua y la tierra, a la vez que sepultaba profundamente lo que es vano y de ninguna utilidad” (Tomas Moro, Utopía).

Una intensa sequía en 2015. Dos inmensos huracanes en 2017. Estremecedores sismos en diciembre de 2019 y enero de 2020. Una implacable pandemia en 2020, hasta el instante en que se escriben estas líneas. A eso, añadámosle la quiebra económico-política del ELA, la imposición de una junta de control dictatorial, la expulsión de un gobernador indeseable y su séquito en el verano de 2019; el desprecio sin disimulo del Norte; la emigración masiva de compatriotas en busca de algún asidero ante tanta incertidumbre; corrupción, cinismo e incompetencia gubernamental; deterioro social desenfrenado…

Quizá nadie en Puerto Rico hubiera imaginado el rumbo que tomarían nuestras vidas en estos pasados cinco años. Todavía hoy no salimos del asombro, la consternación y en muchos casos de la más absoluta incomprensión. Esto es particularmente significativo para los más jóvenes; para cientos de miles de ciudadanos quienes, entre 2015 y 2020, se han hecho adultos, viviendo de manera convulsa una cuarta parte de su existencia.

Ha sido una mezcla compleja de fenómenos naturales inesperados; realidades políticas y económicas equivocadas e injustas, aunque previsibles; decisiones altamente destructivas de alcance planetario y una gran dosis de prepotencia de las sociedades humanas.

En todo caso, estos pasados años tan cargados de desasosiego e incertidumbre, debieran obligarnos a reflexionar detenida y profundamente sobre lo que somos y lo que aspiramos a ser como sociedad. Reconocer, a calzón quita’o, lo atinado o desatinado de nuestros actos y pensamientos. Comenzando por reconocernos naturaleza que necesita, para vivir, una relación de armonía con el resto de la Naturaleza. Por reconocer que la posesión mezquina y egoísta de bienes materiales como razón de vida es un disparate. 

Que la existencia tiene que guiarse con otros paradigmas y valores que nos acerquen a la verdadera humanidad. Que la espléndida y generosa solidaridad y apoyo que nos hemos brindado unos a otros en estos momentos trascendentales—y de lo que podemos sentirnos genuinamente orgullosos y orgullosas- es la ruta a seguir, que nos hará grandes y felices.

Ha vuelto a temblar y seguirá temblando. En el sur y en el oeste, en el este y en el norte. Es la Naturaleza actuando, como desde siempre. Desde mucho antes de nuestra llegada. Si se quiebran edificios, casas y carreteras es porque, por lo general, están mal construidos. 

En pocas semanas se inicia una nueva temporada de huracanes, que formalmente dura seis meses, pero que los efectos del calentamiento global y el cambio climático la han hecho impredecible. Uno de estos días estaremos claveteando ventanas en víspera de año nuevo. Huracanes han pasado por aquí desde miles de años antes de que hubiera humanos habitando esta tierra. Corresponde a nosotros ajustarnos a esa realidad natural.

Se ha registrado una reducción alarmante en la precipitación y el nivel de los lagos va descendiendo. Lagos y embalses que están llenos de lodo donde debiera haber agua, resultante de la erosión fruto a su vez de la deforestación provocada por el “progreso”. 

La pandemia del coronavirus, y otros tantos virus o enfermedades que produzca la Naturaleza, están entre nosotros y continuarán estándolo. Es cosa de convivir con ellos, más allá de que aparezca tal o cual vacuna salvadora. Que bastante esfuerzo le ha costado al resto de la Naturaleza convivir con nosotros, depredadores desenfrenados e insensibles., tantas veces peores que el peor de los coronavirus.

No es esta una visión cataclísmica. Es la Naturaleza actuando, golpeada por la negligencia de los humanos, que hemos creído que podemos disponer de ella a nuestro antojo. Son las sociedades mal hechas—como la del colonialismo “primer mundista” impuesto aquí- que tarde o temprano colapsan. Es la “normalidad” absurda, impuesta como tal para provocar infelicidad general para beneficio de unos pocos. 

Más nos vale que los humanos reconozcamos que somos naturaleza frágil y vulnerable. Más nos vale que desistamos de la intención disparatada y suicida de jugar a la manipulación del entorno natural. Más nos vale que concibamos la vida con más humildad, con respeto y sin soberbia. 

La vida, que no es exclusivamente la nuestra, sino la de todos los seres vivos del planeta.

Quizá convendría que prestáramos atención a lo que nos advierten Edgar Morin y Anne Brigitte Kern, en su libro Tierra patria: “¿Dominar la naturaleza? El hombre todavía es incapaz de controlar su propia naturaleza, cuya locura lo lleva a dominar la naturaleza perdiendo el dominio de sí mismo. ¿Dominar el mundo? Pero si no es más que un microbio en el cosmos gigantesco y enigmático. ¿Dominar la vida? Pero si, aunque pudiera un día fabricar una bacteria lo haría como copista, reproduciendo una organización que jamás fue capaz de imaginar”.

Otras columnas de Julio A. Muriente Pérez

martes, 19 de mayo de 2020

El plebiscito en noviembre es un fraude

El plebiscito, propuesto por el PNP y endosado por la gobernadora, es un referéndum sin validez jurídica alguna, destaca Julio Muriente

martes, 10 de marzo de 2020

Estadidad no y no

Los anexionistas no acaban de entender que la estadidad no es un derecho, sino una prerrogativa soberana y unilateral de Estados Unidos, dice Julio Muriente Pérez

💬Ver 0 comentarios