Roberto Alejandro

Desde la diáspora

Por Roberto Alejandro
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Cuando una república muere

El lunes primero de junio de 2020 la república de los Estados Unidos murió. Fue en Lafayette Square, en la capital federal, donde la defunción y el sepelio tuvieron sus ceremonias. Presidían la procesión fúnebre el presidente, el secretario de Defensa, el secretario de Justicia, y un general en el uniforme de los militares en zonas de guerra. La estrangulación de la república quedó a cargo de tropas militares convocadas para la ocasión. 

Pero no había guerra. Lo que sí había era una manifestación pacífica ejerciendo un derecho muy garantizado, en lenguaje claro, en la Carta de Derechos de la Constitución. Y nada menos que en la Primera Enmienda que inscribe el derecho a la libre expresión y a protestas pacíficas. 

No fue la primera ni será la última de sus muertes. Pero lo acontecido fue fatídico y sería un error muy serio desvalorar su significado.  Sumemos que el secretario de Justicia ordenó que personal armado del Bureau of Prisons se uniera a la faena represiva sin llevar señas de identificación y logramos mejores muestras de una ilegalidad descomunal. Tropas sin identificación son parte del libreto de Vladimir Putin. 

Como con Trump lo trágico y lo burlesco siempre andan juntos, su deseo de una foto con una biblia “justificó” la ilegalidad constitucional.  

Un magistrado civil que necesita tropas para tomarse una foto niega, de entrada, lo que buscaba demostrar. Ya no es civil sino un funcionario castrense. Recurre a las invocaciones instintivas de “ley y orden”, y sabemos lo que tal frase significa. Significa que la ley desapareció y solo quedó el orden de las botas, las metralletas y los gases lacrimógenos.  Como no hay poder que ose presentarse desnudo, necesita, pudoroso, algo que lo cubra. Por eso une la “ley”, ya un concepto tieso, al “orden”.  

En honor a la verdad, Estados Unidos, como repositorio de valores justicieros, siempre ha sido una minoría. En los hechos, tal repositorio siempre ha arrastrado un lado inerme, muerto. Eso fue la esclavitud y eso fue el sur antes y después de la guerra civil. Hoy por hoy, eso es todo acto de opresión, violencia racial y exclusión de los pobres.  

El presidente retornó a una Casa Blanca convertida en fortín para apaciguar los miedos del incumbente, símbolo de que el sepelio fue completo. Desde allí defiende, ahora mismo, la Confederación sureña como un eco de Jefferson Davis cuya estatua fue derrumbada en Virginia.

El repudio al golpe constitucional ha sido feroz. Más de dos semanas después, el general Mark Milley, quien se prestó para la violación constitucional, pide disculpas.

Pero se violó un tabú en plena capital federal. La república, tan especializada en violar normas jurídicas en suelos extranjeros, movilizó tropas, no para afirmar derechos de sus ciudadanos, como ocurrió en los sesenta en Alabama, sino para destruirlos. 

La república murió en Lafayette Square. Sigue muy viva en las protestas de las nuevas Madres y Padres Fundadores de algo nuevo ya muy visible en las calles. En un sondeo de opinión de USA Today, el sesenta por ciento confía en el movimiento Black Lives Matter como instrumento para promover la justicia racial en Estados Unidos. ¿El apoyo a Trump? Treinta y ocho por ciento.


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