Eduardo Lalo
💬

Bye Bye Estadity

Hoy se conmemora la independencia de Estados Unidos. En Puerto Rico, sin embargo, debe ser el Día Nacional de la Playa. Hace décadas, cuando era niño e iba con mi padre todos los sábados, domingos y días feriados a la playa, el único día en que acabé negándome a acompañarlo fue el 4 de julio, porque debido a la afluencia de gente, el mar no se disfrutaba.

En tan solo unas semanas se cumplirán 122 años desde que se inició la desigual y turbia relación entre el país cuya independencia nos resulta totalmente indiferente (al punto que incluso los actos oficiales de un gobierno anexionista resultan risibles por lo minúsculos e irrelevantes) y la nacionalidad cuya plena expresión política y legal no estuvo en los planes de la flota que bombardeó San Juan en mayo e inició la invasión militar de Puerto Rico en julio de 1898.

Desde los primeros contactos fuimos invisibles. Con el ejército invasor que desembarcó por Guánica vinieron reporteros y fotógrafos, y en los primeros años del siglo XX fueron numerosas las obras que se publicaron sobre los pobladores y las islas que habían sido traspasadas como fincas, es decir sin reconocimiento político de los que las habitaban, a manos del imperio estadounidense. La mirada de los nuevos dueños de la tierra arrastraba los prejuicios de su expansión hacia el Oeste: el desplazamiento y la desposesión de los indígenas de los territorios que hoy conforman a Estados Unidos se tomó como un acto lógico, justificado por un racismo dogmático que presumía que Dios había creado el mundo para los blancos. Incontables actos genocidas fueron perpetrados por el ejército estadounidense y por particulares y el martirio de muchísimos pueblos indígenas fue silenciado y ninguneado hasta el día de hoy.

En 1898 la cosa probó ser diferente y las políticas de expansión acostumbradas chocaron con la realidad y tuvieron que ser revisadas. En Puerto Rico, Cuba y Filipinas los estadounidenses enfrentaron otras condiciones y, dada su incomprensión de ellas, inventaron quizá el que fuera el primer mito negativo sobre los insulares: son muchos y su sexualidad no tiene límites civilizados. Por primera vez el ejército no se desplazaba por planicies que parecían mares y en las que era baja la densidad demográfica. En las islas, Estados Unidos hallaba nacionalidades que pugnaban por algún tipo de auto representación y libertad y sus prejuicios servían para no verlo, para no tener ni siquiera que imaginarlo.

Uno de los reporteros que acompañó al ejército invasor fue William Dinwiddie. En 1899 publicó Puerto Rico Its Conditions and Possibilities. El título nos debe alertar sobre su carácter de informe. Quizá la mayor parte de sus lectores tendrían algo que ver con las compañías que entonces cotizaban en Wall Street.

Dinwiddie fue un reportero metódico. Fue testigo del bombardeo de San Juan en mayo de 1898 y acompañó las tropas desde el momento de la invasión. Luego, ya “pacificada” la tierra recorrerá una porción sustancial del país. Sus descripciones son a veces tan precisas que más de un siglo después continúan siendo verosímiles. No obstante, los prejuicios y concepciones de la conquista del Oeste estaban patentemente manifiestos en la manera en que concibe a los puertorriqueños. Es aquí donde reside el asunto clave: aunque el reportero utiliza pocas veces la palabra “puertorriqueño”, siempre escrito en español y como un elemento que le añade tipismo a sus descripciones, nunca utiliza el concepto para describir a ninguno de los innumerables seres humanos con los que entra en contacto.

En sus viajes por pueblos y ciudades y en las alturas de la Cordillera Central, cuando Dinwiddie encontraba personas las clasificaba a partir de un concepto importado. El reportero estaba ante “natives”. Una traducción “literal” y acomodaticia a nuestra colonialidad resulta inoperante y es estéril pensar que Dinwiddie y otros estaban viendo “nativos”. Para el norteamericano estaba claro lo que decía, pues estaba en presencia de indígenas, ante “salvajes”, seres prietos e inferiores por obra de Dios y de la historia.

