Eudaldo Báez Galib

Punto de vista

Por Eudaldo Báez Galib
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El residenciamiento: farsa judicial

El residenciamiento es un juicio para determinar la “culpabilidad” o “inocencia” del presidente. La diferencia a uno penal en nuestros tribunales es que la Cámara de Representantes federal equivale al fiscal, los senadores y senadoras equivalen al jurado y al juez, y quien arbitra es el juez presidente del Tribunal Supremo federal.

Ahora pongamos en contexto la realidad de ese peculiar juicio.

Imagínese a un juez en un juicio criminal aquí. Al inicio, sin haberse escuchado la prueba, el portavoz del jurado expresa que ya se tomó la decisión de absolver y el fiscal anuncia que el acusado le ayudó a preparar el caso. Si ese absurdo ocurriera, el juez tiene la autoridad para disolver a ese jurado, dar paso a uno nuevo y sancionar al fiscal.

Traslademos ese evento al residenciamiento.

El portavoz de ese jurado, senador Mitch McConnell, hizo público que la mayoría senatorial estaba en consulta íntima (“lockstep”) con el presidente y su defensa y que sería exonerado.

El juez presidente del Tribunal Supremo nada puede hacer, aun conociendo el resultado que habrá y que la mayoría estaba en contubernio con el presidente. Inclusive, cuando les tomó el juramento a los senadores y senadoras, quienes garantizaron que “juzgarán con imparcialidad”.

La razón de esa aberración judicial es un apellido añadido: juicio “político”. Entonces, se abre una caja de Pandora (mitológico poder de “mentir, seducir y causar caos”). Entran en juego intereses ajenos a la “justicia”. Cada senador y senadora adquiere licencia para obviar la prueba, decidir a base de sus intereses particulares, distorsionar la evidencia y presentar dos caras.

Lo más impresionante es la solidez con que Trump ha mantenido la fidelidad de esos legisladores y legisladoras republicanos. Los medios noticiosos reseñan a diario el extraordinario poder de la presidencia de EE.UU. evidenciado por las presiones que ejerce a esos jurados. Aquel o aquella que aparente salirse de la disciplina partidista para absolver, se castiga duramente; quien coopera, se compensa exquisitamente. Después de todo, esos jurados tienen como prioridad, no a EE.UU., sino a ser reelectos; y el presidente puede amargarles las ambiciones.

Desoirán a Hamilton: el residenciamiento evita tiranos y revoluciones y está diseñado para cuando un “futuro presidente” despliegue “la santísima trinidad profana –ambición, avaricia y vanidad”.

Pues bien, salvo que ocurra un evento ahora impredecible, Trump será absuelto y se elevará ante sus seguidores evangélicos blancos y a los supremacistas raciales, base de su poder electoral. Se apuntalará la fe evangélica de que el presidente es un “enviado”. De hecho, una de las grandes incongruencias del trumpismo religioso es cómo compaginar la moralidad bíblica con la inmoralidad del individuo. La justificación es que Dios les asiste “a través de ese ser imperfecto”.

¿No será otro el mensaje? Que Dios sí interviene, peropara darle una ruda lección a EE.UU. ¡Y rogemos que al Todopoderoso no se le vaya la mano! Pues cuando allá da catarro, aquí es pulmonía. Además, nosotros, manos limpias, aquí no se vota por presidentes.



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