Karlo Malavé Llamas
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La calidad del aire y el COVID-19

Durante las últimas semanas mucho hemos aprendido del SARS-CoV-2 (COVID-19). Esto incluye, pero no se limita al origen, la epidemiología, prevención, factores de riesgo, formas de control y tratamiento de la enfermedad. También hemos aprendido cómo este virus puede afectar la salud mental individual y colectiva de la ciudadanía e incluso cómo afectará, aún más, nuestra precaria economía. No obstante, hay varios ángulos que aún no se han atendido y podrían incidir en agudizar los efectos de esta infección.  

Uno de estos factores está relacionado a la calidad del aire. La contaminación del aire es un término muy amplio que incluye mezclas de gases, particulado y presencia de organismos biológicos en concentraciones perjudiciales a la salud. Las emisiones industriales, de los vehículos de motor, el ozono en altitudes bajas (niebla tóxica), las esporas y polen pueden convertirse en factores que deterioran nuestro aire. Este es un problema muy común en países industrializados y se le atribuye el nueve por ciento de las fatalidades globales. Esto debido a que se convierte en un factor de riesgo para muchas condiciones de salud, no relacionadas al sistema respiratorio, como lo son las condiciones cardiacas, la diabetes, el cáncer y la salud mental.  

El problema de contaminación del aire está relacionado a condiciones de salud ligadas al sistema respiratorio como es el asma, las infecciones pulmonares y la Enfermedad Pulmonar Obstructiva Crónica (COPD por sus siglas en inglés).  Aunque, hasta el momento, por lo novel del virus, no hay estudios a gran escala que correlacionen la contaminación del aire y el COVID-19 sí hay muchos estudios, puntualizados, que pueden servir de referencia.  Estos estudios indican que el daño o inflamación pulmonar que resulta de la contaminación del aire o por fumar aumenta el riesgo de contraer infecciones virales y de que su sintomatología sea mayor.

Ejemplos de esto fueron la epidemia del Síndrome Respiratorio Agudo Grave (SARS por sus siglas en inglés) en el 2003 en China y del Síndrome Respiratorio de Oriente Medio (MERS por sus siglas en inglés) en el 2015 en Corea. Los estudios epidemiológicos subsiguientes a la epidemia de SARS revelaron una asociación entre las tasas de mortalidad de los infectados y la pobre calidad de aire. Asimismo, se pudo correlacionar una tasa de infectividad y de mortalidad mayor por MERS entre fumadores. Ambas condiciones duplicaban la infectividad y la mortalidad de las condiciones en ciudades y lugares con unas condiciones insalubres de calidad de aire. Esto es lógico si recordamos que estos factores antropogénicos y conductuales resultan en inflamación pulmonar, dificultad respiratoria, neumonía y la disminución de los macrófagos alveolares.  

Entonces si estos factores, no infecciosos, alteran o comprometen la función pulmonar en el momento de exponernos e infectarnos con un agente viral podemos sufrir consecuencias más serias de las esperadas en una persona sin sus vías respiratorias comprometidas. Aunque esto son hipótesis y aún se continúan haciendo estudios más detallados del tema, las mismas están muy bien apoyadas por epidemiólogos y salubristas ambientales.  

Otra razón más por la cual proteger nuestro medio ambiente, la calidad del aire y no fumar; recordemos que nuestra salud es reflejo de la salud ambiental.


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