Hiram Sánchez Martínez
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Energía que nos regala el sol: la mejor opción

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Antes de los primeros bufidos de Fiona abriéndose paso por el suroeste de la isla en la tarde del domingo, supe que se había ido la luz en mi casa porque escuché cuando prendió el generador ruidoso del vecino de atrás. En efecto, soy de los pocos afortunados que ha podido hacerse de un sistema de placas solares para cuando no haya servicio de energía eléctrica, como ahora. Por eso pude seguir viendo las noticias y reportajes de la televisión, y mantener la nevera prendida para mi insulina.

Si la energía que utilizamos —en vez de provenir del dísel o la gasolina— proviniese del sol, no tendríamos esos problemas. La energía que tomamos del sol es más limpia y accesible, escribe Hiram Sánchez Martínez.
Si la energía que utilizamos —en vez de provenir del dísel o la gasolina— proviniese del sol, no tendríamos esos problemas. La energía que tomamos del sol es más limpia y accesible, escribe Hiram Sánchez Martínez. (Jorge A. Ramírez Portela)

El sistema de placas solares tiene beneficios más importantes que dejar de escuchar el ruido que producen los generadores de electricidad. El generador del vecino trasero, por ejemplo, hace que al cabo de un par de horas la peste del dísel usado cruce por el patio hasta el interior de nuestra casa y pareciera como si uno de los camiones de la basura del municipio estuviese estacionado en la sala. Mis vecinos de la calle que tienen generadores de electricidad, en los días que siguen al huracán tienen que salir a buscar gasolina o dísel, donde sea que los encuentren —en estaciones cercanas o lejanas—, y hacer largas filas, muchas veces bajo el sol, para luego cargar esos envases rojos llenos de combustible altamente inflamables dentro de sus carros. Sus viajes a las gasolineras son frecuentes, pues el consumo de electricidad es por un período anormalmente largo de tiempo. Y encima, a esos generadores hay que darles mantenimiento: cambiarles el aceite, las bujías, agregarle aditivos al combustible y tomar otras medidas, como mantenerlos fuera de la casa, cubiertos adecuadamente y alejados de puertas y ventanas. En otras palabras, tener un generador de gasolina o dísel es siempre un proyecto algo complicado y trabajoso para la mayoría de nosotros, especialmente si ya no somos muy jóvenes que digamos.

A todo lo anterior se añade el problema que estamos viviendo ahora: el combustible dísel escasea, por las razones que sean. Mas, lo peor no es que escasee únicamente para los hogares que lo utilizan; es que escasea para los hospitales, los supermercados, las industrias y las oficinas de servicios. Ya hay hospitales a punto de agotar sus reservas, con lo que eso implica; y supermercados que han acortado sus horarios de apertura y explican que pronto tendrán que desechar comida refrigerada o congelada.

Si la energía que utilizamos —en vez de provenir del dísel o la gasolina— proviniese del sol, no tendríamos esos problemas. La energía que tomamos del sol es más limpia y accesible, y a la postre mucho más barata. Es por eso que lo expresado por el profesor Eduardo Bhatia, desde estas mismas páginas, es algo muy sensato: “Descentralizar la energía es la agenda urgente de un mejor Puerto Rico”. Concurro con que nuestra meta de país debe ser según él lo propone: poco a poco instalar equipos en 400,000 techos que generen electricidad para apagar gran parte de la flota antigua de la AEE. En países europeos, incluso, han llegado a “techar” autopistas para instalar placas solares sobre esos techos. No sé si las regulaciones del gobierno federal lo permiten sobre las vías construidas con fondos asignados por el Congreso, pero habría que estudiarlo y buscar alternativas. Es cuestión de ser creativos. Y existe legislación que promueve esas iniciativas.

Claro, reconozco que tan pronto comencemos a sustituir la energía que nos vende LUMA por la que nos regala el sol, al gobierno se le ocurrirá imponernos una tasa especial sobre la propiedad de las placas solares para sustituir los fondos que la AEE dejaría de recibir para abonar a sus bonistas. Y, como sabemos, la soga siempre parte por lo más fino: nosotros.

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