Félix R. Huertas González

Punto de vista

Por Félix R. Huertas González
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Historia, violencia y racismo: el asesinato de George Floyd

El asesinato del afroestadounidense George Floyd ha provocado una explosión profunda que saca a la luz, nuevamente, las complejas contradicciones de esa sociedad. A modo de reacción, muchos se plantean que “nunca” había ocurrido un acontecimiento con este nivel de violencia. Otros, solo se expresan en torno al vandalismo. 

Sin embargo, quienes tienen la responsabilidad constitucional, política y moral de asumir la mediación social, aplauden las milicias supremacistas que buscaban “liberar” los estados en cuarentena y califican a los manifestantes como matones y maleantes (“thugs”). Revelan su apoyo a la continuidad de un complejo proceso institucional, estructural y político, que mantiene la disfunción democrática, la inequidad económica y el discrimen racial.

En estos tiempos en que se ha menospreciado y soslayado el valor de la historia y de las ciencias sociales, calificándolas algunos de “conocimiento inútil”, se erigen como instrumentos indispensables para interpretar las causas y las consecuencias de los acontecimientos inmediatos. Para quienes prefieren ignorar el pasado y para quienes no “vivieron estas experiencias”, la función del historiador es, como señala Eric Hobsbawn, “recordar lo que otros olvidan”.

La historia del racismo estadounidense se vincula estrechamente con la esclavitud colonial, estructura económico-social vigente hasta la Guerra Civil (1861-1865). La Emancipación de 1863 alteró el trabajo esclavo, pero mantuvo condiciones de subordinación entre los emancipados y se justificó con un racismo que persiste hasta el presente. La violenta cara del racismo en ese país recorre un largo camino con dolorosos episodios. Durante la primera parte del siglo XX, su práctica segregacionista permaneció vigente, avalada por las estructuras económicas, políticas, gubernamentales y educativas, las cuales mantuvieron la supremacía blanca.

En 1968, el asesinato del reverendo Martin Luther King, principal proponente del “cambio no-violento”, condujo a un estallido de violencia incontenida, que se explica como la ira producida por la segregación constante, el discrimen, el desempleo racial, la brutalidad policiaca e institucional, la extrema pobreza de los centros urbanos, la segregación educativa, la marginación política y el bloqueo electoral. A ello se debe añadir la profunda división causada por la impopular guerra con Vietnam, el reclutamiento forzado de sus jóvenes pobres, la intolerancia y el conservadurismo que condujo a las llamadas “guerras culturales”. Las insurrecciones en ciudades como Watts, Detroit, Los Angeles y Newark, presentaron la cara de marginalidad y subalternidad. Esta contradecía la autoproclamada “era de progreso y consenso” de Richard M. Nixon.

Hoy, nos enteramos cómo las reacciones profundas a la muerte de Floyd han producido estallidos de indignación en más de 20 ciudades, desde Minneapolis hasta Nueva York.A las inequidades mencionadas, añadimos los altos niveles de inequidad económica, la alta mortalidad por la pandemia, la cual no es por razones “de raza”, sino de clase social, la amenaza de exclusión electoral en las elecciones de noviembre, así como los asesinatos de afroamericano(a)s en acciones policiacas, que han quebrado el orden social.

Urge un liderato renovado que fomente nuevas políticas internas, así como internacionales. Ese liderato no está presente en las estructuras del poder político vigente. Se necesita trascender el agobiante neoconservadurismo y reclamar una experiencia que Cornel West llamó “la democracia política multirracial y multisexual”. Son tiempos extremos y su futuro dependerá de los resultados de las elecciones de noviembre de este año. 





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