Pedro Ortiz
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Ante las epidemias… la solidaridad no se detiene

La pandemia del coronavirus, que ya ha golpeado a muchos países, da señales de que podría haber llegado a Puerto Rico, aunque todavía se aguarda porque al menos en uno de los casos lleguen los resultados de la prueba y en otros, que se inicien.

Aunque en distintos países hermanos muchos de los contagiados se recuperan sin mayor problema, una minoría sufre síntomas graves y algunos hasta mueren.

Es doloroso ver morir, es doloroso ver las vidas tronchadas, pero no deja de presentarnos a todos la gran enseñanza de cómo, ante la desgracia, vemos salubristas, socorristas y científicos esforzarse mano a mano, sin importar de qué país son. Se está trabajando a todo vapor en laboratorios de Cuba, Estados Unidos, China, Irán, Israel… No deja de ser esperanzador comportarnos como una sola raza humana. Un proyecto de vida global. 

Lo mismo procede que hagamos aquí en nuestro querido Puerto Rico. Es importante que todos tomemos medidas preventivas, sobre todo mejorar la higiene, para evitar los contagios. Pero también es muy importante que, desde ya, los preparativos incluyan prepararnos para ayudarnos unos a otros. Ante una desgracia como esa, no hay salvación individual. Lavarse las manos es importante, pero lo es mucho más que comencemos a planear cómo vamos a socorrer a los afectados. ¡Que nadie abandone al familiar ni al vecino contagiado! ¡Que nadie quede solo!

Aunque sabemos que para ayudar a los demás, especialmente debemos tener en cuenta que las visitas a los enfermos se efectúen respetando las condiciones de higiene básicas, utilizando las herramientas propias para proteger a los más débiles, y particularmente en el caso de los religiosos cuando vamos a compartir los sacramentos y visitas de oración, consejería y orientación.  

Como cantaba el cantor panameño Rubén Blades, “cuánto control y cuánto amor, tiene que haber en una casa. Mucho control y mucho amor, para enfrentar a la desgracia”.

Que juntos abracemos con mayor fuerza nuestras respectivas responsabilidades. El que gobierna que lo haga con respeto y alto sentido de sensibilidad humana en medio de un problema de salud pública como el que vivimos.  

Y cada ser que habita en esta tierra que Dios nos regaló, cuide como algo sagrado a sus familiares y vecinos enfermos como si fuera uno mismo.  

Unidad y comunidad, esa es la clave...  y en ellas: higiene, buena alimentación y oración personal y comunitaria. Porque en la historia de la humanidad todas esas condiciones de salud se han superado. Tengamos esperanza como fuerza histórica de cambio y que nos ayude a salir del miedo que nos paraliza. 




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