Antonio García Padilla
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Antonin Scalia

Era fácil discrepar de muchas de las posiciones de Antonin Scalia en temas jurídicos. Era todavía más fácil simpatizar con la aguda inteligencia y la calidad humana del juez.

Con el reciente fallecimiento inesperado del juez Scalia, se colapsó el portaestandarte conservador en el Tribunal Supremo de Estados Unidos. En buena medida la influencia de Scalia se asentaba en la sencillez de sus propuestas: En cuanto de interpretación de leyes se trataba, sostenía que el texto debía dominar. La letra de la ley debía ser la única guía del juez. Nada de acudir a historiales legislativos, a construcciones sociológicas susceptibles de manipularse en pos de resultados que no encontraron lugar en el texto de la ley.

En materia de interpretación constitucional, su regla era también sencilla: proponía que el propósito original de los constituyentes debía proveer las respuestas. De lo contrario, sin esa restricción, los jueces se convertirían en una tercera cámara legislativa, capaz de revocar las otras dos, y el proceso judicial en un camino para que los magistrados impongan sus maneras de ver el mundo y sus particulares ideas de ordenación social.

Claro está que, por lo más, ninguna de estas posturas dirige al desarrollo vigoroso de las libertades, ni de inclusiones. Si en la calibración de los derechos constitucionales prevalecería el sentir de los señores constituyentes del Siglo 18, entonces solo queda la acción del Congreso para adaptar los derechos a los desarrollos en las aspiraciones de la comunidad. Y, desde luego, es muy difícil pensar que los derechos reproductivos, los relacionados con las preferencias sexuales, el de las razas minoritarias a salir del apartheid, el de los arrestados a la advertencia de sus derechos, y tantas otras garantías, se hubieran conseguido por la vía legislativa.

Por consiguiente, para quienes pensamos que en sociedades como la nuestra las inclusiones y las libertades deben crecer no solo a través de las leyes, sino también por vía de los fallos de las cortes, la discrepancia con Scalia afloraba pronto. Lo bueno de Scalia era que tanto como se sentía tajantemente convencido de sus posturas, tanto o más disfrutaba del diálogo y el debate sobre ellas. Era, en ese sentido, un genuino intelectual. Con ello, de paso, sobre todo en sus muchas comparecencias públicas frente a sus mejores opositores, modelaba buenas formas de convivencia dentro de las discrepancias, nobles aspiraciones de buena civilización. No sorprende, en consecuencia, que tantos liberales y conservadores, por igual, sintieran su fallecimiento.

La primera salida que hizo Antonin Scalia luego de concluir el proceso de su nombramiento y confirmación como juez asociado del Tribunal Supremo de Estados Unidos, fue a Puerto Rico. Se incorporó a la Escuela de Derecho de la Universidad de Puerto Rico como profesor visitante por una semana. Se había comprometido a la visita mucho antes de anunciarse su designación a la Corte, cuando todavía ocupaba una posición en el tribunal de apelaciones del Distrito de Columbia. Era yo entonces decano de Derecho. Ya Scalia en el Supremo, le llamé para anticiparle que entendería perfectamente si ante su nueva responsabilidad cancelaba su compromiso con nosotros. Su respuesta fue tersa: “Decano, no creas que te vas a zafar de mí así de fácilmente”. Regresó a Puerto Rico más de una vez.

Y en cierto programa que la Escuela de Derecho auspicia en Barcelona, convirtió un caluroso verano de aquella ciudad en una experiencia académica incomparable para los alumnos que lo tuvieron como maestro por todo un mes.

Se debate mucho aquí sobre cómo hubiese votado Scalia en los dos importantes casos sobre Puerto Rico que se ventilan en Washington. Se debate mucho en todos sitios sobre la solidez de sus teorías constitucionales. No se debate sobre la calidad personal de este magistrado y su disposición a la buen debate sobre el derecho. Nuestros alumnos fueron testigos de ello.

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