Carlos E. Díaz Olivo
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Make America great again, without Trump

En la elección presidencial del 2016, Donald Trump logró prevalecer bajo la consigna de “Make America great again”. Trump obtuvo el apoyo de un sector de la población que se sentía desplazado por los desarrollos de una economía globalizada, que promovía el traslado de la actividad manufacturera y comercial a otros lugares del mundo con costos inferiores a los de la nación.

Según la concepción de Trump, la globalización y el libre comercio, debilitaban a los Estados Unidos, al provocar la pérdida de cientos de miles de empleos locales, a la vez que permitía que los productos extranjeros invadieran el mercado estadounidense en competencia desleal. Trump, insistió en la necesidad de revitalizar las antiguas zonas industriales que comprenden la llamada franja oxidada o rust belt. Se proclamó el paladín del ciudadano olvidado y le representó que, con su voluntad férrea y destrezas de negociación únicas, devolvería a los Estados Unidos el lustre perdido.

Cuatro años después, la realidad demuestra lo contrario. Los Estados Unidos son más débiles y menos respetados, que al inicio de su presidencia. Su incapacidad para desarrollar una política militar y económica coherente destrozó la ‘pax americana’. Los Estados Unidos abandonaron su rol protagónico como promovente del libre comercio y defensor de la paz mundial, fundamento en el sostenimiento de alianzas militares y comerciales con aliados importantes.

Donald Trump, enfrentó y faltó el respeto al presidente de México y al primer ministro de Canadá, sus aliados geográficos inmediatos. Echó por la borda el tratado de libre comercio que existía entre las tres naciones. Entró en una escaramuza tarifaria absurda que finalmente abandonó, para pactar otro arreglo menos efectivo que el anterior y bajo una nueva relación de tirantez y desconfianza mutua. Una política igualmente errática adoptó también para con los aliados europeos.

Una de las genialidades de la política estadounidense del siglo pasado fue fortalecer su posición internacional, al provocar el enfrentamiento de sus dos rivales principales, China y la Unión Soviética, hoy Rusia. Trump, desgració la relación con China y entró en una confrontación comercial incoherente con ese país, que debilitó a los Estados Unidos y fortaleció a Rusia. Vladimir Putin le ha dado mano y muñeca, humillando a los Estados Unidos doméstica e internacionalmente. Mientras tanto, Trump exhibe una extraña infatuación para con el presidente ruso y con cuanto déspota y líder autocrático existe. Esto, ha destruido el posicionamiento histórico de los Estados Unidos como promotor de la libertad y democracia en el mundo. La víctima más reciente de su fuerza destructiva son los propios ciudadanos estadounidenses, a quienes ha dejado a su suerte ante la pandemia del COVID-19.

En vista de esta relación impresionante de golpes al poderío estadounidense, la verdadera alternativa para devolver la grandeza a los Estados Unidos es derrotar a Donald Trump. Pero, para negarle la reelección, hay que utilizar en su contra su propio grito de guerra, estableciendo que Trump resulta una amenaza a la nación. Esto lo deslegitima y desfigura, muy especialmente ante sus seguidores más fervientes, que buscan fortaleza, no humillación ni degradación.

En ese sentido, preocupa lo poco efectiva que ha sido la oposición en utilizar en contra de Trump la falsedad e impostura de la imagen que proyectó de sí mismo. La crítica principal contra Trump se fundamenta en su insensibilidad para con los vulnerables, su personalidad disociadora y lo burdo, poco cultivado e incluso, ignorante que es. Este, de hecho, es el discurso del sector liberal estadounidense. El problema es que con los liberales no basta para asegurar la derrota de Trump. En los Estados Unidos, al igual que en otras sociedades, muchos ciudadanos apoyan a la persona de liderato agresivo, que inspire autoridad y les haga sentir confiados de que los defenderá y brindará seguridad. Ahí estriba la fortaleza de Trump.

A esa enorme masa de votantes hay que convencerle que Trump no es el líder fuerte que ansían y que los Estados Unidos necesita. Por el contrario, el presidente menoscaba la propia fortaleza de la nación, la cual desluce y opaca aceleradamente. Hay que establecer ante el electorado que Trump es un fraude absoluto, un fracasado, la amenaza mayor que enfrenta la seguridad nacional. Esto es, llevarlos a sentir y proclamar: Make America great again, without Trump.

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