Milagros Rivera Watterson

Punto de vista

Por Milagros Rivera Watterson
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La odisea de conseguir guantes

Esto del COVID -19 como que nos tomó no muy bien preparados. Inicialmente lo visualizábamos como algo que estaba aconteciendo allá, en un país lejano llamado China. Un país conocido por su gran productividad, por su cultura milenaria, pero fuera de nuestra realidad inmediata. 

Seguir creyendo en esto, reafirmado por algunos en posiciones de poder, pronto se convirtió en una gran falacia. Resulta que el virus se expandió con gran velocidad por Asia y Europa, por lo que antes de lo imaginado se convirtió en una pandemia que ya está en nuestros lares. Esta nos tiene aislados en nuestros hogares ante una mal llamada cuarentena, que nos lleva enfrentando la vida casi de quincena en quincena. Esto es así, ya que, por lo visto, como no hemos llegado al pico de los contagios, debemos seguir tomando todas las medidas necesarias para frenar su empuje, aunque nos cueste sacrificio, esfuerzo, sufrimiento personal y debacle económica. Lo importante en estos momentos es combatirla por todos los medios posibles para así evitar las miles de muertes que ha causado mundialmente. El virus no perdona a nadie, aunque no podemos negar que las clases sociales menos privilegiadas, las personas inmuno-comprometidas, los viejos y las personas sin hogar están más propensas a sufrir sus estragos.

A pesar de las noticias, de la enumeración diaria de las muertes a nivel mundial y de los paneles de expertos, como quiera la preparación personal no llegó tan rápidamente como debió haber sido. O tal vez los acaparadores se quedaron con los abastos de alcohol, de desinfectantes de mano, de guantes y otros artículos indispensables para protegernos.

Luego de estar mucho tiempo diciéndonos que las mascarillas no eran necesarias para todos, que el lavado de manos, el desinfectante y la distancia social eran todo lo necesario para protegernos, nos cambiaron los muñequitos y muchos no estábamos preparados para usar todas las medidas extremas. Así, a los que solo contábamos con una caja de guantes por precaución, se nos fueron acabando y ahora, que no nos dejan entrar a los lugares públicos sin guantes ni mascarillas, vemos cómo estos escasean. 

En mi caso particular, cuando hicieron el anuncio de que usáramos guantes, empecé a lavar y desinfectar los que tenía para poder volverlos a usar. Esto es lo contrario a lo que se supone que se haga, porque son productos desechables y han explicado hasta la saciedad cómo quitárselos y echarlos al zafacón para evitar el contagio.  

Esto de usar mascarillas y guantes se convirtió de pronto en una norma que nos ha puesto en la disyuntiva de, tienes guantes o mascarillas o no compras alimentos; tienes guantes o mascarillas o te quedas sin tus medicinas. Lo de las mascarillas lo ha resuelto el ingenio puertorriqueño que se crece ante las adversidades, pero lo de los guantes está difícil. Así, he emprendido una búsqueda minuciosa deestos, lo que se ha convertido en una odisea. Voy a la farmacia y no hay, me dicen que llegan a la tarde, llamo y tampoco los tienen.

Acudí a mis amigos de Facebook y dos me contestaron acerca de farmacias, un poco lejos de mí, para que las consiga. Así que, si la farmacia de la comunidad de aquí me falla, para allá es que voy. Hubo una farmacia a la que llamé preguntando por guantes en la que, luego de decirme que no los tenían, al enterarse de que soy una vieja se dispararon el discurso de que “me debía quedar en mi casa y que mis hijos fuesen a comprar lo que necesito”. Creo que nunca me sentí más inútil que ese día, así que no me pude quedar callada y le indiqué que yo no tenía hijos, ni parientes que pudiesen ayudar, que guiaba y hacía todas mis diligencias, y que solo quería unos guantes. La verdad es que el cliché acerca de los viejos y nuestra incapacidad para valernos por nosotros mismos está demasiado extendido en este país.

Volviendo al tema, solicito que ante la situación de que esta cuarentena va para largo, comiencen a fabricar guantes, o que los alcaldes, que constituyen la primera línea de ayuda, los consigan y los hagan llegar a la gente del pueblo, como lo hicieron la alcaldesa de Loíza y el alcalde de Cataño.

Así, espero que esta situación, que estoy segura están pasando muchos, no se convierta en un riesgo para la salud y deje de ser una odisea.




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