Fernando Cabanillas
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El virus en el aire y la nariz de Trump

Mientras esperaba que se dilataran mis pupilas, mi oftalmólogo, el Dr. Federico Maestre, prendió una luz potente, la apuntó hacia la pared, agarró un pote de aerosol y disparó el espray hacia la pared. La nube que se formó pronto empezó a disiparse y algunas gotas grandes descendieron rápidamente, cayendo al piso, mientras que otras, más pequeñas, permanecieron en suspensión por un tiempo mucho más largo. Lo que él quería ilustrar es que algo parecido ocurre con la transmisión del COVID-19.

La transmisión mejor conocida es la que ocurre a través de gotas grandes de saliva que se emiten cuando uno tose, estornuda, habla o canta. Estas se componen de unas partículas de tamaño microscópico, pero mayores de 5 µm. Para poner esto en perspectiva, un granito de arena tiene un tamaño de 90 µm, 18 veces mayor a estas gotas de saliva. Por su mayor peso, estas partículas caen al piso en pocos segundos y no se transmiten a distancias superiores a los 3 pies, por lo cual el distanciamiento físico funciona como prevención. Esta modalidad de transmisión también se puede prevenir usando una mascarilla, evitando así que las gotas de saliva salgan de la boca, quedándose atrapadas en la máscara.

Pero existen también partículas de tamaño todavÍa más pequeño, usualmente entre 1 a 5 µm, que por ser tan diminutas y de peso tan ligero, permanecen suspendidas en el aire durante varias horas. Estas se producen al exhalar. Su componente líquido se evapora, haciéndolas todavía más livianas. En consecuencia, esa suspensión de partículas fácilmente se transmite a distancias muy superiores a 6 pies y son fácilmente arrastradas por las corrientes aéreas. Si un paciente está contagiado de COVID-19, esas partículas contienen el virus. A eso le llamamos “transmisión por aerosol” o por aire. El contagio por aerosol no puede evitarse con el uso de mascarillas, ya que estas no son capaces de filtrar partículas muy pequeñas y además permiten la fuga del aire exhalado alrededor de la máscara. Estas partículas son tan pequeñas, y su peso tan ligero, que pueden permanecer suspendidas en el aire hasta 16 horas. Por lo tanto, en teoría, podrían infectar a las personas que entran en una habitación o cualquier otro lugar en que haya estado horas atrás un paciente infectado.

A esta última forma de contagio no se le ha prestado mucha atención porque la Organización Mundial de la Salud (OMS) siempre ha afirmado que es poco común. No obstante, en una carta abierta, 239 científicos de 32 países esbozaron “evidencia” de que sí ocurre, y pidieron a la OMS que revise sus recomendaciones. Como era de esperarse, pronto aparecieron titulares sensacionalistas que se difundieron por el mundo entero generando ansiedad en el público. Revisemos los datos con ecuanimidad, sin sensacionalismo.

¿Cuál es la evidencia clínica que ofrecieron estos investigadores para respaldar sus conclusiones? Muy poca. Plantearon el ejemplo del restaurante en Guangzhou, China, donde ocurrió un notorio brote de COVID-19, minuciosamente estudiado. El brote ocurrió durante la víspera del Año Nuevo chino, el día 24 de enero de 2020. En ese local había 89 comensales ocupando 18 mesas. Los extractores de aire no estaban encendidos y el aire recirculaba sin que entrara aire fresco al restaurante. Uno de los comensales había llegado de Wuhan, epicentro de la epidemia, y nueve personas en tres mesas separadas, dos de ellas adyacentes a la que él ocupaba, se infectaron. Sin embargo, ninguno de los otros 68 comensales se infectó. Estos 68 estaban en áreas con unidades de aire acondicionado independientes, y por tanto la circulación de aire no estaba contaminada con el aerosol emitido por el caso índice.

Aparte de esto, ¿qué otra evidencia ofrecieron? Señalaron otro brote que ocurrió en el ensayo de un coro en Washington, como evidencia de transmisión aérea. Los autores alegan que ese brote, en que los miembros de un coro cantaron pegados uno al otro sin mascarillas, es un ejemplo de transmisión aérea. Tampoco documentaron la interacción social que se piensa ocurrió luego del ensayo. Peor ejemplo no pudieron haber seleccionado.

Debo señalar que prácticamente ninguno de los signatarios de la carta que propone transmisión por aire son médicos, ni mucho menos expertos en enfermedades infecciosas, sino ingenieros en mecánica de fluidos y estudio de aerosoles.

Lyn Gilbert, reconocido médico infectólogo, manifestó: “la importancia clínica de la transmisión aérea es mínima, pero no imposible. Depende de muchas variables, como la temperatura, la humedad, las corrientes de aire, la ventilación, la carga viral…”.

¿Por qué no hay muchos más eventos como el del restaurante en China? Posiblemente el caso índice en ese evento era lo que llamamos un “superesparcidor” (“superspreader”). Estos son individuos que exhiben una mayor capacidad para infectar a otros. Se piensa que estas personas tienen una muy alta carga viral y que el virus se desprende fácilmente de la garganta y nariz. No sabemos cómo identificarlos de antemano.

La realidad es que todavía estamos aprendiendo cómo este virus se propaga y no sabemos a ciencia cierta cuál es la forma más común de contagio. Sin embargo, queda claro que usar mascarillas, mantener 6 pies de distancia y lavarse las manos disminuye considerablemente el riesgo. ¿Y qué implicaciones tiene esto? El tomar estas medidas ha disminuido la propagación del virus. No quiere decir, sin embargo, que la diseminación por aerosol no juegue un papel, pero no parece ser el mejor actor en esta película, ni tan siquiera el mejor actor secundario.

Mi conclusión es que, si prefieres ser extra cauteloso y vas a celebrar un evento grande, mejor usa la mascarilla, guarda la distancia física, lávate las manos frecuentemente… y si posible, escoge un establecimiento al aire libre donde la ventilación es superior.

Hablando de mascarillas, vimos al presidente Trump usando una y afirmando: “creo que es una gran cosa usar una mascarilla. Nunca he estado en contra de las mascarillas…”. ¿Estaría hablando en serio? Dicen que la verdadera razón por la que ahora Trump usa mascarilla no es porque realmente crea en su eficacia, sino para ocultar que el día que dijo tales falsedades, le creció otra pulgada su nariz.

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