


Tal vez una de las características más peligrosas de esta segunda administración de Donald Trump es la proyección de una confianza absoluta en que ninguna de sus acciones tendrá consecuencias. Luego de la nefasta decisión en el caso de Trump v. United States, 603 U.S. 593 (2024), en la que el Tribunal Supremo de Estados Unidos resolvió que tanto los presidentes en funciones como los ex presidentes gozan de inmunidad penal absoluta por los actos que realizan dentro de las funciones que la constitución les asigna expresamente, y de una inmunidad presunta por todas sus demás acciones oficiales, el actual president estadounidense ha asumido que es intocable. Esta visión es claramente equivocada ya que la inmunidad reconocida por esta decisión no es absoluta en cuanto a todos sus actos oficiales, y ciertamente no se extiende a sus actos privados. Sin embargo, Trump y otros funcionarios de su administración, a los que esta inmunidad claramente no les cobija, se han envalentonado.

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