Alfredo Carrasquillo Ramírez
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La empatía y el desafío de la convivencia tras el paso de Fiona

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Cada ser humano ve la realidad desde su particular estructura de interpretación y experimenta las dificultades de vivir desde sus condiciones materiales y emocionales de existencia que son, inevitablemente, diferentes a los modos en que viven los demás. A pesar de estos dos hechos innegables, resulta curiosa la facilidad con la que olvidamos que navegamos en un mar de percepciones diversas y experiencias variadas. Nos enoja que otros no vean lo que vemos y nos cuesta comprender el sentir de los demás, particularmente en momentos de dificultad. Aderezado por mayores o menores dosis de egoísmo y, en algunos casos, por cierta pasión por el ensimismamiento, sostener el compromiso con la empatía no es tarea fácil. Ponernos en el lugar de los demás, intentar comprender sus formas de ver y experimentar el mundo y, lo que es más importante, en coyunturas como la que hoy vivimos, solidarizarnos con sus dolores y dificultades requiere de un compromiso decidido y sostenido con la solidaridad.

Residentes de la comunidad Guamaní, en Guayama, donde cinco casas y un carro fueron arrastradas por el río Guamaní.
Residentes de la comunidad Guamaní, en Guayama, donde cinco casas y un carro fueron arrastradas por el río Guamaní. (Alex Figueroa Cancel)

La solidaridad y la empatía son ingredientes claves para la sana convivencia. Sin embargo, en tiempos de profundas fragmentaciones y polarizaciones, como las que signan nuestra época, esas experiencias nos resultan aún más desafiantes. La precariedad socioeconómica suele alimentar -muchas veces con razón- imaginarios en los que el único lugar reservado para el otro es el de enemigo. Privilegiamos la sobrevivencia, la competencia fratricida y la lógica que define a los otros como sospechosos y adversarios, más que como aliados o potenciales colaboradores. Si a eso agregamos la insaciable avaricia implícita en las prácticas extractivistas y de gentrificación que promueven y desarrollan los adalides del capitalismo salvaje, el nuestro no es terreno fértil para la confianza y la construcción compartida.

Las redes sociales -Twitter es el ejemplo más grotesco de ello- se convierten en las plazas virtuales en las que vertimos nuestros malestares, corajes y antagonismos. Por supuesto que hay algo de desahogo, denuncia y activismo que son necesarios y valiosos. Desde la primavera árabe y el 11M madrileño, pasando por nuestro verano del 19, hemos visto su capacidad movilizadora. Pero temo que demasiadas narrativas -con estupendas excepciones- carecen de elementos propositivos que inviten a articular soluciones y construir caminos y proyectos que nos saquen del atolladero. Lo que es peor, aquí al igual que en muchas otras latitudes, las descargas twitteras no hacen más que subirles el tono a nuestras polarizaciones y borrar otros lugares posibles que no sean los de los extremos. Esa preocupante dinámica no ha hecho más que exacerbarse desde el paso del huracán Fiona.

Claro que la gestión pública es cuanto menos mediocre; la falta de agilidad, potencialmente criminal; y la resistencia a la transparencia, totalmente antiética. Claro que las preguntas de muchos periodistas son pobrísimas e inútiles. Nada nuevo bajo el sol. Llevamos décadas de repetición mortífera y no hay color ni bando que se salve de una responsabilidad compartida.

En momentos que demandan empatía y solidaridad, es triste ver cómo, en medio de otra delicada emergencia, los extremos terminan por encontrarse y nos dejamos secuestrar por el goce de la polarización: incontinentes para la repartición de culpas, pero estreñidos para asumir aunque sea un poco de responsabilidad; buscadores de pautas, narcisismos desbocados y yonquis de los likes; tangueros para la victimización propia y, sobre todo, ajena; pasión patológica por la demonización de narrativas de los adversarios y privilegio absoluto de los enfoques simplistas y maniqueos; discursos moralistas a diestra y siniestra que desembocan siempre en el desprecio y la descalificación simbólicamente violenta del otro.

¿Por qué nos cuesta tanto intentar construir espacios, aunque sea mínimos, para la concertación desde el reconocimiento y trabajo con los desacuerdos y las diferencias? La consigna es clara: solo si nos sumamos, solucionamos.

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