José Rodríguez Vázquez

Punto de vista

Por José Rodríguez Vázquez
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El virus del racismo

Analizar la coyuntura actual de los Estados Unidos para dar algunas pistas que sirvan para comprender su crisis política requiere un poco de memoria histórica; porque el hoy no irrumpe desde un punto cero, sino que encuentra las raíces de su forma de ser en los días pasados. 

Cuando hace treinta años me oponía a la Guerra del Golfo Pérsico y al patriotismo bélico estadounidense -luego exacerbado tras el 11 de septiembre- no lo hacía por antiyanqui, sino porque creía, y sigo creyendo, que a la violencia política hay que tenerle “la cadena corta”, pues inicia un proceso de deshumanización que termina destrozando al que la ejerce como poderoso soberano sobre la “vida desnuda” y descartable. 

Desde aquel llamado a la santa cruzada por la libertad, esa sociedad ha vivido celebrando una política exterior basada en la violencia que le ha creado un serio problema de militarización de sus formas de vida. Sin darse cuenta o quizás, peor aún, intencionalmente, fueron permitiendo que se desajustara la dimensión espiritual de sus hijos e hijas y su propia dimensión cultural democrático-igualitaria. Perdieron de vista que el exceso de patriotismo degenera en fanatismo. Primero, bombardeaban ciudades habitadas por esos “otros externos” definidos como “árabes terroristas” que amenazaban la civilización cristiano-occidental. Pero olvidaban que el que mata se enferma, se deshace o se rehace como sádico. Hay algo común en las torturas practicadas en aquella prisión militar en Iraq y Minnesota, una misma enfermedad ideológico-cultural. 

En los Estados Unidos la militarización se ha incrustado en el aparato policiaco y la violencia entrenada y armada busca ahora satisfacer su ansiedad hacia el interior. La tarea es encontrar a los “otros internos” y, a la menor provocación, arrestar y si se “resiste” golpear y hasta “liquidar”, con el descaro absoluto del sádico, a los que se han colocado –porque camina sospechosamente por un barrio, porque se robó una Coca Cola o por la sospecha de que un billete de veinte dólares era falso– fuera de la ley. 

Le tomó poco esfuerzo a esa cultura de la violencia del Estado hacia el exterior inscribir su código simbólico en los funcionarios de la ley y el orden, muchos de ellos con experiencia militar. Luego, según la criminalidad fue destiñendo el idílico “american way of life” y se generalizó la sensación de miedo, subrepticiamente, el “árabe terrorista exterior” fue sustituido por diversos “otros interiores amenazantes”. Los rasgos físicos o el acento fueron suficientes para identificar al negro, chicano, hispano, latino o inmigrante, entre otros, como esos peligros potenciales. No hay que olvidar que “el enemigo” es un “significante vacío” esperando por el discurso que lo dote de sentido. 

Luego de finalizada la Segunda Guerra Mundial, intelectuales judíos como Hannah Arendt y Zeev Sternhell trataron de explicar la experiencia fascista europea cuando una civilización fue consumida por su barbarie. ¿Cómo la Europa rica, culta y sofisticada había caído en semejante situación? Descubrieron que el fascismo no fue un accidente histórico y menos la aparición política de un líder demagógico, llámese Hitler, Mussolini o Trump. El fascismo tenía sus raíces en la visión del mundo conservadora y reaccionaria europea que se había fortalecido con la experiencia imperialista de finales del siglo XIX e inicios del XX. Fue en ese ambiente exterior y en la conquista para “civilizar” a los “otros inferiores” que el fascismo encontró su cultura espiritual y adoptó su modelo biologista de racismo. 

Así, el lado bárbaro europeo, nutrido con sus crueldades en África y Asia, arropó a la cristiana y culta Europa e inscribió en su cultura política la tesis de que la historia es la guerra de Estados, pueblos, naciones, clases y razas como un mandato natural: “les ordeno que se devoren los unos a los otros”. Los alemanes pensaron que su Reich los llevaría a la Gran Alemania y les tomó unos añitos para que la militarización se los devorara. Primero, exterminaron a los comunistas, luego a los opositores al fascismo y, finalmente, a ese “otro interior amenazante” que fue el judío. 

Si los fascios alemanes encontraron sus “otros interiores”, los fascistizados-militarizados estadounidenses han encontrado en el exterior a sus árabes terroristas y en el interior a sus negros, inmigrantes ilegales e hispanos que, paradójicamente, muchos de estos llevan más tiempo viviendo en ese país que algunos de los blancos enamorados del patán republicano. 

El que crea que lo que vio recientemente es un crimen aislado, unos policías enfermos y un presidente pervertido, se equivoca. Es un virus que ataca al cuerpo social y a los cuerpos individuales y los deja vacíos: zombies fascistas que han perdido todo sentido de humanidad, como aquellos nazis uniformados paseándose imperturbables frente a los restos de sus víctimas.