Aun cuando Dinwiddie se topaba con gente adinerada y culta, nunca veía puertorriqueños. El término parecería ser un tabú en los albores del colonialismo estadounidense. Apurado ante el encuentro con un hacendado, un abogado o un compositor, el reportero imagina ver “Spaniards”. Para él y sus colegas, lo puertorriqueño y los puertorriqueños eran imperiosa y estratégicamente invisibles.

Hace unos días, el representante PNP Luis “Junior” Pérez Ortiz escribió una carta en “inglés” al periodista estadounidense David Begnaud. Lo inane del autobombo de la misiva ha quedado opacado por la frecuencia, distancia y potencia de su insondable ignorancia. Pérez lleva 22 años como legislador por Bayamón de un partido que pretende la anexión a Estados Unidos y se refirió a la estadidad como “Estadity”, además de otros disparates incomprensibles en inglés que ya han ganado su lugar en la memoria burlesca de las futuras generaciones.

Como Dinwiddie y sus contemporáneos hace 122 años, me pregunto qué habrá visto Pérez y tantos como él cuando han tenido ante sí a un estadounidense. Ya se sabe que la comprensión es imposible. Ningún contacto directo es viable. Pérez no puede escribir una carta, supongo por tanto que no tartamuda “el difícil”. Es de esperar que no conozca la historia del país de las 50 “Estaditys” ni cuál es la capital de Texas (por darle el beneficio del segundo estado más grande y un examen propio de un cuarto grado). Es más que probable, en el hipotético caso de que viajara al norte, que los únicos trabajos obtenibles por él fueran aquellos en que no es necesario el contacto con estadounidenses de verdad y que ante un policía pudiera tener el beneficio de una metódica asfixia con la cara puesta en la brea. Por tanto, como incontables penepés, no ve ni le importan los estadounidenses porque no los entiende ni los busca, pero en cambio sí tiene relación con la red de contactos de un partido: con el alcalde al que se le organizó la avanzada en tiempos de campaña, con el candidato a puestos mayores que compró con favores su lealtad de miembro de manada. El PNP no es un partido ideológico porque no tiene capacidad cultural para serlo. Para sus votantes, como para Pérez, lo estadounidense es simplemente una abstracción.

En la práctica, el horizonte político del PNP es una alcaldía. Sus gobernadores no han sido más que alcaldes del municipio con más presupuesto y, como los más notorios del folclore bipartidista, son líderes fanfarrones y comprables, repartidores de puestos y “banquetes totales”. El 4 de julio no existe ni “para el más prietito de la familia” ni para la gobernadora no electa. Su cercano enfrentamiento será otra primaria municipal. Bye bye Estadity.

Otras columnas de Eduardo Lalo

sábado, 1 de agosto de 2020

Las “ultimarias”

Los cinco candidatos son continuadores del desastre que conocemos y llegarán al poder si en noviembre el pueblo puertorriqueño vuelve a hacerse un retrato abyecto. Ojalá estas primarias se conviertan en las ‘ultimarias’ de nuestra complicidad y nuestro embrutecimiento, dice Eduardo Lalo

sábado, 18 de julio de 2020

Es mucha la necesidad y no estamos ciegos

La realización en un país quebrado y en estado de emergencia de esta primaria demócrata equivale a otra radiografía, similar a los tres chats de este cuatrienio, de una casta bipartita para la que no somos nada, escribe Eduardo Lalo

sábado, 20 de junio de 2020

Entre la ruina y el escombro

En la calle Simón Madera, como en casi cualquier calzada de lo urbanizado en Puerto Rico, perviven bajo un sol cruel las consecuencias de un enjambre de sueños vacuos y dementes: la fantasía de una colonia feliz y próspera, escribe Eduardo Lalo