Eudaldo Báez Galib
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La impotencia política boricua

Los autonomistas fueron convencidos que el “Commowealth” descansa sobre un convenio no revocable unilateralmente. Los estadoistas, que ser parte de la Federación ocurrirá, y pronto. Los independentistas, que la republica es posible. Pero, son tres “inexactitudes”.

Pues, aun asumiendo que hubo el convenio, Estados Unidos, prepotentemente, lo trituró y sustituyó con una junta. Creer que seremos estado de la Unión desprecia unas realidades que gritan lo contrario. Y quienes ansían la república viven una autosatisfacción ajena al síndrome del pasaporte.

Estas tres conclusiones son suficiente para convertir a quien las plantee en pararrayo, ya que no hay un solo puertorriqueño que no participemos de esas contradicciones. Incompatibles entre sí e incapaces, por su esencia, de consenso. Es nuestra maldición de Sísifo.

Entendámoslo. Somos lo que somos y lo seguiremos siendo por ser una isla cuya localización geográfica le traza el futuro (cuenten las invasiones) y por caer en el camino de la nación más poderosa con capitalismo expansionista en vorágine que consume almas. Lo que unido a nuestra innata ‘fidelidad’ pacífica (rehúso ñangotamiento), produce el caldo de cultivo de nuestra impotencia, aprendida de nuestros fracasos.

El pasado muestra que no hemos sido forjadores de futuro. Nos lo han diseñado otros. Cada ambición ha sido desviada, o negada, por las dos metrópolis. Cada grito, sea el de Lares o el de Albizu, ha sido repudiado, principalmente por boricuas. Las fotos de la insurrección nacionalista del ‘50 muestran a puertorriqueños guardias nacionales apresando a puertorriqueños. Sus M-1, cargados con bala viva, apuntan hacia puertorriqueños y puertorriqueñas con manos en alto. 

Pues bien, nuestra existencia nos fuerza, inevitablemente, acudir a la psicología. Allí se ha identificado una modalidad de comportamiento designada “impotencia aprendida”. Es cuando una persona, consciente de que tiene capacidad, cesa de intentar resolver sus circunstancias habiendo sido expuesta a constantes situaciones negativas. Ya los sociólogos han extendido esa condición al colectivo, a la sociedad. ¿Es ese el morbo boricua: la impotencia aprendida?

Nuestro ambiente constantemente la estimula. Nada más perverso y agravante que el comportamiento político. Desarticula cualquier terapia con sus contradicciones, retrocesos, oportunismos manejados y los obvios disparates, todo alimentando a una población desinformada, con sectores fanatizados y educados a deseducarse

¿Cómo habrá esta sociedad de potenciarse si a diario atestigua procesos legislativos de dudosa seriedad, comportamiento y expresiones judiciales que minan el respeto al ordenamiento y eventos de administración gubernamental calculados para beneficios de a quienes no se supone?  ¿Cuán insultante ver demoler la Constitución de “Nosotros, el pueblo” y aplaudirlo? ¿Cómo internalizar los eventos únicos e históricos, incluyendo golpismos en espacio de horas, y olvidarlos?

Pero, ¡albricia!, nuestro insigne poeta, Dávila, nos ajustó la terapia, a lo boricua: “Suena el tiple, el cuatro suena/ chilla escandaloso el güiro/ y se baila sin respiro/ a los sones de una plena.” (Y, por supuesto, también está el Choliseo.) 





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