


Desde hace tiempo vengo insistiendo en que la gran mayoría de las vitaminas que nos venden en las farmacias, con contadas excepciones de personas con deficiencias vitamínicas, son innecesarias. No solo son innecesarias, sino que en algunos casos pueden ser francamente perjudiciales. Un ejemplo claro es la vitamina E, cuyo consumo se ha asociado a un aumento en el riesgo de cáncer de próstata. En otros casos, como la vitamina C, aunque no parece aumentar el riesgo, tampoco lo reduce, a pesar de lo que se nos ha hecho creer durante años. Debo reconocer, sin embargo, que yo no estaba preparado para asimilar los datos más recientes publicados sobre la vitamina A.

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