Rafael Torrech San Inocencio
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Las guerras culturales

Presencio el partido de ping-pong de la discusión cultural del País. La corriente de fondo parece reducirse a lo mismo: una propuesta de poder, enfocada en el control del pote de mantengo cultural. Como fantoches, emergen turbios protagonistas escondidos tras utilitarias máscaras, como aquel bardo desafinado que evocaba la pasión fantaseada de un amor que nunca fue.

La cultura es un caudal fluido. Quien dice conocer a fondo todos sus contornos, delata su propia ignorancia. Fosilizar la cultura es encajonarla, hacerla predecible, controlarla. Detener el flujo de la corriente es perturbar la principal fortaleza del río.

La cultura evoluciona: es tan subjetiva y cambiante como la gente que la valida. Hay una parte que se preserva y se rememora, pero inmovilizarla es convertirla en una reliquia de adoración dogmática. Maniatarla es privarla de su esencia colectiva. Posesionarse de ella, evocando el pasado, es privatizarla cual mercancía de bohíque con licencia para interpretar ese pasado. Nadie la dicta, quizás apenas podemos denominarla. Es sobre todo para vivirla, transmitirla, elaborarla, hacerla útil, válida y necesaria.

Conocí muy bien a don Ricardo Alegría, fui su discípulo, su colaborador, su sincero admirador. El que lo evoque para estancar la cultura desmerece su recuerdo. Fue siempre un posibilista más allá de los estándares, un hacedor voluntarioso que trascendió dogmas y limitaciones impuestas. Nunca aceptaría estas pantomimas, estos juegos banales de poder y posicionamiento, a pesar de lo que digan las garrapatas que ansiaron fútilmente ser ungidos como sucesores en el ocaso de su vida.

Nadie le cuestiona a los presuntos herederos cuáles han sido sus ejecutorias. ¿Cómo han administrado los bienes que les encomendaron? ¿Los multiplicaron o los dilapidaron? Aparte de la retórica, ¿qué proponen para hacer de la cultura una gestión amplia y autosuficiente? ¿Cómo demuestran que han trascendido el pernicioso mantengo cultural que nos corroe? ¿Quieren hacer, o meramente ser?

En una semana en donde se aprobó una ley de economía creativa, estamos hablando de puestos, ministros y herencias: del bacalao y su cuchillo ¿Quién habla de los proyectos de rehabilitación urbana basados en diferenciación cualitativa cultural, de las incubadoras creativo-culturales, del empresarismo artistico-cultural, de la gestión proactiva de públicos, de arte-terapia y músicoterapia, del turismo cultural y agrícola, del “art-placing”? ¿Sabrán algo de esta agenda de futuro, o prefieren cantarle bucólicas odas a la luna de la nostalgia costumbrista?

La cultura solamente será libre cuando sea sustentable. Igualito que el País.

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