Pedro Ortiz
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Levantemos un monumento a los hermanos Cordero

Es común, en la experiencia humana, la petición de “vamos a entendernos” o la queja de “es que no me entienden”. Y como parte de ese doble problema es que muchas veces no nos damos cuenta de que “para poder entendernos”, cada uno tiene que poner de su parte y comenzar por entenderse a sí mismo. Como leía la advertencia del Oráculo de Delfos, en la Antigua Grecia, “conócete”.

Si no me conozco a mí mismo, va a ser bien pedregoso el camino para conocer a los demás, incluso poder entenderlos o lograr que nos entiendan. Sencillo, si no sé de dónde vengo, va a ser muy difícil explicarme quién soy, cuál es la ruta que camino en mi vida, o, como dicen por ahí, “sin saber de dónde vengo, ni para dónde voy”.

Se le debería enseñar a nuestros niños de escuela que, según el historiador Heródoto, los griegos montaron su religión institucional -hoy conocida como la Mitología- por las enseñanzas de “las palomas negras”, que fueron unas sacerdotisas misioneras negras africanas que establecieron en Dodona el primer oráculo. Eso, sin contar en que no solo eran negras, sino mujeres más cultas que los griegos de su época. Sin ánimo alguno de restarle méritos, la imagen de la negritud es mucho más abarcadora que “Tembandumba de la Quimbamba”.

Podemos tomar también un ejemplo del caso de Puerto Rico, donde metidos en la crisis de salud pública por la pandemia, los temblores y la sequía, con el interminable y poco productivo debate político, como que está pasando por debajo del radar que este año de 2020 conmemoramos los 200 años del sistema de enseñanza pública. Poco se dice de aquel momento histórico de 1820 cuando quedó configurado un sistema público para niños y para niñas que requería que la instrucción primaria fuera igual y mantuviera en un mismo salón a niños “blancos, negros y pardos” para que las razas aprendieran a convivir. Mucho menos se habla de que ese sistema público se estableció gracias al papel protagónico de nuestros dos primeros maestros de escuela pública, los hermanos Rafael y Celestina Cordero. Dos maestros negros tienen el mérito de haber logrado la hazaña de fundar el sistema de enseñanza pública de Puerto Rico.

Y en este marco, como se ha puesto de moda la discusión sobre el respeto o la destrucción de monumentos, por la mala costumbre de copiar de un país que no es el nuestro, voy a proponer una idea que puede parecer algo raro a estas alturas. ¿Qué tal si buscamos la manera de levantar un monumento grandioso a los hermanos Cordero, Rafael y Celestina? Podría ser un monumento al que se podría llevar a los niños y niñas de nuestras escuelas para enseñarles cómo se recuerda con veneración a los héroes fundadores de la patria, la que tenemos y la que podemos lograr en el porvenir.

La vida humana está llena de tristezas. Pero también, en el pasado de cada uno, hay historias esperanzadoras.

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