Juan Antonio Candelaria
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Corona de espinas en tiempos del coronavirus

En celebración de la Semana Mayor y prestos a conmemorar este Viernes Santo, el acto más noble de desprendimiento que tiene noticia la humanidad, cuando nuestro Señor Jesucristo ofrendó, sin reservas, su vida para la salvación del alma de sus congéneres, debemos honrar a los miles de servidores públicos y privados, que a riesgo de su seguridad, salud y vida, se han enfrentado, con gallardía y determinación, a combatir en hospitales, oficinas médicas, laboratorios, tiendas de comestibles y en las calles de nuestro país, los estragos de esta pandemia, llamada coronavirus, que es otra corona de espinas sobre las sienes de nuestra gente . 

Posiblemente, no sea casual que, en esta época de recogimiento espiritual, reflexión y actos de constricción, nos flagelara esta pandemia. Pues, nos da la oportunidad de servir al prójimo, de darnos, en fin, de expresar muestras de empatía y solidaridad, haciendo bueno el supremo mandamiento cristiano de “amarnos los unos a los otros”. 

¡Y surgen los cirineos, se multiplican los buenos samaritanos! Y se renueva la consigna darnos hasta el sacrificio. Cristo en su caminar, en su calvario con esa lacerante corona de espinas, nos dio el ejemplo de lo que es, precisamente, el mayor de los sacrificios, pues sacrificó lo más preciado: su vida. Emulando al más grande de los enviados, miles de hombres y mujeres han mostrado la mejor cara de lo que un ser humano debe ser, ente de vocación de servicio.

Así, profesionales y empleados de la salud, sin contar, muchas veces, con adecuados equipos de protección y a todo riesgo, se han enfrentado valerosamente a la crisis, salvando vidas. Pero, en contraste con el ejército romano que crucifica a Cristo, en vez del icónico casco imperial, grebas y “lorica manica”, para proteger, cabeza, piernas y brazos, nuestro ejército salubrista, llevan con prístino orgullo batas, guantes y mascarillas sanitarias, para protegerse del mortal virus. 

Médicos, enfermeras, tecnólogos, empleados de mantenimiento, empujando hasta el límite de sus posibilidades. Haciendo turnos, en ocasiones de veinticuatro horas, en las condiciones más desventajosas y peligrosas imaginables, haciendo que lo imposible, sea posible. Un aplauso grande para ellos. 

También nuestro crédito a nuestra policía, quien, de manera similar, ha mantenido un orden ejemplar en las calles, avenidas y expresos, haciendo cumplir la orden ejecutiva, sin recurrir al exceso. Nuestro reconocimiento a este amplio cuerpo de custodios de la seguridad pública. 

Incluimos, porque es justo reconocer, la labor, de todo aquel que, en supermercados, tiendas de comestibles, farmacias, garajes de gasolina, bancos, periodistas, empleados de mantenimiento, camioneros, obreros todos, quienes también en peligro de su salud, han brindado el diligente servicio a su pueblo. 

Por otro lado, dolor nos cuesta decir que, en esta cruenta lucha, también han ofrendado sus valiosas vidas algunos de nuestros abnegados y valientes servidores. A ellos nuestras oraciones. Y, saldremos de este mal… así como Cristo resucitó al tercer día, el pueblo resurgirá pronto, muy pronto.


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