Carmen Dolores Hernández
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Algo que funciona: la Fundación Muñoz Marín

En este país de carreteras llenas de hoyos, de luces de tránsito fundidas, de dependencias gubernamentales disfuncionales, de planes grandiosos y ejecutorias mezquinas, encontrar una institución eficiente, con una visión clara de su función comunitaria, es motivo de alborozo. No se trata de una institución gubernamental, pero sí de una que ofrece servicios al público: la Fundación Luis Muñoz Marín.

Liderada por gente capaz, entre sus haberes tiene un archivo extraordinario que preserva no solo los documentos que atañen a la larga gestión de gobierno de Muñoz Marín como político y como gobernante, sino también a otros aspectos de su actividad. El archivo reúne numerosos fondos documentales de personalidades importantes en todos los órdenes de la vida puertorriqueña, incluso de algunas que no estuvieron ligadas directamente con el gobierno. Se encuentran, por ejemplo, los papeles del dramaturgo Francisco Arriví, la escritora Elsa Tió Fernández, la coleccionista de santos Irene Curbelo y los historiadores Pedro Aponte Vázquez y Jorge Rodríguez Beruff. También los de algunos funcionarios del gobierno de Muñoz, como Teodoro Moscoso, Ernesto Juan Fonfrías y Carlos Passalacqua. La Fundación los preserva con esmero, los protege del deterioro, los cataloga y clasifica, poniéndolos al servicio del investigador y del estudiante, haciendo mucho con pocos recursos y recabando la cooperación de voluntarios dedicados. Quienes se interesen por la demografía, la sociedad, la economía, la ecología y la cultura puertorriqueñas del siglo XX tienen allí una cantera invaluable de información que abarca el período de la vida de Muñoz: desde principios del siglo XX hasta 1980, fecha de su muerte.

También custodia la Fundación un acervo material impresionante de objetos que van desde santos de palo a máscaras de vejigantes; desde bastones de huesos de tiburón hasta muestras (“dechados”) de bordados; desde óleos de figuras relevantes (incluyendo algunos Campeche) hasta el sillón preferido de Luis Lloréns Torres. Enriquecido ese acervo con el donativo de la colección Teodoro Vidal, el esmero con que se cuidan, se guardan y se clasifican los objetos es ejemplar.

Esa es la memoria histórica del país, necesaria sobre todo para seguir siendo país en este momento de disolución y confusión generalizadas. Se conserva también la memoria de su sentir. Aparte de lo que significó la figura de Muñoz Marín para los destinos políticos de Puerto Rico y la perspectiva que se tenga de ella -favorable o no; cualquier investigación histórica debe propiciar el debate- lo cierto es que la institución que lleva su nombre guarda el recuerdo de su familia, sus afectos, su estilo de vida, sus costumbres.

Lo que no es lo político resulta particularmente aleccionador hoy, cuando la codicia es ley, los fraudes ocurrencias cotidianas y el lujo mandatorio. Se podrá o no estar de acuerdo con la visión de Muñoz para Puerto Rico, con sus tratos con Estados Unidos, pero no puede -no debe- repudiarse la sencillez casi espartana con que vivió sus últimos años. Constituye un reproche mudo al gasto desbocado de quienes se benefician del gobierno, incluyendo a algunos de sus propios seguidores. En los predios de la Fundación se encuentra su casa sencilla, con las fotografías familiares. Su “salón de recibo” era ni más ni menos que un bohío techado con hojas de palma de sombrero y de enea del río, amueblado con sillas y sillones de pajilla y rodeado por un bosque lujuriante. No necesitaba de más. Su dignidad residía en su persona, no en sus posesiones. En un país de improvisaciones y carencias sociales, ese talante resulta extraordinario. Puede que el mayor legado de Muñoz no sean las fórmulas políticas que ideó sino su probidad, su ética de trabajo y su voluntad de servicio, reflejado todo ello en su vida cotidiana y familiar.





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