Ana Teresa Toro

Punto de vista

Por Ana Teresa Toro
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Dávila Colón: esa palabra no es tuya

Si le parece que perder el trabajo por usar una palabra ofensiva es demasiado castigo o es una injusticia que atenta contra la libertad de expresión, definitivamente, aún no ha comprendido que las palabras no son, nunca han sido, ni nunca serán solo palabras. Una frase, una palabra es un conjuro que tiene el poder de hacer que las cosas cambien, tiene peso legal, político y social. Hay palabras que son un parteaguas. Antes y después de usarlas o escucharlas no somos los mismos. 

Escoger nuestras palabras es un ejercicio de poder. No es una cuestión de censura, es una cuestión de conciencia. Es justo defender con toda fuerza el derecho que tiene aquel que piense distinto a expresar su oposición e igualmente justo es, el reconocer el lugar, el significado y el peso histórico que tienen ciertas palabras en la sociedad y actuar en torno a ello. El problema no es decir una palabra, es entender que cada palabra tiene su contexto y su uso, tiene consecuencias. 

El despido fulminante del analista político Luis Dávila Colón de su popular espacio radial “El Azote” en la emisora WKAQ de Univisión ejemplifica este desfase en el uso del lenguaje. No es la primera vez que el analista incurre en este tipo de controversias. Hace unos meses llamó perra a la alcaldesa de San Juan Carmen Yulín Cruz y fue suspendido durante varios días. Ahora, como en aquella ocasión, el problema no es la palabra, el problema es quién la usa, en qué contexto y con qué intención. De hecho, la mayoría de los grupos sociales marginados que han sido atacados y señalados negativamente con ese término se ha apropiado de la palabra perra y la utilizan cotidianamente entre ellos y ellas con una connotación positiva y hasta empoderada. Pero ahí está el detalle, la utilizan internamente porque se han apropiado de un insulto y lo han resignificado desde un discurso de poder. ¿Qué significa esto? Que la misma palabra, utilizada fuera de esos grupos sociales, mantiene su connotación insultante, sigue siendo un ataque. En esta ocasión, el analista peca de exactamente la misma desconexión cultural y va mucho más lejos, lo hace en medio de un contexto mucho más complejo a raíz de las manifestaciones anti racistas que se han llevado a cabo alrededor de los Estados Unidos durante las últimas semanas. Es esto o habría que pensar que lo hace a conciencia y ahí no hay explicación que no sea la obvia: hay gente que es racista y no se quiere enterar. 

Sorprende que un analista estadista, quien por su ideología aspira a formar parte de los Estados Unidos, entienda tan poco de los códigos culturales asociados a la herida abierta más profunda de dicho país: la raza. Basta consumir un ápice de la cultura popular estadounidense para entender rápidamente que ninguna persona que no sea visiblemente negra puede utilizar la llamada “N Word”. No hay excepciones, esa palabra sencillamente no les pertenece. Es así porque estamos ante una de las palabras más hirientes, estigmatizantes y dolorosas de la historia estadounidense. Cada vez que alguien usa esa palabra ligeramente, se revuelca y se echa sal a esa herida profunda del racismo que no ha sanado nunca y que atraviesa todas y cada una de las interacciones sociales en los Estados Unidos. Es una palabra que tiene el poder de herir y por ello no puede utilizarse en vano. No es solo una palabra, es un recordatorio vivo de la deuda histórica irreparable que le carcome las entrañas a ese país y que es una injusticia histórica no resuelta que ha definido los fundamentos de los Estados Unidos. Políticamente nunca ha habido la voluntad de verdaderamente trabajar el asunto y, al día de hoy, los afroamericanos no han logrado liberarse de las consecuencias sociales y políticas de esa prolongada y brutal desgracia histórica. De hecho, la situación se agrava con el resurgimiento de grupos de supremacistas blancos que se han envalentonado a raíz de los discursos y acciones del presidente Trump. 

Son incontables las personas con prominencia pública —de todos los perfiles imaginables— que han recibido un aluvión de críticas al utilizarla ligeramente. No hace mucho, la actriz de ascendencia puertorriqueña Gina Rodríguez subió a la red social Instagram un vídeo en el que figuraba cantando un fragmento de una canción en la que se decía esa palabra. Al segundo fue señalada por ello y se vio obligada a presentar una disculpa pública. Es tan delicado el asunto que visto desde afuera, cualquiera pudiera decir que ella no es una mujer blanca, que es latina y que también los latinos experimentan discrimen y, por lo tanto, derecho tiene. Pero eso sería no entender las dinámicas raciales y xenofóbicas en los Estados Unidos, el colorismo y el significado mismo de la palabra racismo.

