Migdonio Hernández

Punto de vista

Por Migdonio Hernández
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La pandemia y nuestra temporalidad

Durante estos días que se sienten tan cargados de incertidumbre, son los momentos necesarios para que reflexionemos sobre la fragilidad de la vida. No es que vayamos a desarrollar un sentimiento fatalista, pero tenemos que poner en contexto nuestra temporalidad. Siempre lo hemos sabido. Estamos aquí prestados, pero ese préstamo quisiéramos prorrogarlo hasta el infinito. 

      Ahora que las circunstancias nos colocan en esta situación de aislamiento social como han querido llamarlo las autoridades, debe ser tiempo para pasar revista sobre nuestro entorno. Poner sobre la mesa reflexiva las cosas que verdaderamente tienen sentido para nuestras vidas y las que no. De salida todos hemos tenido que hacer ajustes. Los artistas han tenido que acudir a las redes para mantener ese contacto esencial entre ellos y sus seguidores. Los atletas han tenido que convertir los espacios de su hogar en lugares de entrenamiento. El trabajo desde el hogar, para los que tienen esa posibilidad, se ha convertido en su fuente segura de ingresos. La educación se ha tenido que desprender del contacto social esencial y necesario para convertirse en una tarea cibernética y hasta los diagnósticos médicos se recomienda se realicen mediante teleconsultas. El impacto económico y salubrista de todo esto tiene en jaque a millares de seres humanos en el mundo.

     Serán días cargados de una espera angustiosa en el aislamiento, si es que así lo asumimos. Por lo contrario, los podemos convertir en una realidad necesaria para garantizar nuestra existencia y la de nuestro prójimo. En la mañana de hoy conversaba con mi madre, quien se encuentra lejos de mí físicamente y tanto ella como yo no tenemos la certeza de cuándo nos volvamos a ver. Obviamente repasé con ella el protocolo de cuidados que tiene que seguir dados sus ochenta y seis años de vida. Pero la lección grande en nuestra conversación provino de ella. De su sabiduría de mujer prudente y consciente de la realidad actual. Lo primero que me dijo fue, - yo no estoy sola. Por vía telefónica me he comunicado con todos mis vecinos y familiares. Mi alacena tiene lo necesario. Como no puedo ir a la iglesia vi la misa por televisión, como me encanta la música tengo mi radio encendido todo el tiempo oyendo mis canciones del ayer y gracias a Dios puedo salir al patio a cuidar mis flores. Tareas y actividades sencillas que son suficientes para llenar de sentido la vida de un ser humano al que le ha tocado sobrellevar esta crisis sola. 

   Ahora que nos toca vivir esta separación física de nuestro entorno social no pensemos en la soledad y en lo que no podemos hacer. Hagamos revisión de todas esas tareas inconclusas que por tiempo aguardan para ser resueltas. Contribuyamos a mantener un ambiente armonioso y de colaboración con aquellos que comparten nuestros espacios hogareños. Usemos la tecnología de forma constructiva y responsable y hagamos de ella un vehículo de encuentro con aquellos que por un tiempo no podremos tener en nuestra proximidad física. 

   El COVID-19 llegó y tenemos que enfrentarlo individual y colectivamente asumiendo la disciplina que imponen las circunstancias del momento. La magnitud de su impacto nos debe servir para comprender, en su profundidad, que somos temporales y que esa temporalidad hay que vivirla a plenitud con amor, responsabilidad y solidaridad por el bien de toda la humanidad.




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