Edgardo Rodríguez Juliá
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Apocalíptico

Llamo por teléfono a mi hermano, al hogar de ancianos donde se encuentra en la cuarentena obligatoria de todos los llamados “homes”. Apenas habla. Me repite que vivimos tiempos “apocalípticos”. Jamás pensé que oiría esa palabra en labios de mi hermano. Chiqui ha sido siempre gregario y tertuliero, sus lugares favoritos las barras para señores, con alguna que otra mano de brisca, también las panaderías españolas para cubanos. Tampoco es que esté deprimido. Advierto hasta cierto sarcasmo en su comentario. Reducido a una cuarentena doble, por viejo y por residente de un “hogar”, su único consuelo es recordar años recientes, los de una vejez todavía ilusionada con el inquieto fervor de la juventud. De todos modos, el apocalipsis jamás fue asunto que le quitara el sueño.

Sí lo fue siempre para mí. Decía Sábato: si el universo se estuviese quemando, las mujeres pensarían en su casa. En cambio, si la casa se nos estuviera quemando, los hombres pensaríamos en el universo. Estoy tranquilo: tenemos a cargo de nuestra casa a Wanda, Carmen Yulín, Jaresko y a Jenniffer, todas ellas cariñosas y simpáticas, armoniosas y diligentes, queriéndose como monjitas de la difícil clausura y caridad.

Me abandono, de la manera más autoindulgente, a pensar no tanto en el universo sino en el planeta:

Mediados del Siglo XIX, principios del Siglo XX y comienzos del XXI: podríamos dibujar las curvas ascendentes de tres grandes catástrofes, obviando dos guerras mundiales, el exterminio de seis millones de judíos, la bomba atómica, la aviación y cohetería apuntadas a las poblaciones civiles, el fanatismo religioso del islam. Estos males son, en realidad, la añadidura.

En la segunda mitad del siglo XIX, como secuela a la esclavitud que trajo el descubrimiento y uso del azúcar, el café y el tabaco desde el siglo XVI, el europeo descubrió —esta vez mediante una nueva oleada de colonialismo e imperialismo, el saqueo de Latinoamérica, Asia y África-, nuevas substancias tóxicas y medicinales, como el cultivo del opio que derivó en la fabricación de la heroína y la morfina, la loca curiosidad por la marihuana, que derivó en uso medicinal después de ser la emblemática droga de Woodstock, el uso terapéutico y recreativo de la cocaína por Freud que derivó en el demencial “crack” arrabalero. Las ansias, el deseo descontrolado, de consumir esas substancias, ese hedonismo insaciable, representan una curva ascendente que jamás hemos “mitigado”, o saciado. La última epidemia de los opiáceos es la de la clase media trabajadora del país más rico del mundo. Los ingleses le impusieron a la China el comercio del opio y el ochenta por ciento de la población de Hong Kong se volvió adicta a esa dormidera. Esa curva de consumo —principalmente hedonista— jamás se ha achatado.

Desde que se descubrió el potencial energético en los fósiles del carbón y sus derivados, como el petróleo, la modernidad no ha dejado de consumir, sin disminución alguna, esa fuente de energía, creando el plástico, los gases de invernadero, la contaminación del aire que respiramos en las grandes ciudades, el deshielo y el aumento del nivel de los mares, en fin, la pesadilla del cambio climático. Con la reducción de las emisiones del dióxido de carbono a causa de las ciudades clausuradas por la actual cuarentena global, nos sorprende la atmósfera azul y límpida en Los Ángeles y Pekín; se ha entrevisto lo que podría significar una oscura, aunque distante, oportunidad de supervivencia para el planeta.

En ciento dos años hemos tenido dos grandes pandemias virales, la del 1918 y la actual. Algunos científicos señalan que la cada vez más corta periodicidad de las pandemias virales y bacterianas —influenza española, el cólera, la tuberculosis, la viruela, el polio, el HIV, el ébola, el Sars, el Mers, ahora el novel coronavirus — se debe, en gran medida, a la continua deforestación del bosque tropical, una variante del mismo saqueo a que hemos sometido el planeta. De pronto, los murciélagos “estreseados” por la pérdida de sus hábitats se convierten en máquinas reproductoras de mutaciones virales. Afortunadamente, el virus del ébola, que emigró desde una cueva en el bosque tropical del Río Ébola, en Zaire, no llegó a mayores, pudo controlarse a causa de sus feroces síntomas; le agradecemos a cualquier virus su manifestación sintomática porque la detección y las cuarentenas son más fáciles de ejecutar; son virus con buenos modales. Eso es precisamente lo siniestro del COVID-19, es decir, su sinuoso contagio asintomático. Quizás sea este rasgo lo más inquietante de este novel virus; la cualidad asintomática podría convertirse en la nueva norma viral.

Los bosques tropicales son los criaderos más grandes de vida silvestre y esa forma de vida, tan dudosa por lo parasitaria, que son los virus. Podríamos imaginar lo que supondría la desforestación del Amazonas a causa de la obsesión desarrollista de Bolsonaro. La destrucción del pulmón del planeta podría poner en riesgo nuestra sobrevivencia como especie. De por medio está la sagrada soberanía nacional de Brasil, por supuesto. Ese otro virus universal que es el nacionalismo también podríamos contarlo como otra de las pandemias ascendentes que nos legaron los siglos XIX y XX.

Ya casi se ha anunciado que el novel coronavirus podría entrar en un ciclo estacional, de dos temporadas al año, verano y otoño. En la pandemia de 1918 el repunte de los contagios en el otoño ocasionó la mayor cantidad de muertos. Con la periodicidad acelerada de catástrofes naturales a causa del calentamiento global, como más tornados, huracanes, fuegos forestales e inundaciones, de ahora en adelante viviremos sin tregua. La promesa de un globo terráqueo que no esté enfermo, que no tenga que usar mascarilla, suena ilusoria. De tanto ufanarnos de dominar la naturaleza, ahora nos resulta inmanejable.

Irónicamente, la pandemia del COVID-19 se ha localizado, principalmente, en países desarrollados, donde el contagio ha podido mitigarse mediante el distanciamiento social. Los países pobres de Latinoamérica, África y Asia difícilmente puedan mantener esa mitigación; podríamos esperar más focos de contagios estacionales, agravados por el hambre, como ya ocurre en la India. Las ciudades y los arrabales superpoblados no son susceptibles al “social distancing”.

Además de los brotes estacionales, en periodos cada vez más cortos, tendríamos una predecible tendencia de los virus a viajar, de los países más cálidos y pobres a los más templados y ricos, sin tregua en lo que toca a adaptaciones oportunistas o mutaciones, ello así mediante la inmigración, el tráfico aéreo y la misma atmósfera, con sus vientos y brisas portadoras de vida y muerte.

Ya es imposible aquel distanciamiento de los poderosos respecto de sus víctimas, de los saqueadores respecto de los expoliados. La globalización, en una de sus irónicas contradicciones, nos ha convertido a todos en víctimas y victimarios; se ha cumplido el sueño grotesco de igualdad planetaria.

Chiqui tiene razón: vivimos tiempos apocalípticos; me consuelo pensando que no soy abuelo, ventaja que le llevo a mi hermano.

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