Hiram Sánchez Martínez
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Cero monumentos para los delincuentes

Si le dejamos pasar esta a la alcaldesa de Canóvanas, Lornna Soto —lo de querer nombrar un parque de recreación pasiva de su pueblo con el nombre de Ángel Luis Pérez Casillas—, su próxima ocurrencia podría ser que le pongamos el nombre de Víctor Fajardo al edificio del Departamento de Educación en Hato Rey. O el nombre de Carlos Torres Iriarte, mejor conocido por Carlos la Sombra, fundador de Los Ñeta, al complejo correccional de Las Cucharas. O que esperemos a que Angelo Millones cumpla su larga condena federal, se ponga también a trabajar en cualquier vertedero municipal de 8:30 a 5:00, deje de ser un “big shot” de la droga, lo declaremos rehabilitado y le pongamos su nombre a cualquier parque de Bayamón. Y, entonces, celebramos todos juntos minuflí, minuflá.

Esa idea de designar el parque con el nombre de Pérez Casillas solo puede tener cabida en una mente de razonamientos torcidos. Lo demuestra el hecho de comparar su caso con los de Oscar López Rivera y José “Piculín” Ortiz. Que yo sepa nadie ha sugerido ponerle el nombre de Oscar López a ninguna instalación municipal. Y, si lo hiciera, probablemente muchos de los que favorecieron su excarcelación por razones humanitarias alzarían su voz de protesta por no tratarse de un nombre asociado a alguna actividad cívica, cultural o política que lleve a un consenso armonioso de los puertorriqueños.

En el caso de Piculín, Lornna Soto comete, no solo una falta personal, sino una falta contra todo el país. Piculín es una gloria de Puerto Rico, tanto en el baloncesto nacional como en el internacional, al punto de que ha sido exaltado recientemente, para orgullo nuestro, al salón de la fama de la Federación Internacional de Baloncesto. Piculín tuvo un desliz en un asunto muy personal que solamente lo afectó a él y a muy pocas personas, cuya explicación está relacionada con un problema que existe, sino en todas, en casi todas las familias puertorriqueñas: el uso y posesión de una sustancia controlada. Un desliz lamentable desde todo punto de vista, pero que nosotros, como país, hemos estado dispuestos a perdonar y olvidar. Recordemos que Piculín no asesinó a nadie ni mandó a matar a nadie.

Y de Ángel Luis Pérez Casillas ¿puede decirse lo mismo?  ¿Cuándo fue que Pérez Casillas puso en alto el nombre de Puerto Rico, o siquiera el de Canóvanas? ¿En qué momento fue que los puertorriqueños nos sentimos orgullosos de lo que hizo por el país? Todo lo contrario es cierto. Pérez Casillas nos denigró. Como se sabe, Ángel Luis Pérez Casillas era el oficial a cargo de la División de Inteligencia de la Policía, encargada de crear y alimentar carpetas sobre ciudadanos por el solo hecho de que estos eran independentistas, sin importar que fuesen ciudadanos cumplidores de la ley, trabajadores honrados, buenos padres y madres de familia, y rechazasen la violencia como método de lucha. El mundo entero supo que en 1978, estando al mando de una cuadrilla de policías delincuentes, Pérez Casillas facilitó el asesinato en el Cerro Maravilla de Villalba de dos jóvenes que se habían rendido, habían sido arrestados y estaban de rodillas. Todo porque simplemente eran independentistas y había que darle un escarmiento a un sector del independentismo más vociferante y activista del país.

Que Pérez Casillas se conforme con que la gente lo ha olvidado, que nadie en el país quiere hacerle daño, y que tiene un empleo que otros ciudadanos boricuas no pudieron tener debido al trabajo inconstitucional de persecución por ideas políticas —así declarado por el Tribunal Supremo— que él realizó en la División de Inteligencia. Que continúe yendo a la iglesia los domingos y que solamente espere nuestro perdón, no monumentos ni parques con su nombre.


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