Rafael Torrech San Inocencio
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La estadidad y los pobres

T odo brujo tiene su mascota. El de Adolfo Hitler se llamó Paul Joseph Goebbels, su ministro de propaganda. Aparte de su complicidad en los crímenes de guerra y su malévola genialidad para manipular la opinión pública, se le recuerda por una turbia sapiencia: “Una mentira repetida adecuadamente mil veces se convierte en una verdad”.

Aquí se ha repetido como cierta que la estadidad es para los pobres. Estudios recientes del Congreso disputan esa premisa. En realidad, beneficiaría no a los “pobres”, sino a aquellas familias con ingresos por debajo del índice de pobreza federal. Hay una gran diferencia: la pobreza es una condición, el índice es una cifra.

¿Qué es el índice de pobreza? Hace medio siglo, cuando el presidente Lyndon B. Johnson declaró la guerra contra la pobreza, fue necesario definir al enemigo. Una funcionaria federal de nombre Mollie Orshansky diseñó un método matemático sencillo para medir la pobreza, basado en que la familia promedio estadounidense invertía una tercera parte de su ingreso en alimentos. Aunque el índice iba a ser temporero, aún se utiliza con ajustes periódicos. Hoy una persona sola menor de 65 años con ingresos de $12,119 o menos es “estadísticamente pobre” en Estados Unidos.

Según Mark Twain hay tres clases de mentiras: “La mentira, la maldita mentira y las estadísticas”. El índice de pobreza se ajusta a la cantidad de miembros de la familia, si es mayor de 65 años, y si vive en Alaska o en Hawai. Pero es inflexible si se rebasa, aunque sea por un dólar; es ciego a diferencias regionales de ingresos y costo de vida, y excluye gastos vitales como transportación, servicios de salud, alquiler, cuido de niños y otros imperativos del siglo 21.

Los detractores del índice argumentan que está inflado, que el costo de alimentos hoy representa sólo una sexta parte del gasto familiar; y que su cálculo excluye los ingresos de asistencia social y de salud. Pero a pesar de las críticas, el método Orshansky prevalece.

El ingreso per cápita en Puerto Rico es apenas el 41 por ciento del estadounidense. Abrumado ante tanta gente elegible, el Congreso excluyó a Puerto Rico de participar directamente en programas como los Food Stamps y Medicare, y asignó al gobierno local fondos semi-discrecionales con topes muy por debajo de lo que recibirían sus ciudadanos bajo el índice de pobreza.

Por tanto, la estadidad para los pobres depende de una variable y subjetiva fórmula estadística. Una que puede ser ajustada y restringida para ahorrar fondos por una mayoría del Congreso. Entonces ¿para qué fomentar un estado cuya viabilidad económica dependa de la pobreza de sus ciudadanos, en vez de desarrollar un país soberano autosuficiente?

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