Edgardo Rodríguez Juliá
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1918; 2020

Mi padre recordaba el gran terremoto de 1918. Me describía cómo la tierra tembló bajo sus pies en Sabana Grande. Tenía ocho años; aquella mañana había salido de la escuela a traerle un café a la “teacher”. Cómo hizo para que no se le derramara —llevó la taza con las dos manos, alta y de manera sacramental— denotaba cierto pueril orgullo que me enternecía. Pero jamás me habló de la pandemia de la influenza, que se desató sobre todo el planeta ese mismo año.

Don Ángel Flores —traductor al castellano del Waste Land, de T.S. Eliot, con su verso “April is the cruellest month”, profesor de Columbia University y guía de García Lorca cuando el poeta visitó Nueva York— me contaba de cómo su familia emigró después del gran terremoto de 1918. Lo conocí ya muy mayor, enamorado de su país que había redescubierto después de tantas décadas y cariñoso con una ayudante a quien aventajaba en edad por cuarenta años. Tampoco me habló de la pandemia de 1918 que mató, según las investigaciones de la historiadora Mayra Rosario Urrutia, once mil quinientos puertorriqueños y que duró hasta 1920. Esa “gripe española”, el “dengue trancazo”, como se le conoció aquí, también quiso desaparecer de nuestra memoria colectiva. Esta pandemia mató alrededor de veinte millones de seres humanos en el planeta; en los Estados Unidos las muertes llegaron a seiscientas mil.

Hay algo obsceno, quizás una solapada prohibición del inconsciente colectivo cuando se trata de enfermedades infecciosas. Sin que quede muy claro el porqué, el pudor tiende a ocultarlas, aquellas convirtiéndose en maldiciones secretas, no importa que la bacteria o el virus sean agentes ciegos del azar, y no de alguna equivocación, imprudencia o acto inmoral de parte de una raza, grupo o nacionalidad. Fue esta conversión de la enfermedad en metáfora de nuestra condición moral lo que Susan Sontag indagó en su ensayo “Illness as Metaphor”.

El contagio siempre nos avergüenza. La pandemia del virus del S.I.D.A. fue la más reciente en convertir sus víctimas en parias morales: lo contrajeron por adictos, por promiscuos o por homosexuales. Una tía mía sufrió de tuberculosis en los años treinta. No era un hecho de que se hablara mucho en mi familia. Era casi un secreto. Se identificaba con una época de desgracias familiares, ya que mi tío político, esposo de la enferma, había matado a alguien en defensa propia ese mismo año. Aquella bacteria había convocado, se le habían adherido, otras vergüenzas y desgracias. Menos mal que mi familia, siendo casi perfectamente agnóstica, jamás le atribuyó semejantes pesares a algún “castigo de Dios”. Mi abuela seguramente aseveraba, con aquel estoicismo de los campos que conocí: “Todo llega junto y a la vez, ¡qué se le va a hacer!”

En los años cincuenta mi generación fue sitiada por el virus de la poliomielitis. Si la palabra para designar el virus que causaba polio era terrible, ominosa, igual de pavoroso pensar en el tratamiento, niños de mi edad impedidos de movimiento, colocados en arneses de metal para sostener las piernas, sometidos a respiradores (ventilators), “pulmones de acero”, “low tech”, que parecían ataúdes mecánicos fabricados a soplete y remaches. La vergüenza de mi familia con la tuberculosis de mi tía aquí fue sustituida por el miedo, las fotografías de cientos de esos respiradores colocados en ristra en lejanos hospitales del Norte, los niños adentro, las pesadillas… Recuerdo el día en 1956 en que mi madre me llevó a vacunar contra la poliomielitis, en aquella unidad de salud pública abierta frente al “culto” protestante del pueblo. Llegué a pensar que las desgracias familiares a fines de los treinta —de las que ya me había enterado— repuntarían en mi vulnerabilidad a los casi diez años.

El 2020 es una de esas convocatorias del destino: la resaca de María, la crisis económica, en enero los terremotos, ahora la pandemia del coronavirus. En 1918 murieron seiscientos puertorriqueños en el terremoto. En la pandemia de la “gripe española” murieron casi veinte veces esa cantidad entre 1918 y 1920.

El contagio nos obliga a reconocer nuestra comunidad y advertir nuestras diferencias. De pronto, el otro ser humano —aún el de mi propia clase social— se convierte en adversario de mi salud. Entonces, literalmente, nos apestamos los unos a los otros. Todos los convencionalismos sobre el amor, la solidaridad y el cariño parecen cuestionados. En momentos como este, la solidaridad se ejerce alejándonos del otro, considerándolo un posible apestado. La peste nos obliga —como en la conmovedora novela de Camus— a reconsiderar las emociones, los sentimientos y las pasiones. Y, de nuevo, la vergüenza de mi propio cuerpo, el pudor de saberlo mortífero.

Una gran diferencia entre nosotros y nuestros abuelos y bisabuelos es el uso de las mascarillas. En 1918 todo el mundo las usaba. Es notoria la renuencia de nosotros a usarlas, como si el tener una puesta fuera la mejor prueba de contagio, el sambenito del apestado, su inequívoca seña. Preferimos insistir en el lavado de manos. Ante la ausencia de pruebas masivas, y la posibilidad de que estemos contagiados, entiendo que todos debemos usarlas. Supuestamente escasean; debería haber más gente usándolas. Las mascarillas son el emblema de las malas noticias que esta sociedad —de la abundancia y el bienestar—quizás simplemente se niegue a aceptar, es decir, estamos irremediablemente enfermos, y ya no de manera metafórica. Por fortuna, recién a dos semanas del distanciamiento, comenzaron a verse con más frecuencia. Finalmente, el 3 de abril, el nada infalible CDC recomendó su uso.

El aislamiento social sí procede, ya que es algo que se facilita con la clase social. La clase alta siempre ha vivido aislada. La clase media es capaz, mediante las urbanizaciones y condominios de acceso controlado, de poner esa distancia del apestado entre yo y el otro. No ocurre así en las barriadas, en los pueblos; en el vecindario pobre se hace más difícil el llamado distanciamiento social. Irónicamente, los desamparados tienen en la calle el espacio; serán llevados a refugios donde estarán más susceptibles al contagio.

La pandemia nos obliga a repensarlo todo: ¿cómo es que un virus, algo invisible y que está colocado ahí en la frontera de lo orgánico y lo inorgánico, que está justo entre lo que podemos concebir como un martillo y una bacteria, el deslinde entre lo vivo y lo inerte, la vida y la muerte, es capaz lo mismo de desmantelar la fanfarronería del capitalismo que poner en jaque el sentimentalismo de la solidaridad?

Sin embargo, ahí está la prueba de que no estamos solos, justo, en esos doctores, enfermeras, ¡y voluntarios!, que dan fe de que la empatía existe, y muy a pesar de esa vergüenza con nuestra vulnerabilidad sobre el planeta, desmintiéndonos que no somos nada, y que en todo caso solo sería para los míos.

Ahora bien, aquí está también la prueba de nuestra falta de solidaridad: en una crisis de salud pública, a principios de abril los hospitales privados amenazan con despedir trabajadores y cerrar sus puertas a causa de la poca “rentabilidad” económica. En este desafío reside el mayor reto para el secretario de Salud, la gestión de Wanda Vázquez y los dudosos poderes del gobierno, la legislatura y la Junta de Supervisión Fiscal. En una pandemia los hospitales no son hoteles.


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