Claro que hay personas de todos los colores, incluso blancas, que han experimentado discrimen por su raza, por su etnia, por su orientación sexual o por su nacionalidad, entre otras causas. Sin embargo, estas manifestaciones del discrimen tan reprochables como cualquiera, no constituyen un sistema organizado e instalado en todas las instituciones públicas y privadas en detrimento de las personas visiblemente negras como es el caso del racismo. La experiencia de algunos no es equiparable a una realidad sistémica. 

De ahí que el uso de la “N Word” por parte de las comunidades afroamericanas en contextos coloquiales internos, sea un ejercicio de poder y reapropiación de un discurso de odio que al día de hoy tiene consecuencias concretas y les excluye del acceso a las mismas oportunidades que al resto del país. Es una torpeza mayor por parte Dávila Colón decir que si los afroamericanos bromean entre ellos usando esa palabra, los puertorriqueños negros pueden hacer lo mismo y por lo tanto no representaría un acto racista la burla y ataque reciente contra la licenciada Ana Irma Rivera Lassén. En su programa, el personaje La Comay de Antulio Kobbo Santarrosa, dio a entender que la licenciada se debía dirigir a la líder del Partido Victoria Ciudadana, la licenciada Alexandra Lúgaro, a la usanza de las dinámicas de diálogos entre ama blanca y esclava negra en el pasado esclavista de la isla. 

La burla es racista porque se enmarca en el contexto doloroso, y con consecuencias aún palpables en la sociedad, de la historia de la esclavitud en Puerto Rico y en el mundo. Decir que porque el Sr. Santarrosa es negro, no es un asunto de raza, es ignorar lo obvio: sobran los ejemplos en que los oprimidos reproducen los discursos de su opresor. Se odian a sí mismos. Así de instalado en la psiquis de una persona puede manifestarse el prejuicio. A su vez, el uso por parte de Dávila Colón de esa palabra denota más que una falta de entendimiento, un desafío, un querer decir “como yo no me siento racista, voy a usar la palabra porque para mí no significa nada”. Y ahí hay otro problema, no le corresponde a quien no sufre la opresión identificar qué es ofensivo o no, ni qué implica racismo o no. Esa es la clásica ceguera de quienes no experimentan el discrimen, pensar que su experiencia y sus emociones bastan para adjudicar el grado de dolor que una expresión puede generar. 

La desconexión se extrapola a marcos más amplios y nos obliga a distinguir el marco cultural. Por ejemplo, en Puerto Rico decimos negro o negra y el término “de color” tiene una connotación negativa, un querer decir: te llamo “de color” porque decir negro es un problema. Las comunidades afrocaribeñas llevan décadas señalando este asunto y exigiendo que se le elimine el estigma a la palabra negro y que se utilice con la dignidad que merece. Por eso, aquí en Puerto Rico no se debe utilizar “de color”. Algo muy distinto sucede en los Estados Unidos, donde el uso de “people of color” no solamente es bien visto, sino que es aplicable a un mayor número de personas, básicamente todos los grupos étnicos que no corresponden a la cultura blanca hegemónica. Recientemente, SBS en un fallido intento de disculpa pública por las expresiones de Santarrosa, se refirió a la comunidad afropuertorriqueña como “personas de color” en una evidente desconexión con la cultura local. 

Esta semana también la marca de alimentos Aunt Jemima hizo pública su intención de eliminar el personaje que les ha dado nombre por 130 años y que idealiza un pasado de servidumbre esclava que es tiempo de trascender. Su acción es una respuesta —tardía sin duda, pero importante— a las manifestaciones recientes. Pues a la hora de los avances en materia de derechos y justicia social, no hay espacio para las nostalgias huecas donde “todo tiempo pasado fue mejor” porque lo fue solo para quienes vivieron mejor y, por lo general, pocas veces se trata de la mayoría, los olvidados de siempre. 

Este despido nos deja claro que, aunque la experiencia del racismo trasciende nacionalidades, tiene matices locales que no se pueden ignorar.  Y más allá de eso, nos obliga a crear conciencia del poder de las palabras y de un hecho muy simple: una palabra nunca es solo una palabra. En este caso es una historia viva y supurante.





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