Edgardo Rodríguez Juliá
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Memorias de un misántropo

Cuando leyó a Ledrú, en la crónica de su visita a la isla de Puerto Rico en 1797, se le confirmó algo que había observado en su infancia semi-rural, caminando aquellos campos de la mano de su abuela. En esos montes los jíbaros gustaban de vivir aislados, con distanciamiento social, las guardarrayas de su territorialidad como objetivación de su antigua suspicacia. Verse y visitarse lo dejaban para Reyes y las Navidades, las malditas parrandas. Allá en la lejanía del monte vivían otros homo sapiens, déjalos por allá, igual de miserables que ellos, aunque, gran consuelo, a mucha distancia. Después del huracán María, recuperó algo de aquellas distancias; allá en aquella casa vivía zutano, el que se fue no hace falta, más arriba vive gente. No estaría mal que muchos se largaran a Kissimmee, sin pasar por Bayamón.

La decadencia de los campesinos primero estuvo en la barriada, luego en el hacinamiento del arrabal, los caseríos tuvieron como consuelo la crianza de los chongos. Mucha gente pobre y miserable, ahora demasiado juntos, unos encima de los otros, revueltos por el vicio y la violencia de los campos ancestrales; son jíbaros malogrados, se dijo, ¡uníos! ¡jamás serán vencidos!

Llegó la urbanidad y los llamados “centros comerciales” —malls de tipo lineal—, como el de la 65 de Infantería y su famosa bolera, sirviéndole la tienda Thom McAn y el amplio estacionamiento de escenario al bandón de Tito Rodríguez para que estrenara su mambo jazz “El mundo de las locas”. Fue su primer concierto multitudinario. Lo molestó el olor del público, descubrió, con absoluta certeza, que la gente luce mejor vestida que desnuda. Solo en Playboy sería aceptable la desnudez. Manoseó 1984 de Orwell y descubrió el llamado “Ownlife”, aquel deseo, tan adolescente, de soledad y excentricidad.

Los abuelos y amigos mayores de sus padres, la parentela poco extendida, comenzaron a morirse, corbatita negra y camisa blanca con las mangas excesivamente largas… ¡Cuánta gente, tantos amigos dolientes y conocidos indiferentes! Fue en esta época que comenzó a ver un cambio. En las fiestas de su infancia las mujeres y los hombres se mantenían separados y a ningún hombre se le ocurriría besar a una mujer en la mejilla derecha. Pero sí en los velorios.

Luego, en las fiestas de jóvenes universitarios, las muchachas de peinados de laca seguirían hablando del “teasing” entre ellas mientras que los varones comparaban notas sobre Tursi y los automóviles.

Fueron abolidos los malls lineales y llegó Plaza Las Américas. A la cultura del hacinamiento humano habría que añadirle la de la congestión vehicular. Dejó de visitar esos sitios diabólicos, donde la gente se disputa a gritos los estacionamientos y si no te persiguen para que abandones el tuyo.

Se preció de jamás haber ido a una discoteca. Meterse en una discoteca con gente arrebatada por perfumes baratos, como el Aramis, los poppers o el perico, gente sudada y maloliente a alcohol y tabaco, simplemente le repugnaba. Más adelante se conseguiría un amigo que le hablara del éxtasis. A lo más que llegaba era a la cafrería del Tú y Yo o la satería de La Pianola, el “ambiance” decadente del Ocho Puertas para salir con la señora. Ya en la adultez adúltera curaría la tristeza de no ser santo tomando martinis en la barra de Los Chavales.

Frecuentaba El Patio de Sam hasta que llegaron al Viejo San Juan sus hijos adolescentes. Y ya después sus hijos, ¡tan gregarios!, le contarían sobre las bebelatas de las Fiestas de la Calle San Sebastián, los jangueos en la Placita de Santurce, la Calle Loíza, La Cerra y antes La Marina de Guaynabo. Por un tiempo sí tuvo afición a los conciertos de salsa playeros, se formó en la 65 de Infantería después de todo. Detestó, eso sí, que las mujeres de la siguiente generación jugaran billar y tomaran cerveza en botella en medio de la calle.

De repente descubrió que no había “fine dining” en San Juan, sitios como Ramiro’s o el viejo Compostela desaparecieron. Las mesas estaban todas trepadas unas encima de las otras, el perfume Chanel de las rubias de Guaynabo con Mercedes mezclándose con las creaciones mezquinas, aunque pretenciosas, de los chefs de marca. Los restaurantes fancy comenzaron a parecerse a los comedores de McDonald’s, codo con codo y nalga con nalga los comensales, aperitivos de veinte dólares y platos de sesenta. Deja que llegue el COVID-19, pensó él; entonces dirán, como San Agustín, que el pecado ya contenía la penitencia.

La gente empezó a usar mascarillas y lo agradeció. Son pocos los rostros bellos, o interesantes. En el caso de él la mascarilla le vendría bien, evitaría parecerse a Johnny Méndez.

Afortunadamente, ya no tendría que esperar frente a los cuarteles de Victoria Ciudadana por la elección de Alexandra Lúgaro como la primera “influencer” en ser exaltada a la gobernación. Esos gentíos también quedaban en su pasado remoto, como esperar frente al P.I.P. que Rubén proclamara la victoria de cada vez sacar menos votos. Está muy viejo para la política. Eso le toca a la gente con porvenir y cuenta en Facebook.

De joven asistía al Festival Casals. Ya no tendrá que irritarse con la pedantería de los melómanos con una pata en la tumba. Esto del distanciamiento social lo va seduciendo, mirar a esas otras caras a través de la pantallita Zoom no está tan mal, así se ahorra los besos en la mejilla derecha y esa manía, lo mismo de hombres como de mujeres, de sobarle la espalda cuando lo saludan, como si lo estuvieran consolando por el paso del tiempo. Algo bueno tenía que pasarle en su senectud. Es lo perfecto: el privilegio de la cercanía banal, husmear al otro de cerca sin que te soben la espalda compensa con creces el distanciamiento social. La amistad es como siempre la ha preferido, es decir, virtual, lejana y distante, ya no tendría que soportarle confesiones y borracheras quejumbrosas a nadie, fingir problemas con el Zoom bastaría para que sigan camino, que más arriba vive Skype.

Todo estaría perfecto con el distanciamiento social si no fuera por el contagio y contaminación acústica de Daddy Yankee y Ozuna que se vive en La Parguera, los boom boxes y las tumbacocos de los dominicanos en Santurce camino a las elecciones de la hermana Antilla.

En las salas de espera de los médicos agradece el distanciamiento social. Ya no tendrá que oírle al vecino las veces que su próstata lo obliga a ir al baño, o a la doña asegurarle que tuvieron que extirparle los dos senos. Lo mismo que los restaurantes: algún día los médicos entenderán que en el pecado de la codicia ya está el castigo de no poderse comprar un Porsche. El distanciamiento social médico sería el mejor legado para el mundo post-COVID 19, si es que llega.

Los “influencers”, con miles de seguidores en “las redes” del facebook y el hatebook heredarán la baldía tierra virtual, y el misántropo se consolará sabiéndose heredero del único remedio disponible a tanta cercanía cibernética, el “Ownlife” de Orwell, el deseo de soledad y excentricidad, sacarle el dedo del corazón a los virtualismos de una época mediocre y corrupta, con pocos atributos y escasas virtudes.

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